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domingo, 28 de junio de 2026

El “y tú más”: el último refugio de la corrupción

Cada vez que estalla un nuevo caso de corrupción en España, el guion se repite con una precisión casi matemática.

Los ciudadanos esperan explicaciones. Esperan responsabilidades. Esperan dimisiones, colaboración con la Justicia o, al menos, un reconocimiento de lo ocurrido.

Pero lo que reciben suele ser otra cosa.

—«¿Y vosotros qué?»

El conocido “y tú más” se ha convertido en una de las estrategias de defensa política más eficaces… y, al mismo tiempo, más empobrecedoras para la democracia.

Su lógica es tan sencilla como tramposa.

Si un partido es acusado de corrupción, en lugar de responder por sus propios hechos, recuerda inmediatamente los escándalos del adversario. Si unos hablan de los ERE, otros responden con Gürtel. Si aparecen contratos irregulares, se rescatan sobresueldos de hace veinte años. Si hoy se investiga una trama, se desempolva otra distinta.

El debate deja entonces de girar alrededor de los hechos presentes para convertirse en una competición sobre quién robó más.

Pero hay una pregunta incómoda:

¿Desde cuándo la corrupción de unos convierte en aceptable la de otros?

Si un vecino roba una vivienda, ello no absuelve al ladrón de la casa de enfrente.

Si un médico comete una negligencia, no queda exculpado porque otro hospital tuviera una peor.

Y si un gobernante presuntamente delinque, su responsabilidad no disminuye porque otro partido hiciera lo mismo años atrás.

Sin embargo, en política parece haberse instaurado una especie de contabilidad moral donde los delitos propios se compensan con los ajenos.

Es una perversión democrática.

El “y tú más” no busca conocer la verdad, sino diluirla.

No pretende depurar responsabilidades, sino repartirlas hasta que desaparezcan.

No combate la corrupción; la normaliza.

Y lo más preocupante es que acaba contaminando también a la ciudadanía. Muchos ciudadanos dejan de juzgar los hechos para limitarse a defender los colores de su partido, como si la corrupción cambiara de naturaleza según quién la cometa.

La democracia necesita exactamente lo contrario.

Necesita ciudadanos capaces de exigir la misma honestidad a los propios que a los adversarios.

Porque el verdadero problema nunca ha sido que exista corrupción.

El verdadero problema aparece cuando dejamos de indignarnos porque “los otros también lo hicieron”.

Quizá el día que desaparezca el “y tú más”, la corrupción empiece realmente a dar más miedo a quienes la practican.



domingo, 21 de junio de 2026

El progreso de España hacia la ruina (un retrato del sanchismo)

 


Hay palabras que, de tanto usarse, terminan por vaciarse. Progreso es una de ellas. Se invoca como un conjuro, como una garantía moral automática, sin necesidad de explicar hacia dónde se avanza, a costa de qué ni para beneficio de quién.

Y, sin embargo, pocas palabras tienen consecuencias tan materiales en la vida de un país.

El progreso auténtico no se mide por el número de ministerios, ni por la intensidad de los discursos, ni por la frecuencia de las campañas institucionales. Se mide por algo mucho más sencillo: si los ciudadanos viven mejor, si sus hijos tienen más oportunidades, si encuentran trabajo con facilidad, si pueden acceder a una vivienda digna, si los servicios públicos funcionan y si existe confianza en las instituciones.

Cuando se observan algunos de estos indicadores, surge una pregunta incómoda: ¿está progresando realmente España?

El progreso se mide en resultados, no en eslóganes

La idea original del progreso era sencilla: mejorar las condiciones de vida de la mayoría de la población. Más educación, mejor sanidad, empleo estable, igualdad de oportunidades y prosperidad compartida.

Sin embargo, en los últimos años parece haberse producido una transformación silenciosa. El debate político se ha desplazado desde los resultados hacia los relatos. Importa más la proclamación de intenciones que la evaluación de los efectos reales de las políticas.

