La reciente visita de León XIV al Congreso de los Diputados dejó una imagen cargada de simbolismo. En mi caso, resumida en la viñeta que acompaña estas líneas: el Papa en la tribuna de oradores contemplando un hemiciclo convertido en mercado, rodeado de mercaderes de votos, influencias, promesas y contratos.

Más allá de la caricatura, lo que realmente llamó la atención fue el entusiasmo con el que gran parte de Sus Señorías aplaudieron un discurso que, en no pocos aspectos, cuestionaba precisamente algunas de las prioridades dominantes de la política contemporánea.
Resultó curioso observar cómo recibían con aprobación llamamientos a la dignidad humana, la solidaridad, la responsabilidad moral, la defensa de los más vulnerables, la cultura del encuentro frente a la confrontación permanente o la necesidad de recuperar ciertos principios éticos en la vida pública. Conceptos que suelen despertar menos entusiasmo cuando exigen sacrificios concretos o limitan intereses partidistas.
Los aplausos fueron abundantes. Quizá demasiado abundantes.
Porque una cosa es reconocer la altura moral de un mensaje y otra muy distinta sentirse interpelado por él.
Por eso la escena evocaba inevitablemente aquel episodio evangélico de la expulsión de los mercaderes del templo. No porque el Congreso sea un templo ni porque los diputados sean mercaderes, sino porque toda institución corre el riesgo de olvidar para qué existe cuando el interés general acaba subordinado al cálculo político, la propaganda o la simple supervivencia partidista.
También merece una mención positiva un detalle aparentemente menor, pero que no lo es tanto: la vestimenta de Sus Señorías.
Agradezco sinceramente que, al menos en una ocasión de esta relevancia institucional, predominaran las chaquetas, las corbatas, los vestidos formales y el respeto a las formas. En tiempos en los que algunos parecen confundir la cercanía con la dejadez, fue reconfortante comprobar que no abundaban las rastas reivindicativas, las camisetas convertidas en pancartas publicitarias ni las alpargatas elevadas a categoría de discurso político.
Las formas no sustituyen al fondo, pero tampoco son irrelevantes. Las instituciones representan algo más grande que quienes las ocupan temporalmente. Y esa representación exige un mínimo de solemnidad.
Quizá por eso la imagen más llamativa de la jornada no fue la del Papa hablando desde la tribuna. Fue la de tantos dirigentes aplaudiendo con entusiasmo unas palabras que, si se tomaran completamente en serio, les obligarían a revisar muchas de sus propias convicciones y comportamientos.
Tal vez ahí resida la verdadera ocasión perdida.

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