
España inventó uno de los grandes géneros literarios universales: la novela picaresca.
En La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, novela anónima del siglo XVI, el protagonista sobrevive gracias al ingenio, los atajos, las pequeñas trampas y la habilidad para moverse entre las grietas del sistema.
Después llegaron otros pícaros que poblaron nuestra literatura. Así, Guzmán de Alfarache, El Buscón, Rinconete y Cortadillo y tantos otros personajes poblaron nuestra literatura, mostrándonos una sociedad donde la astucia parecía a menudo más rentable que la honestidad y donde el atajo despertaba más admiración que el camino recto.
Quizá por eso el pícaro nunca ha desaparecido del todo de nuestro imaginario colectivo. Solo ha cambiado de vestimenta y de escenario.
Este personaje, el pícaro, no era el héroe virtuoso que vencía por su esfuerzo. Era quien encontraba el atajo, burlaba las normas y lograba sus objetivos gracias al ingenio, la influencia o la pequeña trampa. Y lo curioso es que muchas veces despertaba más simpatía que rechazo.
Quizá por eso la corrupción en España no pueda entenderse únicamente a través de los grandes escándalos políticos que ocupan portadas y telediarios.
La corrupción también es cultural cuando se convierte en costumbre.
Es el familiar que llama porque quiere que alguien «eche un vistazo» a su expediente.
Es el amigo que pide saltarse una lista de espera.
Es el conocido que busca agilizar un trámite que a los demás les llevará meses.
Es el vecino que presume de tener un contacto para conseguir lo que otros no pueden.
Es esa llamada al amigo que trabaja en una administración.
Es quien utiliza una responsabilidad pública o profesional para favorecer a los suyos.
Es la matrícula de honor para la hija del catedrático, porque sí, porque ella lo vale.
Es la llamada al maestro para aprobar un suspenso o elevar una nota inmerecidamente.
Y lo más llamativo es que muchas veces quien recibe la petición ni siquiera ocupa un gran cargo político. Basta con trabajar en una administración, en un hospital, en un ayuntamiento, en una universidad o en cualquier institución pública.
Casi todos hemos escuchado alguna vez la frase:
—«Tú que conoces a alguien, ¿no podrías ayudarme?»
Lo llamamos favor.
Lo llamamos ayuda.
Lo llamamos hacer un apaño.
Rara vez lo llamamos por su nombre.
La frontera entre ayudar y favorecer es mucho más fina de lo que solemos admitir.
Porque cada vez que alguien obtiene una ventaja injusta, otro ciudadano pierde el derecho que le correspondía.
Cada vez que un trámite se acelera para uno, otro queda atrás.
Cada vez que una puerta se abre por amistad, se cierra para quien solo cuenta con sus méritos.
Y, sin embargo, casi nadie se considera corrupto cuando lo hace.
La corrupción rara vez empieza con millones de euros, comisiones ilegales o cuentas en paraísos fiscales.
Empieza mucho antes.
Empieza cuando creemos que las normas son necesarias para todos… excepto para los nuestros.
Empieza cuando confundimos la amistad con el privilegio.
Empieza cuando pensamos que el enchufe es solidaridad.
Empieza cuando justificamos para nuestro círculo aquello que condenamos en los demás.
Porque la gran corrupción nace muchas veces de la pequeña.
Mientras sigamos viendo al pícaro como alguien simpático y no como alguien que perjudica a los demás, seguiremos preguntándonos por qué la corrupción reaparece una y otra vez en nuestra vida pública.
Tal vez el problema no sea únicamente quién gobierna.
Tal vez también tenga que ver con lo que toleramos.
Y con lo que seguimos admirando.
Quizá por eso la lucha contra la corrupción no comienza en los parlamentos ni en los tribunales.
Comienza cuando dejamos de admirar al que se cuela en la fila.
Cuando dejamos de llamar «espabilado» al que obtiene ventajas injustas.
Cuando entendemos que la igualdad ante la ley, las listas de espera y los procedimientos públicos solo existen si se aplican a todos por igual.
Cinco siglos después del Lazarillo, tal vez el viejo pícaro siga entre nosotros.
Solo ha cambiado la capa por el teléfono móvil.
Y el mendrugo de pan por el contacto adecuado.
Quizá haya llegado el momento de dejar de llamar simples favores a lo que en realidad son irregularidades, privilegios o incumplimientos de normas destinados a beneficiar a alguien por amistad, parentesco, afinidad o interés personal.
También deberíamos dejar de considerar desleal, mal amigo o mal familiar a quien se niega a participar en ellos. Porque muchas veces lo que se presenta como un favor no es más que una forma de chantaje emocional: la exigencia de anteponer una relación personal a la equidad que merecen todos los demás.
La verdadera amistad no debería pedir privilegios. Y el verdadero afecto no debería exigir excepciones.
Probablemente esta sea una enseñanza que deba comenzar en la escuela y continuar en la familia, porque las sociedades no se construyen únicamente con leyes, sino también con valores compartidos.
Solo cuando aprendamos a respetar las reglas incluso cuando perjudican nuestros intereses inmediatos; solo cuando dejemos de admirar al que consigue ventajas indebidas y empecemos a reconocer a quien actúa con integridad, podremos aspirar a una sociedad más cívica, más justa y más igualitaria.
Una sociedad donde el esfuerzo, el mérito y el talento tengan más valor que la agenda de contactos.
Y donde hacer lo correcto deje de parecer una ingenuidad para convertirse, por fin, en motivo de respeto.

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