La visita del Papa León XIV al Congreso ha dejado una imagen curiosa: prácticamente todos los grupos políticos han encontrado en sus palabras algún motivo para aplaudir.

Unos escucharon la defensa de la dignidad humana. Otros la llamada a la solidaridad. Algunos se quedaron con el mensaje sobre la pobreza. Otros con la acogida al diferente. Y no faltaron quienes aprovecharon para reivindicar cuestiones identitarias o lingüísticas.
Sin embargo, quizá el fenómeno más llamativo fue comprobar cómo cada cual parecía escuchar únicamente aquello que confirmaba sus propias convicciones.
Es una vieja costumbre humana. No escuchar lo que se dice, sino lo que queremos oír.
Porque cuando el Papa preguntó:
«Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro puede tener la sociedad? ¿Puede llamarse justa una comunidad que deja en la sombra al niño no nacido, al anciano, a quien sufre en silencio o depende del cuidado de los demás?»
muchos aplaudieron.
Y, sin embargo, entre los aplausos había defensores de políticas que chocan frontalmente con esa visión antropológica. Exactamente igual que otros aplaudieron las referencias al respeto, la convivencia o la acogida mientras mantienen discursos poco compatibles con esos principios.
La escena tenía algo de espejo colectivo. Pero no de un espejo cualquiera. Más bien recordaba al espejo oculto de Dorian Gray: ese que no refleja el rostro que uno muestra al mundo, sino aquello que realmente es.
Mientras los aplausos resonaban en el hemiciclo, cada grupo parecía contemplar una versión idealizada de sí mismo. Nadie veía sus contradicciones. Nadie veía las zonas de sombra de su propio discurso. Todos encontraban en las palabras del Papa la confirmación de sus virtudes, pero pocos parecían escuchar aquello que cuestionaba sus propias certezas.
Quizá por eso el mensaje resultó tan incómodo y tan fácil de aplaudir al mismo tiempo. Porque el verdadero espejo no estaba frente al Papa. Estaba frente a quienes lo escuchaban.
Los políticos no estaban escuchando a León XIV. Estaban escuchándose a sí mismos.
Quizá por eso resultó llamativo ver cómo algunos sectores nacionalistas insistían en cuestiones lingüísticas o protocolarias mientras el mensaje central giraba alrededor de algo mucho más profundo: la dignidad de la persona humana.
El niño no nacido.
El anciano olvidado.
El enfermo dependiente.
El pobre.
El que sufre en silencio.
El diferente.
Todos ellos aparecían en el mismo discurso.
Y tal vez ahí reside precisamente la incomodidad del mensaje: que no permite seleccionar unas víctimas sí y otras no. No permite defender la dignidad humana por partes.
Por eso los grandes discursos morales suelen incomodar. Porque obligan a todos a examinarse.
A la izquierda.
A la derecha.
A los nacionalistas.
A los centralistas.
A creyentes y no creyentes.
Quizá la pregunta no sea quién aplaudió más fuerte.
Quizá la pregunta sea quién estaba dispuesto a escuchar de verdad.

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