sábado, 20 de junio de 2026

¿Adónde van nuestros impuestos?

Cada año, millones de ciudadanos trabajan, emprenden, invierten o asumen responsabilidades profesionales con la certeza de que una parte importante del fruto de su esfuerzo terminará en las arcas públicas. Es el precio que una sociedad democrática paga para sostener la sanidad, la educación, la seguridad, las pensiones, las infraestructuras y la protección social.

Hasta ahí, pocos discutirían el principio.

La pregunta surge cuando el contribuyente observa la realidad que le rodea.

Trenes que acumulan incidencias y retrasos. Carreteras que esperan inversiones prometidas desde hace años. Ayudas a damnificados que llegan tarde o con cuentagotas. Administraciones cada vez más complejas y burocráticas. Casos de corrupción que se suceden legislatura tras legislatura sin importar el color político.

Y entonces aparece una duda legítima:

¿El problema es que pagamos pocos impuestos o que se gestionan mal los que ya pagamos?

La cuestión adquiere una dimensión aún mayor cuando afecta directamente a la productividad.

Hace unos días trascendía una reflexión del juez Calama durante una declaración judicial al expresidente del Gobierno Rodríguez Zapatero. Comentaba que había rechazado impartir conferencias remuneradas con unos 200 euros porque, una vez descontados impuestos, desplazamientos y tiempo invertido, simplemente no le compensaba.

Más allá de la anécdota, la observación ilustra un fenómeno económico bien conocido: cuando el rendimiento neto de un esfuerzo adicional resulta demasiado bajo, disminuyen los incentivos para realizarlo.

No hablamos de dejar de trabajar, sino de dejar de hacer más.

La guardia extra.

La conferencia.

El artículo científico.

La actividad docente.

La inversión empresarial.

El proyecto innovador.

La hora adicional de esfuerzo.

Cuando el premio percibido por ese esfuerzo disminuye, muchos ciudadanos concluyen que no merece la pena.

La consecuencia es paradójica: una fiscalidad diseñada para recaudar más puede terminar reduciendo parte de la actividad económica que genera riqueza.

Por supuesto, los impuestos son necesarios. Nadie espera una sanidad pública, una red de carreteras o un sistema de protección social financiados por generación espontánea.

Pero tan importante como recaudar es administrar bien.

Porque cada euro malgastado, cada proyecto fallido, cada enchufe, cada caso de corrupción y cada inversión inútil erosionan la confianza del contribuyente.

Y cuando la confianza desaparece, el ciudadano deja de preguntarse cuánto paga y empieza a preguntarse por qué lo paga.

Quizá el debate no debería centrarse únicamente en subir o bajar impuestos.

Quizá la cuestión previa sea mucho más sencilla:

¿Está obteniendo la sociedad el valor que merece por el dinero que entrega al Estado?

Porque si la respuesta es negativa, el problema no es fiscal.

Es institucional.



viernes, 19 de junio de 2026

De las medallas a los juzgados

Estos días hemos vuelto a ver en los medios una imagen que se repite periódicamente en la vida pública española.

Personas que en un momento fueron presentadas como ejemplos de éxito, innovación, excelencia o prestigio institucional aparecen años después vinculadas a investigaciones judiciales por presuntos casos de corrupción, tráfico de influencias o irregularidades en la contratación pública.

La noticia reciente sobre el empresario Carlos Barrabés me hizo recordar una paradoja llamativa. Hace unos años formaba parte del Consejo Asesor del 40.º aniversario de la Constitución y recibió la Medalla de las Cortes Generales de manos de la entonces presidenta del Congreso, Ana Pastor. 

Hoy su nombre vuelve a los titulares por investigaciones judiciales.

Y no es un caso aislado.

La historia reciente está llena de empresarios, políticos, altos cargos, banqueros y personalidades públicas que fueron elevados a la categoría de referentes sociales antes de verse posteriormente envueltos en investigaciones, escándalos o graves controversias.

Naturalmente, una investigación no equivale a una condena. Conviene recordarlo siempre. La presunción de inocencia es uno de los pilares esenciales de cualquier Estado de derecho.

Pero la cuestión que me interesa es otra.

¿Cómo se construye el prestigio?

¿Quién decide qué personas representan el talento, la ejemplaridad o el éxito?

Porque con demasiada frecuencia confundimos notoriedad con mérito, influencia con virtud y cercanía al poder con excelencia.

Y aquí aparece un fenómeno especialmente interesante: los círculos de poder suelen legitimarse entre sí.

Empresarios que asesoran a instituciones. Instituciones que conceden reconocimientos a empresarios. Fundaciones que premian a responsables políticos. Responsables políticos que incorporan a empresarios a consejos asesores. Organismos que distinguen a quienes ya han sido distinguidos por otros organismos.