Pero la realidad tiene una característica incómoda: acaba reflejándose en los datos.

Y los datos, aunque puedan interpretarse de maneras distintas, rara vez mienten durante mucho tiempo.

La pobreza infantil: el indicador más difícil de maquillar

Si existe un indicador capaz de describir el estado real de una sociedad, ese es la situación de sus niños.

Según los últimos informes de UNICEF España y los indicadores europeos AROPE, aproximadamente el 34,8 % de los menores españoles vive en riesgo de pobreza o exclusión social.

Dicho de otra forma: más de uno de cada tres niños.

España se sitúa así entre los países con peores registros de la Unión Europea en este indicador.

Resulta difícil compatibilizar este dato con el discurso oficial de progreso social permanente. Porque un país puede presumir de muchas cosas, pero difícilmente puede celebrar que una tercera parte de sus menores se encuentre en una situación de vulnerabilidad.

La pobreza infantil no se corrige con declaraciones institucionales. Requiere empleo estable para los padres, una educación eficaz, una vivienda accesible y políticas públicas que funcionen.

Cuando los niños empeoran, el futuro empeora con ellos.




La vivienda: el sueño cada vez más lejano

Durante décadas, la compra o el alquiler de una vivienda constituyeron uno de los principales mecanismos de integración social y de construcción de proyectos vitales.

Hoy la situación es distinta.

Los precios de la vivienda han aumentado de forma sostenida mientras los salarios reales apenas han seguido el mismo ritmo. El resultado es una creciente dificultad para emanciparse, especialmente entre los jóvenes.

La edad media de emancipación continúa aumentando y cada vez más personas dependen durante años de la ayuda económica de sus familias para acceder a una vivienda.

Paradójicamente, nunca se ha hablado tanto de justicia social y nunca ha resultado tan difícil para muchos jóvenes desarrollar un proyecto de vida independiente.

Una sociedad progresa cuando facilita la autonomía de sus ciudadanos. Cuando la retrasa indefinidamente, algo empieza a fallar.




El empleo: cuando las estadísticas cuentan solo una parte de la historia

Las cifras oficiales muestran una reducción evidente del desempleo respecto a los niveles existentes hace una década.

Sería absurdo negarlo.

Sin embargo, la evolución reciente del mercado laboral es más compleja de lo que sugieren los titulares.

La reforma laboral ha impulsado de manera significativa la utilización de contratos fijos discontinuos. Muchos trabajadores mantienen una relación contractual formal con la empresa, pero atraviesan periodos prolongados de inactividad durante los cuales no figuran necesariamente en las estadísticas tradicionales de paro registrado.

Por ello, diversos analistas complementan la cifra oficial con otros indicadores, como los demandantes con relación laboral.

La comparación resulta llamativa:

  • En 2017 el paro registrado se situaba en torno a 3,41 millones de personas.

  • En 2025 ronda los 2,41 millones.

Sin embargo:

  • Los demandantes con relación laboral han pasado aproximadamente de 250.000 a 860.000 personas durante el mismo periodo.

Cuando ambas magnitudes se analizan conjuntamente, la reducción observada resulta mucho más moderada: de 3,66 millones de personas en 2017 a 3,27 millones en 2025.

Esto no significa que el empleo no haya mejorado.

Significa que la fotografía es más compleja de lo que sugieren las cifras oficiales aisladas.

La cuestión ya no es únicamente cuántas personas tienen contrato, sino cuántas disfrutan de un empleo estable, productivo y capaz de sostener un proyecto vital.





La sanidad pública: más necesidades, menos capacidad de respuesta

Como médico de urgencias desde hace más de veinticinco años, he visto transformarse profundamente el sistema sanitario.

La sanidad pública española continúa siendo uno de los grandes logros colectivos del país. Pero también atraviesa problemas crecientes que resultan difíciles de ignorar.

Las listas de espera aumentan.

La presión asistencial crece.

La población envejece.

Los profesionales acumulan niveles de agotamiento cada vez mayores.

