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viernes, 19 de junio de 2026

Absentismo: síntomas de una sociedad cansada

Según los datos publicados hoy  por El Mundo, cada día faltan a su puesto de trabajo en España 1,7 millones de personas. La tasa de absentismo alcanzó en 2025 el 7,68%, el nivel más alto de toda la serie histórica.

Los economistas hablarán de envejecimiento de la población, salud mental, burocracia, bajas laborales o cambios en el mercado de trabajo. Y seguramente tendrán razón. Pero quizá exista también una explicación menos cuantificable y más incómoda: la pérdida progresiva de la cultura del mérito.

Durante generaciones se transmitió una idea sencilla: estudiar, esforzarse, trabajar y formarse aumentaba las posibilidades de prosperar. No garantizaba el éxito, pero ofrecía una cierta esperanza de justicia.

Hoy muchos ciudadanos observan una realidad diferente.

Ven cómo personas sin experiencia llegan a puestos de responsabilidad por afinidades políticas o personales. Observan cómo el enchufismo sigue gozando de excelente salud. Comprueban que algunos currículums se adornan, se inflan o directamente se falsifican sin consecuencias relevantes. Descubren que no siempre asciende quien más sabe o quien más trabaja, sino quien mejor se relaciona con quien manda.

En demasiados ámbitos, el peloteo parece ofrecer más rentabilidad que la competencia profesional.

Cuando esa percepción se extiende, el mensaje social resulta devastador.

¿Por qué invertir años en estudiar? ¿Por qué esforzarse más que los demás? ¿Por qué asumir responsabilidades adicionales? ¿Por qué sacrificarse si el reconocimiento depende con frecuencia de factores ajenos al mérito?

Naturalmente, no todo el absentismo responde a esta causa. Sería absurdo afirmarlo. Existen enfermedades reales, problemas familiares, agotamiento psicológico y múltiples circunstancias legítimas.

Pero tampoco podemos ignorar el efecto que produce una sociedad donde el ejemplo que reciben los jóvenes es que algunos alcanzan posiciones de privilegio sin preparación, que ciertos responsables públicos acumulan patrimonio difícil de explicar con sus salarios o que la corrupción se contempla con una mezcla de resignación y cinismo.

La corrupción tiene costes económicos. Pero tiene otros costes mucho más profundos.

Destruye la confianza.

Y una sociedad sin confianza acaba perdiendo también la motivación.

Porque cuando el ciudadano percibe que las reglas no son iguales para todos, deja de creer en el esfuerzo como herramienta de progreso. Y cuando desaparece la fe en el mérito, el trabajo deja de verse como una oportunidad y comienza a contemplarse como una obligación que conviene esquivar siempre que sea posible.

Quizá el verdadero problema no sea que falten 1,7 millones de personas a su puesto de trabajo.

Quizá el problema sea que cada vez faltan más ciudadanos a la idea misma de que el esfuerzo merece la pena.



jueves, 9 de abril de 2026

La sociedad del favor


No empezó como una excepción. Empezó como un síntoma. Casos de dirigentes que alcanzan el poder envueltos en polémicas, trayectorias cuestionadas y decisiones sostenidas en equilibrios frágiles. Instituciones que acogen a formaciones herederas de entornos que en otro tiempo legitimaron la violencia. Escenarios donde incluso se llega a blanquear o exaltar a quienes formaron parte del terror. Todo ello no como episodios aislados, sino como expresión de una inversión de valores éticos que ya no sorprende, porque se ha normalizado.


Pero el verdadero problema no está solo arriba.


Ese paisaje es el reflejo de algo más profundo, más antiguo, más extendido: una sociedad que ha ido desplazando el mérito y el esfuerzo como ejes de progreso, sustituyéndolos por redes de influencia, afinidades interesadas y una cultura del favor que se aprende desde abajo.


