miércoles, 10 de junio de 2026

El Papa y el espejo

La visita del Papa León XIV al Congreso ha dejado una imagen curiosa: prácticamente todos los grupos políticos han encontrado en sus palabras algún motivo para aplaudir.


Unos escucharon la defensa de la dignidad humana. Otros la llamada a la solidaridad. Algunos se quedaron con el mensaje sobre la pobreza. Otros con la acogida al diferente. Y no faltaron quienes aprovecharon para reivindicar cuestiones identitarias o lingüísticas.


Sin embargo, quizá el fenómeno más llamativo fue comprobar cómo cada cual parecía escuchar únicamente aquello que confirmaba sus propias convicciones.


Es una vieja costumbre humana. No escuchar lo que se dice, sino lo que queremos oír.


Porque cuando el Papa preguntó:


«Si la vida deja de ser reconocida como un valor fundamental, ¿qué futuro puede tener la sociedad? ¿Puede llamarse justa una comunidad que deja en la sombra al niño no nacido, al anciano, a quien sufre en silencio o depende del cuidado de los demás?»


muchos aplaudieron.


Y, sin embargo, entre los aplausos había defensores de políticas que chocan frontalmente con esa visión antropológica. Exactamente igual que otros aplaudieron las referencias al respeto, la convivencia o la acogida mientras mantienen discursos poco compatibles con esos principios.


La escena tenía algo de espejo colectivo. Pero no de un espejo cualquiera. Más bien recordaba al espejo oculto de Dorian Gray: ese que no refleja el rostro que uno muestra al mundo, sino aquello que realmente es.


Mientras los aplausos resonaban en el hemiciclo, cada grupo parecía contemplar una versión idealizada de sí mismo. Nadie veía sus contradicciones. Nadie veía las zonas de sombra de su propio discurso. Todos encontraban en las palabras del Papa la confirmación de sus virtudes, pero pocos parecían escuchar aquello que cuestionaba sus propias certezas.


Quizá por eso el mensaje resultó tan incómodo y tan fácil de aplaudir al mismo tiempo. Porque el verdadero espejo no estaba frente al Papa. Estaba frente a quienes lo escuchaban.


Los políticos no estaban escuchando a León XIV. Estaban escuchándose a sí mismos.


Quizá por eso resultó llamativo ver cómo algunos sectores nacionalistas insistían en cuestiones lingüísticas o protocolarias mientras el mensaje central giraba alrededor de algo mucho más profundo: la dignidad de la persona humana.


El niño no nacido.


El anciano olvidado.


El enfermo dependiente.


El pobre.


El que sufre en silencio.


El diferente.


Todos ellos aparecían en el mismo discurso.


Y tal vez ahí reside precisamente la incomodidad del mensaje: que no permite seleccionar unas víctimas sí y otras no. No permite defender la dignidad humana por partes.


Por eso los grandes discursos morales suelen incomodar. Porque obligan a todos a examinarse.


A la izquierda.


A la derecha.


A los nacionalistas.


A los centralistas.


A creyentes y no creyentes.


Quizá la pregunta no sea quién aplaudió más fuerte.


Quizá la pregunta sea quién estaba dispuesto a escuchar de verdad.


lunes, 8 de junio de 2026

Una ocasión perdida

La reciente visita de León XIV al Congreso de los Diputados dejó una imagen cargada de simbolismo. En mi caso, resumida en la viñeta que acompaña estas líneas: el Papa en la tribuna de oradores contemplando un hemiciclo convertido en mercado, rodeado de mercaderes de votos, influencias, promesas y contratos.


Más allá de la caricatura, lo que realmente llamó la atención fue el entusiasmo con el que gran parte de Sus Señorías aplaudieron un discurso que, en no pocos aspectos, cuestionaba precisamente algunas de las prioridades dominantes de la política contemporánea.

Resultó curioso observar cómo recibían con aprobación llamamientos a la dignidad humana, la solidaridad, la responsabilidad moral, la defensa de los más vulnerables, la cultura del encuentro frente a la confrontación permanente o la necesidad de recuperar ciertos principios éticos en la vida pública. Conceptos que suelen despertar menos entusiasmo cuando exigen sacrificios concretos o limitan intereses partidistas.

Los aplausos fueron abundantes. Quizá demasiado abundantes.

Porque una cosa es reconocer la altura moral de un mensaje y otra muy distinta sentirse interpelado por él.

Por eso la escena evocaba inevitablemente aquel episodio evangélico de la expulsión de los mercaderes del templo. No porque el Congreso sea un templo ni porque los diputados sean mercaderes, sino porque toda institución corre el riesgo de olvidar para qué existe cuando el interés general acaba subordinado al cálculo político, la propaganda o la simple supervivencia partidista.

También merece una mención positiva un detalle aparentemente menor, pero que no lo es tanto: la vestimenta de Sus Señorías.

Agradezco sinceramente que, al menos en una ocasión de esta relevancia institucional, predominaran las chaquetas, las corbatas, los vestidos formales y el respeto a las formas. En tiempos en los que algunos parecen confundir la cercanía con la dejadez, fue reconfortante comprobar que no abundaban las rastas reivindicativas, las camisetas convertidas en pancartas publicitarias ni las alpargatas elevadas a categoría de discurso político.

Las formas no sustituyen al fondo, pero tampoco son irrelevantes. Las instituciones representan algo más grande que quienes las ocupan temporalmente. Y esa representación exige un mínimo de solemnidad.

Quizá por eso la imagen más llamativa de la jornada no fue la del Papa hablando desde la tribuna. Fue la de tantos dirigentes aplaudiendo con entusiasmo unas palabras que, si se tomaran completamente en serio, les obligarían a revisar muchas de sus propias convicciones y comportamientos.