Y muchas decisiones estratégicas son adoptadas por responsables que apenas conocen la realidad cotidiana de la asistencia sanitaria.

Los hospitales no colapsan de un día para otro.

Se deterioran lentamente.

Primero aparecen pequeñas demoras.

Después se normalizan los retrasos.

Más tarde se acepta como inevitable lo que antes habría resultado escandaloso.

Hasta que la excepción se convierte en rutina.

Hablar de derechos sanitarios es importante.

Mantener operativo el sistema que los hace posibles lo es aún más.




La deuda pública: el bienestar a crédito

La deuda pública española continúa situándose en torno al 100 % del Producto Interior Bruto.

Aunque se ha reducido respecto a los máximos alcanzados durante la pandemia, sigue representando una carga considerable para las generaciones futuras.

Toda deuda implica una realidad sencilla: alguien deberá pagarla.

Financiar el gasto público mediante endeudamiento puede ser razonable en situaciones excepcionales. Convertirlo en una práctica estructural termina por trasladar los costes hacia quienes todavía no participan en la toma de decisiones.

La deuda no desaparece.

Simplemente cambia de propietario temporal.

Y cuanto más se prolonga esta situación, menor es el margen de maniobra para afrontar futuras crisis.




Infraestructuras: el progreso que se oxida

Las infraestructuras rara vez ocupan titulares cuando funcionan correctamente.

Pero son una de las bases materiales del progreso.

Carreteras, ferrocarriles, embalses, redes eléctricas o sistemas de mantenimiento constituyen elementos invisibles que sostienen la actividad cotidiana de millones de personas.

Su deterioro suele ser gradual.

Apenas perceptible.

Hasta que un incidente revela, de golpe, años de abandono, retrasos o inversiones insuficientes.

El reciente accidente ferroviario de Adamuz ha vuelto a poner sobre la mesa una cuestión incómoda: la distancia que a veces existe entre las inversiones anunciadas y las inversiones efectivamente ejecutadas.

Un país moderno no se construye únicamente con discursos.

También necesita infraestructuras fiables.


Corrupción y degradación institucional

La corrupción no es un fenómeno nuevo en España.

Lo verdaderamente preocupante es que haya dejado de sorprender.

Cada nuevo escándalo parece durar apenas unos días antes de ser sustituido por el siguiente.

La indignación se vuelve efímera.

La responsabilidad se diluye.

Y la sociedad termina acostumbrándose a lo que nunca debería considerarse normal.

El problema de la corrupción no es únicamente el dinero perdido.

Es la erosión de la confianza.

Porque cuando los ciudadanos dejan de creer en sus instituciones, el deterioro se extiende mucho más allá de cualquier balance económico.

La corrupción no  solo destruye recursos.

Destruye legitimidad.

Y cuando el Gobierno se dedica a atacar a los Jueces cuando emiten sentencias no favorables a los suyos, el cóctel lítico democrático está servido.


Epílogo: cuando el progreso deja de avanzar

El progreso no se mide por ministerios, eslóganes ni campañas institucionales.

Se mide por escuelas que enseñan, hospitales que curan, empleos que permiten construir un proyecto de vida, viviendas accesibles y niños que crecen con oportunidades.

Algunos indicadores españoles muestran avances.

Otros reflejan estancamiento.

Y algunos, sencillamente, retroceso.

El propósito de una sociedad democrática no debería ser proteger relatos, sino afrontar problemas.

Porque los datos no votan.

No militan.

No participan en campañas electorales.

Simplemente describen la realidad.

Y cuando la realidad empieza a separarse demasiado del discurso oficial, conviene escucharla antes de que sea demasiado tarde.

viernes, 19 de junio de 2026

De las medallas a los juzgados

Estos días hemos vuelto a ver en los medios una imagen que se repite periódicamente en la vida pública española.

Personas que en un momento fueron presentadas como ejemplos de éxito, innovación, excelencia o prestigio institucional aparecen años después vinculadas a investigaciones judiciales por presuntos casos de corrupción, tráfico de influencias o irregularidades en la contratación pública.