Se crea así una especie de circuito cerrado de prestigio donde el reconocimiento previo sirve para justificar nuevos reconocimientos.

No siempre ocurre por favoritismo. Muchas veces responde a trayectorias objetivamente brillantes. Pero el mecanismo existe.

Y cuando años después alguno de esos protagonistas termina sentado ante un juez o aparece en una investigación judicial, la sociedad se pregunta inevitablemente si aquellos reconocimientos fueron realmente fruto del mérito o si también influyeron las relaciones, la proximidad al poder o la pertenencia a determinados círculos de influencia.

Las instituciones conceden premios, medallas y cargos honoríficos basándose en la imagen que proyectan determinadas personas en un momento concreto. Sin embargo, el tiempo termina actuando como el auditor más implacable.

Algunas trayectorias salen reforzadas.

Otras no.

Quizá la enseñanza sea que las medallas certifican reconocimiento, pero no garantizan integridad. Del mismo modo que una investigación judicial abre preguntas, pero todavía no ofrece respuestas definitivas.

Por eso conviene ser prudentes tanto en la admiración como en la condena.

La historia demuestra que ni todos los homenajeados merecían serlo tanto, ni todos los investigados acabarán siendo culpables.

Pero sí deja una reflexión incómoda.

El prestigio institucional es una fotografía.

La verdadera reputación es una película completa.

Y, a veces, cuando la película avanza unos años, descubrimos que la fotografía había ocultado más cosas de las que mostraba.


Absentismo: síntomas de una sociedad cansada

Según los datos publicados hoy  por El Mundo, cada día faltan a su puesto de trabajo en España 1,7 millones de personas. La tasa de absentismo alcanzó en 2025 el 7,68%, el nivel más alto de toda la serie histórica.

Los economistas hablarán de envejecimiento de la población, salud mental, burocracia, bajas laborales o cambios en el mercado de trabajo. Y seguramente tendrán razón. Pero quizá exista también una explicación menos cuantificable y más incómoda: la pérdida progresiva de la cultura del mérito.

Durante generaciones se transmitió una idea sencilla: estudiar, esforzarse, trabajar y formarse aumentaba las posibilidades de prosperar. No garantizaba el éxito, pero ofrecía una cierta esperanza de justicia.

Hoy muchos ciudadanos observan una realidad diferente.

Ven cómo personas sin experiencia llegan a puestos de responsabilidad por afinidades políticas o personales. Observan cómo el enchufismo sigue gozando de excelente salud. Comprueban que algunos currículums se adornan, se inflan o directamente se falsifican sin consecuencias relevantes. Descubren que no siempre asciende quien más sabe o quien más trabaja, sino quien mejor se relaciona con quien manda.

En demasiados ámbitos, el peloteo parece ofrecer más rentabilidad que la competencia profesional.

Cuando esa percepción se extiende, el mensaje social resulta devastador.

¿Por qué invertir años en estudiar? ¿Por qué esforzarse más que los demás? ¿Por qué asumir responsabilidades adicionales? ¿Por qué sacrificarse si el reconocimiento depende con frecuencia de factores ajenos al mérito?

Naturalmente, no todo el absentismo responde a esta causa. Sería absurdo afirmarlo. Existen enfermedades reales, problemas familiares, agotamiento psicológico y múltiples circunstancias legítimas.

Pero tampoco podemos ignorar el efecto que produce una sociedad donde el ejemplo que reciben los jóvenes es que algunos alcanzan posiciones de privilegio sin preparación, que ciertos responsables públicos acumulan patrimonio difícil de explicar con sus salarios o que la corrupción se contempla con una mezcla de resignación y cinismo.

La corrupción tiene costes económicos. Pero tiene otros costes mucho más profundos.

Destruye la confianza.

Y una sociedad sin confianza acaba perdiendo también la motivación.

Porque cuando el ciudadano percibe que las reglas no son iguales para todos, deja de creer en el esfuerzo como herramienta de progreso. Y cuando desaparece la fe en el mérito, el trabajo deja de verse como una oportunidad y comienza a contemplarse como una obligación que conviene esquivar siempre que sea posible.

Quizá el verdadero problema no sea que falten 1,7 millones de personas a su puesto de trabajo.

Quizá el problema sea que cada vez faltan más ciudadanos a la idea misma de que el esfuerzo merece la pena.



miércoles, 17 de junio de 2026

La no corbata de Pedro

Durante décadas, la corbata ha sido un uniforme no escrito del poder y también una prenda asociada al buen vestir. A pocos se les ocurriría acudir a una boda sin traje ni corbata, aunque sí a un funeral, lo que quizá revela ese viejo hábito humano de mostrar más respeto a los vivos que a los muertos.