Tal vez ahí resida la verdadera ocasión perdida.

lunes, 1 de junio de 2026

Del Lazarillo de Tormes a nuestros días



España inventó uno de los grandes géneros literarios universales: la novela picaresca.


En La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, novela anónima del siglo XVI, el protagonista sobrevive gracias al ingenio, los atajos, las pequeñas trampas y la habilidad para moverse entre las grietas del sistema. 

Después llegaron otros pícaros que poblaron nuestra literatura.  Así, Guzmán de Alfarache, El Buscón, Rinconete y Cortadillo y tantos otros personajes poblaron nuestra literatura, mostrándonos una sociedad donde la astucia parecía a menudo más rentable que la honestidad y donde el atajo despertaba más admiración que el camino recto.


Quizá por eso el pícaro nunca ha desaparecido del todo de nuestro imaginario colectivo. Solo ha cambiado de vestimenta y de escenario.


Este personaje, el pícaro, no era el héroe virtuoso que vencía por su esfuerzo. Era quien encontraba el atajo, burlaba las normas y lograba sus objetivos gracias al ingenio, la influencia o la pequeña trampa. Y lo curioso es que muchas veces despertaba más simpatía que rechazo.


Quizá por eso la corrupción en España no pueda entenderse únicamente a través de los grandes escándalos políticos que ocupan portadas y telediarios.


La corrupción también es cultural cuando se convierte en costumbre.


Es el familiar que llama porque quiere que alguien «eche un vistazo» a su expediente.


Es el amigo que pide saltarse una lista de espera.


Es el conocido que busca agilizar un trámite que a los demás les llevará meses.


Es el vecino que presume de tener un contacto para conseguir lo que otros no pueden.


Es esa llamada al amigo que trabaja en una administración.


Es quien utiliza una responsabilidad pública o profesional para favorecer a los suyos.


Es la matrícula de honor para la hija del catedrático, porque sí, porque ella lo vale.


Es la llamada al maestro para aprobar un suspenso o elevar una nota inmerecidamente.


Y lo más llamativo es que muchas veces quien recibe la petición ni siquiera ocupa un gran cargo político. Basta con trabajar en una administración, en un hospital, en un ayuntamiento, en una universidad o en cualquier institución pública.


Casi todos hemos escuchado alguna vez la frase:


—«Tú que conoces a alguien, ¿no podrías ayudarme?»


Lo llamamos favor.


Lo llamamos ayuda.


Lo llamamos hacer un apaño.


Rara vez lo llamamos por su nombre.


La frontera entre ayudar y favorecer es mucho más fina de lo que solemos admitir.


Porque cada vez que alguien obtiene una ventaja injusta, otro ciudadano pierde el derecho que le correspondía.


Cada vez que un trámite se acelera para uno, otro queda atrás.


Cada vez que una puerta se abre por amistad, se cierra para quien solo cuenta con sus méritos.


Y, sin embargo, casi nadie se considera corrupto cuando lo hace.


La corrupción rara vez empieza con millones de euros, comisiones ilegales o cuentas en paraísos fiscales.


Empieza mucho antes.


Empieza cuando creemos que las normas son necesarias para todos… excepto para los nuestros.


Empieza cuando confundimos la amistad con el privilegio.


Empieza cuando pensamos que el enchufe es solidaridad.


Empieza cuando justificamos para nuestro círculo aquello que condenamos en los demás.


Porque la gran corrupción nace muchas veces de la pequeña.


Mientras sigamos viendo al pícaro como alguien simpático y no como alguien que perjudica a los demás, seguiremos preguntándonos por qué la corrupción reaparece una y otra vez en nuestra vida pública.


Tal vez el problema no sea únicamente quién gobierna.


Tal vez también tenga que ver con lo que toleramos.


Y con lo que seguimos admirando.


Quizá por eso la lucha contra la corrupción no comienza en los parlamentos ni en los tribunales.


Comienza cuando dejamos de admirar al que se cuela en la fila.


Cuando dejamos de llamar «espabilado» al que obtiene ventajas injustas.


Cuando entendemos que la igualdad ante la ley, las listas de espera y los procedimientos públicos solo existen si se aplican a todos por igual.


Cinco siglos después del Lazarillo, tal vez el viejo pícaro siga entre nosotros.


Solo ha cambiado la capa por el teléfono móvil.


Y el mendrugo de pan por el contacto adecuado.


Quizá haya llegado el momento de dejar de llamar simples favores a lo que en realidad son irregularidades, privilegios o incumplimientos de normas destinados a beneficiar a alguien por amistad, parentesco, afinidad o interés personal.


También deberíamos dejar de considerar desleal, mal amigo o mal familiar a quien se niega a participar en ellos. Porque muchas veces lo que se presenta como un favor no es más que una forma de chantaje emocional: la exigencia de anteponer una relación personal a la equidad que merecen todos los demás.


La verdadera amistad no debería pedir privilegios. Y el verdadero afecto no debería exigir excepciones.


Probablemente esta sea una enseñanza que deba comenzar en la escuela y continuar en la familia, porque las sociedades no se construyen únicamente con leyes, sino también con valores compartidos.


Solo cuando aprendamos a respetar las reglas incluso cuando perjudican nuestros intereses inmediatos; solo cuando dejemos de admirar al que consigue ventajas indebidas y empecemos a reconocer a quien actúa con integridad, podremos aspirar a una sociedad más cívica, más justa y más igualitaria.


Una sociedad donde el esfuerzo, el mérito y el talento tengan más valor que la agenda de contactos.


Y donde hacer lo correcto deje de parecer una ingenuidad para convertirse, por fin, en motivo de respeto.