La noticia reciente sobre el empresario Carlos Barrabés me hizo recordar una paradoja llamativa. Hace unos años formaba parte del Consejo Asesor del 40.º aniversario de la Constitución y recibió la Medalla de las Cortes Generales de manos de la entonces presidenta del Congreso, Ana Pastor. 

Hoy su nombre vuelve a los titulares por investigaciones judiciales.

Y no es un caso aislado.

La historia reciente está llena de empresarios, políticos, altos cargos, banqueros y personalidades públicas que fueron elevados a la categoría de referentes sociales antes de verse posteriormente envueltos en investigaciones, escándalos o graves controversias.

Naturalmente, una investigación no equivale a una condena. Conviene recordarlo siempre. La presunción de inocencia es uno de los pilares esenciales de cualquier Estado de derecho.

Pero la cuestión que me interesa es otra.

¿Cómo se construye el prestigio?

¿Quién decide qué personas representan el talento, la ejemplaridad o el éxito?

Porque con demasiada frecuencia confundimos notoriedad con mérito, influencia con virtud y cercanía al poder con excelencia.

Y aquí aparece un fenómeno especialmente interesante: los círculos de poder suelen legitimarse entre sí.

Empresarios que asesoran a instituciones. Instituciones que conceden reconocimientos a empresarios. Fundaciones que premian a responsables políticos. Responsables políticos que incorporan a empresarios a consejos asesores. Organismos que distinguen a quienes ya han sido distinguidos por otros organismos.

Se crea así una especie de circuito cerrado de prestigio donde el reconocimiento previo sirve para justificar nuevos reconocimientos.

No siempre ocurre por favoritismo. Muchas veces responde a trayectorias objetivamente brillantes. Pero el mecanismo existe.

Y cuando años después alguno de esos protagonistas termina sentado ante un juez o aparece en una investigación judicial, la sociedad se pregunta inevitablemente si aquellos reconocimientos fueron realmente fruto del mérito o si también influyeron las relaciones, la proximidad al poder o la pertenencia a determinados círculos de influencia.

Las instituciones conceden premios, medallas y cargos honoríficos basándose en la imagen que proyectan determinadas personas en un momento concreto. Sin embargo, el tiempo termina actuando como el auditor más implacable.

Algunas trayectorias salen reforzadas.

Otras no.

Quizá la enseñanza sea que las medallas certifican reconocimiento, pero no garantizan integridad. Del mismo modo que una investigación judicial abre preguntas, pero todavía no ofrece respuestas definitivas.

Por eso conviene ser prudentes tanto en la admiración como en la condena.

La historia demuestra que ni todos los homenajeados merecían serlo tanto, ni todos los investigados acabarán siendo culpables.

Pero sí deja una reflexión incómoda.

El prestigio institucional es una fotografía.

La verdadera reputación es una película completa.

Y, a veces, cuando la película avanza unos años, descubrimos que la fotografía había ocultado más cosas de las que mostraba.


lunes, 5 de mayo de 2025

¿Merecerlo o conocer a alguien? La erosión de la meritocracia en España.

 

En una sociedad democrática moderna, los cargos técnicos deberían estar ocupados por los más capacitados. Sin embargo, en España asistimos a una preocupante tendencia: la sustitución de la meritocracia por el amiguismo y las afinidades políticas. Esta práctica no solo debilita nuestras instituciones, sino que manda un mensaje devastador a quienes se esfuerzan por formarse: “no importa lo que sabes, sino a quién conoces”.

El valor de la meritocracia

La meritocracia es la idea de que las oportunidades y responsabilidades deben asignarse en función del talento, la preparación y el esfuerzo. Es la base de sistemas educativos sólidos, administraciones eficientes y empresas competitivas. Cuando se respeta, la meritocracia garantiza que las decisiones públicas sean tomadas por personas competentes, formadas y responsables.