Desde etapas tempranas se interioriza una lógica silenciosa. No basta con saber, hay que conocer. No basta con trabajar, hay que posicionarse. Las relaciones dejan de ser un vínculo humano para convertirse en una herramienta. La amistad, en ocasiones, se convierte en inversión. El contacto adecuado pesa más que la capacidad demostrada.


Así se configura una ética deformada.


El enchufismo deja de percibirse como anomalía para instalarse como norma tácita. Se justifica como mecanismo de supervivencia, se disfraza de oportunidad, se diluye en el “siempre ha sido así”. Y en ese proceso, se difuminan las fronteras entre lo aceptable y lo irregular. Favores que cruzan líneas, silencios que encubren, conductas que en otro contexto serían inaceptables, pero que aquí encuentran acomodo.


En este entorno, el individuo que pretende ser íntegro, cumplidor, honesto, queda desplazado.


No porque sea incapaz, sino porque no participa del juego. Porque no intercambia favores, no cultiva dependencias, no acepta atajos. Y eso lo convierte en una figura incómoda, prescindible, fácilmente sustituible por perfiles más adaptados a la lógica dominante. Se produce así una selección adversa: no ascienden necesariamente los más competentes, sino los más eficaces en la gestión de influencias.


Las consecuencias son profundas.


Las instituciones pierden calidad porque no siempre están ocupadas por los mejores. La confianza social se erosiona porque la percepción de justicia se debilita. El esfuerzo deja de ser incentivo cuando no se traduce en resultados. Y la corrupción deja de ser un escándalo excepcional para convertirse en un mecanismo funcional, integrado en la dinámica cotidiana.


El problema, por tanto, no es únicamente quién llega arriba, sino cómo se ha aprendido a ascender desde abajo.


Cuando una sociedad deja de premiar el mérito y normaliza el atajo, no solo se vuelve injusta. Se vuelve ineficiente, frágil, vulnerable. Y lo más inquietante no es la existencia de estas dinámicas, sino su aceptación.


Porque una sociedad no se define por los valores que proclama, sino por los que, en la práctica, recompensa.


miércoles, 11 de marzo de 2026

El secreto que todos sabemos

Lo sabemos.

Ellos lo saben.


Y saben que lo sabemos.


Pero ahí siguen.


Actuando como si no supieran que lo sabemos.

Y esperando que hagamos como si no supiéramos que ellos lo saben.


Es el gran teatro de nuestro tiempo:

la política de lo evidente negado,

la comedia del secreto público,

la representación permanente del “aquí no pasa nada”.


Todos conocen la verdad,

todos saben quién mueve los hilos,

todos reconocen el guion.


Pero la función continúa.


Porque el sistema no exige que creamos la mentira.

Solo exige que hagamos como si la creyéramos.


Y así seguimos:


ellos fingiendo que no saben,

nosotros fingiendo que creemos.


Mientras lo evidente,

tranquilo,

permanece en el centro del escenario.


Mirándonos.




lunes, 5 de mayo de 2025

¿Merecerlo o conocer a alguien? La erosión de la meritocracia en España.

 

En una sociedad democrática moderna, los cargos técnicos deberían estar ocupados por los más capacitados. Sin embargo, en España asistimos a una preocupante tendencia: la sustitución de la meritocracia por el amiguismo y las afinidades políticas. Esta práctica no solo debilita nuestras instituciones, sino que manda un mensaje devastador a quienes se esfuerzan por formarse: “no importa lo que sabes, sino a quién conoces”.

El valor de la meritocracia

La meritocracia es la idea de que las oportunidades y responsabilidades deben asignarse en función del talento, la preparación y el esfuerzo. Es la base de sistemas educativos sólidos, administraciones eficientes y empresas competitivas. Cuando se respeta, la meritocracia garantiza que las decisiones públicas sean tomadas por personas competentes, formadas y responsables.

