Según los datos publicados hoy por El Mundo, cada día faltan a su puesto de trabajo en España 1,7 millones de personas. La tasa de absentismo alcanzó en 2025 el 7,68%, el nivel más alto de toda la serie histórica.
Los economistas hablarán de envejecimiento de la población, salud mental, burocracia, bajas laborales o cambios en el mercado de trabajo. Y seguramente tendrán razón. Pero quizá exista también una explicación menos cuantificable y más incómoda: la pérdida progresiva de la cultura del mérito.
Durante generaciones se transmitió una idea sencilla: estudiar, esforzarse, trabajar y formarse aumentaba las posibilidades de prosperar. No garantizaba el éxito, pero ofrecía una cierta esperanza de justicia.
Hoy muchos ciudadanos observan una realidad diferente.
Ven cómo personas sin experiencia llegan a puestos de responsabilidad por afinidades políticas o personales. Observan cómo el enchufismo sigue gozando de excelente salud. Comprueban que algunos currículums se adornan, se inflan o directamente se falsifican sin consecuencias relevantes. Descubren que no siempre asciende quien más sabe o quien más trabaja, sino quien mejor se relaciona con quien manda.
En demasiados ámbitos, el peloteo parece ofrecer más rentabilidad que la competencia profesional.
Cuando esa percepción se extiende, el mensaje social resulta devastador.
¿Por qué invertir años en estudiar? ¿Por qué esforzarse más que los demás? ¿Por qué asumir responsabilidades adicionales? ¿Por qué sacrificarse si el reconocimiento depende con frecuencia de factores ajenos al mérito?
Naturalmente, no todo el absentismo responde a esta causa. Sería absurdo afirmarlo. Existen enfermedades reales, problemas familiares, agotamiento psicológico y múltiples circunstancias legítimas.
Pero tampoco podemos ignorar el efecto que produce una sociedad donde el ejemplo que reciben los jóvenes es que algunos alcanzan posiciones de privilegio sin preparación, que ciertos responsables públicos acumulan patrimonio difícil de explicar con sus salarios o que la corrupción se contempla con una mezcla de resignación y cinismo.
La corrupción tiene costes económicos. Pero tiene otros costes mucho más profundos.
Destruye la confianza.
Y una sociedad sin confianza acaba perdiendo también la motivación.
Porque cuando el ciudadano percibe que las reglas no son iguales para todos, deja de creer en el esfuerzo como herramienta de progreso. Y cuando desaparece la fe en el mérito, el trabajo deja de verse como una oportunidad y comienza a contemplarse como una obligación que conviene esquivar siempre que sea posible.
Quizá el verdadero problema no sea que falten 1,7 millones de personas a su puesto de trabajo.
Quizá el problema sea que cada vez faltan más ciudadanos a la idea misma de que el esfuerzo merece la pena.