Cuando un líder decide prescindir de este colgante atuendo (a la corbata me refiero), el gesto puede interpretarse como cercanía, modernidad o ruptura con determinadas formalidades. Lo llamativo no es tanto que el líder cambie, sino la rapidez con la que muchos de sus colaboradores adoptan exactamente el mismo código estético.


Hoy mismo hemos visto aparecer en el Congreso a Pedro Sánchez acompañado de su ministro de Economía y del siempre desahogadamente deslenguado Patxi López. Todos trajeados. Ninguno con corbata.



La cuestión entonces deja de ser la corbata y pasa a ser otra: ¿cuánto hay de convicción personal y cuánto de mimetismo?


En política sucede con frecuencia. No solo se imitan las formas de vestir, sino también los gestos, las expresiones, las consignas y hasta los argumentos. Quien observe un debate parlamentario comprobará cómo determinados mensajes aparecen repetidos por distintos portavoces con una precisión casi milimétrica, como si todos hubieran salido de la misma fotocopiadora discursiva.


La historia está llena de cortesanos, validos, camarillas, palmeros y correveidiles. Cambian los trajes, pero no las dinámicas humanas. El poder genera una fuerza gravitatoria que empuja a muchos a parecerse al que manda, ya sea por admiración, por cálculo o por simple instinto de supervivencia. Cuando no por imperativo orquidiano del líder.


La corbata, en este caso, es solo un símbolo. Lo verdaderamente relevante es la tendencia de algunos entornos a sustituir el criterio propio por la adhesión constante al jefe. Cuando eso ocurre, el riesgo no es que todos vistan igual, sino que todos terminen pensando igual o, al menos, diciendo públicamente lo mismo.


Cuando el líder se quita la corbata, los subalternos se la quitan. El problema nunca fue la corbata. El problema empieza cuando también se quitan el criterio propio.


Es el viejo efecto marioneta: los hilos no siempre se ven, pero casi siempre están ahí.


domingo, 14 de junio de 2026

No basta con aprobar una ley (la dignidad humana es el examen final)

Una ley no alcanza su verdadera grandeza por el mero hecho de haber sido formalmente aprobada; la alcanza cuando, además de ser válida en su forma, puede comparecer ante la dignidad de la persona y salir de ese examen sin avergonzarse.”

León XIV, Congreso de los Diputados


Vivimos tiempos en los que con frecuencia confundimos legalidad con justicia.


Sin embargo, la historia está llena de normas que fueron perfectamente legales y, al mismo tiempo, profundamente injustas. También está llena de personas que tuvieron el valor de recordar que el derecho no puede separarse de la dignidad humana.


La reflexión de León XIV apunta precisamente a esa idea: una ley no debe medirse solo por el número de votos que la aprueban, ni por la habilidad técnica con la que está redactada. Su verdadera prueba consiste en algo mucho más exigente: preguntarse si respeta a la persona, si protege a los más vulnerables, si amplía la libertad o si, por el contrario, la reduce.


Las sociedades democráticas necesitan leyes. Pero necesitan también principios. Porque cuando la norma pierde de vista a la persona, corre el riesgo de convertirse en un simple mecanismo de poder.


Quizá por eso esta frase trasciende el ámbito político. También sirve para nuestra vida cotidiana. Las decisiones importantes no deberían evaluarse únicamente por si son posibles, legales o convenientes, sino por si pueden sostenerse ante el espejo de la conciencia sin avergonzarnos de ellas.


La dignidad humana sigue siendo el examen más difícil y, probablemente, el más importante.


¿Creéis que una ley es justa simplemente porque ha sido aprobada democráticamente, o debe superar además un juicio moral y ético?


viernes, 12 de junio de 2026

El tiburón de Hacienda y la clase media invisible ¿Justicia social o castigo al esfuerzo?

Este año me toca pagar a Hacienda una cantidad equivalente a tres meses completos de mi salario.


Y eso, además, después de que cada mes se me descuente aproximadamente un 28% de la nómina.


No cuestiono que haya que contribuir al sostenimiento de los servicios públicos. Una sociedad avanzada necesita sanidad, educación, seguridad, infraestructuras y protección para quienes realmente lo necesitan.


La pregunta es otra.


Cuando una persona trabaja, asume responsabilidades y contribuye cada año con una parte tan importante de sus ingresos, pero después descubre que su nivel de renta le excluye de numerosas ayudas, becas, bonificaciones o servicios subvencionados, ¿qué sensación debe tener?


Porque llega un momento en que algunos ciudadanos tienen la impresión de encontrarse en tierra de nadie.


Pagan como rentas altas.


