miércoles, 27 de mayo de 2026

Líderes de barro

Durante siglos, los líderes fueron presentados como figuras casi sagradas. Reyes por derecho divino, emperadores intocables, generales convertidos en leyenda, dirigentes cuya palabra parecía incontestable. La historia oficial los envolvía en una especie de perfección artificial donde el error no existía y la crítica era poco menos que traición.


Pero el tiempo, y sobre todo la información, han ido desmontando el decorado.


Hoy vivimos en la era de la lupa permanente. Todo queda registrado: contradicciones, favores, pactos, ambiciones y miserias. Y cuanto más conocemos a muchos dirigentes, más evidente resulta que el liderazgo real rara vez se parece al relato que se construye alrededor de ellos.


Porque en demasiadas ocasiones no llega arriba quien más sabe, quien más trabaja o quien más mérito acumula. Llega quien mejor maniobra. El más hábil en el arte de agradar al poderoso adecuado, el más resistente a la vergüenza, el más eficaz administrando lealtades interesadas.


Y junto al líder suele crecer toda una corte.


Los pelotas.
Los palmeros.
Los correveidiles.
Los expertos en asentir antes incluso de que termine la frase del jefe.


Personas que muchas veces jamás habrían alcanzado determinadas responsabilidades por conocimiento, capacidad o currículum, pero que entienden perfectamente algo mucho más rentable: cómo sobrevivir dentro del engranaje del poder.


Y así aparecen ascensos que nadie comprende. Nombres desconocidos ocupando puestos enormes. Mediocridades convertidas en autoridades. Gente sin experiencia dirigiendo estructuras complejas simplemente porque fueron fieles, útiles o sumisos a quien los colocó allí.


El mecanismo se repite en política, en empresas, en instituciones y hasta en pequeños entornos laborales. No siempre lidera el mejor profesional; a menudo lidera el más hábil para construir una red de dependencias personales.


Porque el verdadero blindaje del poder no suele basarse en la excelencia, sino en la deuda.
“Yo te puse ahí.”
Y quien debe el cargo, debe obediencia.


Ahí es donde nacen muchos liderazgos de barro: estructuras aparentemente sólidas que en realidad descansan sobre intereses mutuos, silencios compartidos y fidelidades compradas con cargos.


El zapaterismo primero y el sanchismo después han permitido observar ese fenómeno con enorme claridad en España. La política convertida muchas veces en una maquinaria donde la permanencia importa más que la coherencia, y donde el mérito queda relegado frente a la utilidad interna.


No es casual que tantos ciudadanos tengan hoy una sensación creciente de desencanto. Porque cuando uno mira detrás del telón y descubre cómo funcionan muchas promociones, muchos nombramientos y muchas alianzas, se cae parte del mito.


Entonces comprendemos que algunos líderes no estaban hechos de mármol.


Estaban hechos de barro


domingo, 17 de mayo de 2026

OCON-Sur, narcolanchas y silencio: las preguntas que España ya no puede evitar


Hay titulares que deberían helarnos la sangre como ciudadanos y como país.


Hoy, en portada nacional del diario EL MUNDO, puede leerse una frase demoledora atribuida a una fiscal antidroga de Huelva:


“España se va a convertir en un narcoestado”.


Porque para muchos agentes el antes y el después tiene nombre y fecha: 2022.


Ese año se desmanteló OCON-Sur, la unidad de élite de la Guardia Civil que durante años había puesto contra las cuerdas al narcotráfico en el Campo de Gibraltar.


Desde entonces, muchos agentes y ciudadanos tienen la misma sensación:

menos presión especializada,

más narcolanchas,

más violencia,

más impunidad.


Huelva. Barbate. La Línea. El Campo de Gibraltar.


El narcotráfico ya no actúa escondido.

Actúa con potencia económica, violencia y una sensación creciente de dominio territorial.


Hace dos años, dos guardias civiles fueron asesinados en Barbate arrollados por una narcolancha.

Hace apenas unos días, otros dos agentes murieron en Huelva en operaciones ligadas al narcotráfico y el control marítimo.


Ocho agentes muertos en pocos años.


Ocho.


Y mientras tanto, las narcolanchas se multiplican, se desplazan, se modernizan y desafían al Estado casi como si midieran sus límites.


Por eso la pregunta es inevitable:


¿Por qué se desmanteló OCON-Sur justo cuando era más necesaria?

¿Por qué se debilitó una unidad que conocía el terreno, los clanes, las rutas y los métodos del narco?

¿Quién asumió esa decisión?

¿Quién responde ahora ante las familias de los agentes muertos?


Porque el narcotráfico no solo introduce droga.

Introduce corrupción.

Introduce blanqueo.

Introduce miedo.

Introduce poder paralelo.


Y aquí aparece otra cuestión que muchos ciudadanos siguen sin comprender.


España sufrió el espionaje mediante Pegasus al móvil del presidente del Gobierno y de varios ministros.


Un hecho confirmado oficialmente.