En puestos técnicos —como los relacionados con la gestión de emergencias, las infraestructuras críticas, la administración sanitaria o educativa, entre otros— esta idea no es un lujo, sino una necesidad. Sin conocimiento y experiencia, el riesgo de errores graves se multiplica.

El deterioro visible en España

En los últimos años, varios nombramientos han despertado la indignación de expertos y ciudadanos por su falta de justificación técnica. Entre los más recientes:

  • La Consejera de Emergencias de la Comunidad  Valenciana durante la crisis por la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos): una persona sin experiencia en gestión de emergencias ni formación específica, colocada por afinidad política. El resultado: descoordinación y errores en plena emergencia.

  • La presidenta de Red Eléctrica Española, designada sin experiencia previa en el sector energético, en un momento donde la estabilidad eléctrica y la transición energética requieren liderazgo técnico riguroso. Días después, se produjo un apagón que dejó sin suministro a miles de personas. Aunque no se le atribuya la culpa directa, la percepción pública sobre su idoneidad quedó en entredicho.

  • El hijo del presidente del Tribunal Constitucional contratado por Telefónica, en un contexto donde la ética institucional exige evitar toda apariencia de trato de favor. ¿Qué mensaje se transmite al ciudadano medio que lucha por entrar en el mercado laboral por méritos propios?

 Y no debemos pasar por alto que esta práctica se extiende también a niveles más bajos de nuestra sociedad. Cada vez son más los cargos —y carguitos— que se reparten entre afines, acompañados de su habitual séquito de asesores. Personas que, en muchos casos, ocupan y se atrincheran en puestos que no han ganado por mérito, esfuerzo ni dedicación. En el peor de los casos, hablamos de individuos completamente ajenos a las competencias necesarias para el cargo que se les ha asignado —o más bien regalado—.

Consecuencias preocupantes

Las consecuencias de estas prácticas no son anecdóticas ni aisladas:

  • Instituciones ineficientes: cuando los responsables no tienen preparación, las decisiones son lentas, erráticas o ineficaces. La calidad del servicio público se deteriora.

  • Desmotivación profesional: empleados públicos preparados ven cómo los ascensos no dependen del esfuerzo ni del rendimiento, sino de la cercanía al poder. Esto genera apatía y fuga de talento.

  • Desafección ciudadana: si los ciudadanos perciben que sus instituciones están dirigidas por "enchufados", la confianza en el sistema se erosiona. La política se ve como un club cerrado, no como una herramienta al servicio del bien común.

La educación y la cultura del esfuerzo, en jaque

Uno de los efectos más graves y silenciosos es el impacto sobre los jóvenes. ¿Qué incentivo tiene un estudiante brillante si observa que los mejores puestos no se ganan con esfuerzo, sino con contactos?

Esta cultura del "enchufe" no solo bloquea el ascenso social, sino que desincentiva la excelencia. El mensaje implícito es devastador: “no importa cuánto te prepares, lo que cuenta es a quién conoces”. Así, condenamos a generaciones enteras a la resignación o la emigración.

¿Qué se puede hacer?

La solución no es sencilla, pero sí urgente. Algunas medidas clave podrían ser:

  • Reformar los sistemas de designación pública, exigiendo criterios técnicos verificables para todos los cargos de responsabilidad.

  • Transparencia absoluta en los nombramientos, con acceso público a los currículos y méritos de los candidatos.

  • Evaluaciones independientes y concursos abiertos para los cargos intermedios y directivos.

  • Concienciación ciudadana y presión mediática: como ciudadanos debemos exigir responsabilidad y oponernos activamente al nepotismo.


España no puede permitirse que la mediocridad gane terreno por decreto. Recuperar la meritocracia no es una cuestión ideológica, sino de supervivencia institucional y de justicia para quienes cada día se esfuerzan por construir un país mejor.

Y que nuestros jóvenes no puedan decirnos "¿tanto estudiar para que el listo de turno, el candidato amigo, el militante del partido nos pase por encima por el morro?No somos tontos"