Viven como clases medias.


Y reciben menos ayudas que otros colectivos.


Mientras tanto, la presión fiscal sigue creciendo y cada nueva obligación tributaria parece justificarse en nombre de la solidaridad.



La solidaridad es un valor imprescindible. Pero también lo son la proporcionalidad, el reconocimiento del esfuerzo y la sensación de que el sistema trata con justicia a quienes lo sostienen.


No deja de resultar llamativo que muchas personas que aportan una parte muy importante de sus ingresos al sostenimiento del Estado descubran después que no tienen acceso a determinadas ayudas para vivienda, becas, prestaciones o beneficios públicos por superar determinados umbrales de renta. Son demasiado ricas para recibir ayuda, pero demasiado pobres para vivir sin preocupaciones económicas.


Se genera así una sensación incómoda: la de pertenecer a una clase media que soporta buena parte del peso fiscal sin percibir en la misma medida los beneficios del sistema que financia.


La pregunta que dejo sobre la mesa es sencilla:


¿Dónde está el equilibrio entre ayudar a quien más lo necesita y no desincentivar a quien trabaja, ahorra, emprende y contribuye cada año con una parte tan importante de sus ingresos?


Porque una sociedad justa debe proteger a los vulnerables.


Pero también debe evitar que quienes sostienen gran parte de la recaudación acaben sintiéndose únicamente como el cajero automático del sistema.


La justicia social no consiste en enfrentar a pobres y clases medias. Consiste en construir un sistema que ayude a quien lo necesita sin penalizar a quien lo sostiene.


¿Qué opináis? 


miércoles, 10 de junio de 2026

El Papa y el espejo

La visita del Papa León XIV al Congreso ha dejado una imagen curiosa: prácticamente todos los grupos políticos han encontrado en sus palabras algún motivo para aplaudir.


Unos escucharon la defensa de la dignidad humana. Otros la llamada a la solidaridad. Algunos se quedaron con el mensaje sobre la pobreza. Otros con la acogida al diferente. Y no faltaron quienes aprovecharon para reivindicar cuestiones identitarias o lingüísticas.


Sin embargo, quizá el fenómeno más llamativo fue comprobar cómo cada cual parecía escuchar únicamente aquello que confirmaba sus propias convicciones.


Es una vieja costumbre humana. No escuchar lo que se dice, sino lo que queremos oír.


Porque cuando el Papa preguntó:


«Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro puede tener la sociedad? ¿Puede llamarse justa una comunidad que deja en la sombra al niño no nacido, al anciano, a quien sufre en silencio o depende del cuidado de los demás?»


muchos aplaudieron.


Y, sin embargo, entre los aplausos había defensores de políticas que chocan frontalmente con esa visión antropológica. Exactamente igual que otros aplaudieron las referencias al respeto, la convivencia o la acogida mientras mantienen discursos poco compatibles con esos principios.


La escena tenía algo de espejo colectivo. Pero no de un espejo cualquiera. Más bien recordaba al espejo oculto de Dorian Gray: ese que no refleja el rostro que uno muestra al mundo, sino aquello que realmente es.


Mientras los aplausos resonaban en el hemiciclo, cada grupo parecía contemplar una versión idealizada de sí mismo. Nadie veía sus contradicciones. Nadie veía las zonas de sombra de su propio discurso. Todos encontraban en las palabras del Papa la confirmación de sus virtudes, pero pocos parecían escuchar aquello que cuestionaba sus propias certezas.


Quizá por eso el mensaje resultó tan incómodo y tan fácil de aplaudir al mismo tiempo. Porque el verdadero espejo no estaba frente al Papa. Estaba frente a quienes lo escuchaban.


Los políticos no estaban escuchando a León XIV. Estaban escuchándose a sí mismos.


Quizá por eso resultó llamativo ver cómo algunos sectores nacionalistas insistían en cuestiones lingüísticas o protocolarias mientras el mensaje central giraba alrededor de algo mucho más profundo: la dignidad de la persona humana.


El niño no nacido.


El anciano olvidado.


El enfermo dependiente.


El pobre.


El que sufre en silencio.


El diferente.


Todos ellos aparecían en el mismo discurso.


Y tal vez ahí reside precisamente la incomodidad del mensaje: que no permite seleccionar unas víctimas sí y otras no. No permite defender la dignidad humana por partes.


Por eso los grandes discursos morales suelen incomodar. Porque obligan a todos a examinarse.


A la izquierda.


A la derecha.


A los nacionalistas.


A los centralistas.


A creyentes y no creyentes.


Quizá la pregunta no sea quién aplaudió más fuerte.


Quizá la pregunta sea quién estaba dispuesto a escuchar de verdad.