En puestos técnicos —como los relacionados con la gestión de emergencias, las infraestructuras críticas, la administración sanitaria o educativa, entre otros— esta idea no es un lujo, sino una necesidad. Sin conocimiento y experiencia, el riesgo de errores graves se multiplica.

El deterioro visible en España

En los últimos años, varios nombramientos han despertado la indignación de expertos y ciudadanos por su falta de justificación técnica. Entre los más recientes:

  • La Consejera de Emergencias de la Comunidad  Valenciana durante la crisis por la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos): una persona sin experiencia en gestión de emergencias ni formación específica, colocada por afinidad política. El resultado: descoordinación y errores en plena emergencia.

  • La presidenta de Red Eléctrica Española, designada sin experiencia previa en el sector energético, en un momento donde la estabilidad eléctrica y la transición energética requieren liderazgo técnico riguroso. Días después, se produjo un apagón que dejó sin suministro a miles de personas. Aunque no se le atribuya la culpa directa, la percepción pública sobre su idoneidad quedó en entredicho.

  • El hijo del presidente del Tribunal Constitucional contratado por Telefónica, en un contexto donde la ética institucional exige evitar toda apariencia de trato de favor. ¿Qué mensaje se transmite al ciudadano medio que lucha por entrar en el mercado laboral por méritos propios?

 Y no debemos pasar por alto que esta práctica se extiende también a niveles más bajos de nuestra sociedad. Cada vez son más los cargos —y carguitos— que se reparten entre afines, acompañados de su habitual séquito de asesores. Personas que, en muchos casos, ocupan y se atrincheran en puestos que no han ganado por mérito, esfuerzo ni dedicación. En el peor de los casos, hablamos de individuos completamente ajenos a las competencias necesarias para el cargo que se les ha asignado —o más bien regalado—.

Consecuencias preocupantes

Las consecuencias de estas prácticas no son anecdóticas ni aisladas:

  • Instituciones ineficientes: cuando los responsables no tienen preparación, las decisiones son lentas, erráticas o ineficaces. La calidad del servicio público se deteriora.

  • Desmotivación profesional: empleados públicos preparados ven cómo los ascensos no dependen del esfuerzo ni del rendimiento, sino de la cercanía al poder. Esto genera apatía y fuga de talento.

  • Desafección ciudadana: si los ciudadanos perciben que sus instituciones están dirigidas por "enchufados", la confianza en el sistema se erosiona. La política se ve como un club cerrado, no como una herramienta al servicio del bien común.

La educación y la cultura del esfuerzo, en jaque

Uno de los efectos más graves y silenciosos es el impacto sobre los jóvenes. ¿Qué incentivo tiene un estudiante brillante si observa que los mejores puestos no se ganan con esfuerzo, sino con contactos?

Esta cultura del "enchufe" no solo bloquea el ascenso social, sino que desincentiva la excelencia. El mensaje implícito es devastador: “no importa cuánto te prepares, lo que cuenta es a quién conoces”. Así, condenamos a generaciones enteras a la resignación o la emigración.

¿Qué se puede hacer?

La solución no es sencilla, pero sí urgente. Algunas medidas clave podrían ser:

  • Reformar los sistemas de designación pública, exigiendo criterios técnicos verificables para todos los cargos de responsabilidad.

  • Transparencia absoluta en los nombramientos, con acceso público a los currículos y méritos de los candidatos.

  • Evaluaciones independientes y concursos abiertos para los cargos intermedios y directivos.

  • Concienciación ciudadana y presión mediática: como ciudadanos debemos exigir responsabilidad y oponernos activamente al nepotismo.


España no puede permitirse que la mediocridad gane terreno por decreto. Recuperar la meritocracia no es una cuestión ideológica, sino de supervivencia institucional y de justicia para quienes cada día se esfuerzan por construir un país mejor.

Y que nuestros jóvenes no puedan decirnos "¿tanto estudiar para que el listo de turno, el candidato amigo, el militante del partido nos pase por encima por el morro?No somos tontos"