En este rincón del hogar, donde el silencio se hace oración,
Cristo avanza… no por las calles, sino por la intimidad del alma.
Cargando la cruz, como quien soporta el peso invisible de tantas historias clínicas sin nombre,
como quien arrastra diagnósticos que no caben en un informe,
como quien sabe —sin decirlo— que hay dolores que no se curan, solo se acompañan.
Este altar doméstico no es decoración:
es un latido.
El rojo que lo envuelve no es solo terciopelo…
es sangre, es sacrificio, es vida entregada,
como la que cada día intentamos sostener entre nuestras manos en una guardia cualquiera.
Aquí no hay multitud, ni costaleros, ni saetas al aire,
pero hay algo más difícil:
la mirada quieta, la fe sin aplauso,
el recogimiento que no necesita ruido.
Martes y Miércoles Santo…
días de antesala, de tránsito, de diagnóstico previo al desenlace.
Y uno, que ha visto tantas cruces en los pasillos de urgencias,
reconoce en esta escena algo profundamente cierto:
que el dolor, cuando se comparte, pesa menos…
y que hay heridas —las del alma—
que solo se cierran cuando se contemplan.
Este altar no está en la calle,
pero está donde verdaderamente importa.
En casa.
En el corazón.
En lo que somos.



