miércoles, 17 de junio de 2026

La no corbata de Pedro

Durante décadas, la corbata ha sido un uniforme no escrito del poder y también una prenda asociada al buen vestir. A pocos se les ocurriría acudir a una boda sin traje ni corbata, aunque sí a un funeral, lo que quizá revela ese viejo hábito humano de mostrar más respeto a los vivos que a los muertos.


Cuando un líder decide prescindir de este colgante atuendo (a la corbata me refiero), el gesto puede interpretarse como cercanía, modernidad o ruptura con determinadas formalidades. Lo llamativo no es tanto que el líder cambie, sino la rapidez con la que muchos de sus colaboradores adoptan exactamente el mismo código estético.


Hoy mismo hemos visto aparecer en el Congreso a Pedro Sánchez acompañado de su ministro de Economía y del siempre desahogadamente deslenguado Patxi López. Todos trajeados. Ninguno con corbata.



La cuestión entonces deja de ser la corbata y pasa a ser otra: ¿cuánto hay de convicción personal y cuánto de mimetismo?


En política sucede con frecuencia. No solo se imitan las formas de vestir, sino también los gestos, las expresiones, las consignas y hasta los argumentos. Quien observe un debate parlamentario comprobará cómo determinados mensajes aparecen repetidos por distintos portavoces con una precisión casi milimétrica, como si todos hubieran salido de la misma fotocopiadora discursiva.


La historia está llena de cortesanos, validos, camarillas, palmeros y correveidiles. Cambian los trajes, pero no las dinámicas humanas. El poder genera una fuerza gravitatoria que empuja a muchos a parecerse al que manda, ya sea por admiración, por cálculo o por simple instinto de supervivencia. Cuando no por imperativo orquidiano del líder.


La corbata, en este caso, es solo un símbolo. Lo verdaderamente relevante es la tendencia de algunos entornos a sustituir el criterio propio por la adhesión constante al jefe. Cuando eso ocurre, el riesgo no es que todos vistan igual, sino que todos terminen pensando igual o, al menos, diciendo públicamente lo mismo.


Cuando el líder se quita la corbata, los subalternos se la quitan. El problema nunca fue la corbata. El problema empieza cuando también se quitan el criterio propio.


Es el viejo efecto marioneta: los hilos no siempre se ven, pero casi siempre están ahí.


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