Y poco después llegaron decisiones políticas difíciles de entender:

el giro histórico sobre el Sáhara Occidental,

el acercamiento estratégico a Marruecos,

y una política exterior percibida por muchos como más complaciente con Rabat.


Tal vez no exista ninguna relación entre unos hechos y otros.


Pero cuando un Gobierno desmantela una unidad eficaz, no explica suficientemente sus decisiones y guarda silencio en asuntos tan graves, el vacío lo ocupa inevitablemente la sospecha.


Los narcoestados no aparecen de golpe.


Se construyen lentamente:

cuando el miedo sustituye a la ley,

cuando el dinero criminal penetra instituciones,

cuando el Estado pierde presencia,

y cuando quienes protegen al país sienten que el país ha dejado de protegerlos a ellos.


Y quizá el verdadero problema comienza el día en que una sociedad deja de hacerse preguntas por miedo a las respuestas.


viernes, 15 de mayo de 2026

La Andalucía que quiero tras el 17-My

 pocas horas de dar el aldabonazo final de la campaña electoral andaluza, permitidme esta reflexión que permita madurar el voto mañana sábado.

 A partir del 17-My, más que promesas, discursos o bloques ideológicos, muchos ciudadanos solo desean algo sencillo y profundamente difícil: humanidad y sentido común.


No pido políticos partidistas.
Pido políticos humanistas.


Personas capaces de mirar más allá de las siglas, del cálculo electoral o del siguiente titular. Que no piensen primero en su sillón, en su carrera o en la supervivencia de su partido, sino en el ciudadano real: en quien tiene mucho y en quien tiene poco; en quien triunfa y en quien apenas consigue mantenerse a flote.


Andalucía no necesita una guerra permanente entre ricos y pobres, entre unos y otros, entre bandos irreconciliables. Necesita sensatez. Necesita una política que comprenda que la prosperidad de una sociedad no nace del enfrentamiento, sino de la creación de oportunidades.


Ayudar no es repartir subvenciones sin rumbo ni fabricar dependencia.
Ayudar es dar herramientas.
Es permitir que cada persona pueda labrar su propio futuro con dignidad.
Es evitar que nadie quede abandonado, pero también impedir que el esfuerzo pierda valor.


Porque la igualdad mal entendida puede terminar siendo injusta. No todos somos iguales, nunca lo hemos sido ni lo seremos: hay capacidades distintas, talentos distintos, circunstancias distintas y también sacrificios distintos. Pero precisamente por eso debe existir la equidad: una sociedad que permita que cada persona pueda desarrollar al máximo sus capacidades, venga de donde venga.


Que nadie quede atrás (pero de verdad)
Pero tampoco que nadie sea castigado por esforzarse.


Quiero una Andalucía donde el mérito vuelva a tener sentido. Donde trabajar, emprender, estudiar o crear no sea visto con sospecha. Donde la solidaridad no consista en cronificar la dependencia, sino en ayudar a levantarse.


Y, sobre todo, quiero políticos que recuerden algo esencial: gobernar no debería ser conquistar poder sobre la sociedad, sino servirla.


Eso, quizá, sería el verdadero progreso.



martes, 5 de mayo de 2026

“Freír a impuestos a los ricos: ¿paradigma político o ignorancia sobre quién genera la riqueza?”


En el primer debate de la campaña electoral de Andalucía 2026, un líder de la izquierda soltó una frase que no pasó desapercibida:

“hay que freír a impuestos a los ricos”.

Más allá del titular fácil, la frase abre un debate de fondo que rara vez se aborda con calma:
¿quién genera la riqueza… y quién decide cómo se reparte?


Antes de repartir, alguien tiene que producir

Aquí hay una realidad bastante simple, aunque incómoda para algunos discursos:
si no se genera riqueza, no hay nada que repartir.

El Estado del bienestar —sanidad, educación, pensiones— no se financia solo. Sale de:

  • empresas que funcionan
  • gente que trabaja
  • beneficios que tributan
  • consumo que genera impuestos

Es decir, de actividad económica real.

Por eso, más allá de etiquetas, hay un hecho:
los que más generan también son los que más sostienen el sistema… al menos en términos fiscales.


La objeción que cualquiera entiende (y que no es ninguna tontería)

Ahora bien, en casa, en la calle, o como me decía mi hijo “gen. Z”:

“Papá, es que los ricos ganan más de lo que deberían. Si bajaran precios, la gente viviría mejor.”

Y no es un argumento absurdo.

Si una gran superficie alimentaria bajara márgenes, muchos pagarían menos por comer.
Si la luz o el combustible costaran menos, el impacto sería inmediato.

Pero aquí la cosa se complica un poco:

  • Los precios no dependen solo de “lo que quiera ganar el empresario”.
  • Hay costes (energía, logística, salarios) que no son negociables.
  • Y si reduces demasiado los beneficios, puedes frenar inversión, empleo o crecimiento.

Es decir: no siempre ganar menos significa automáticamente que todos vivan mejor.


Pero ojo: no todos los ricos son iguales

Y aquí viene una parte importante del debate, que tu hijo también señala bien:
hay sectores que generan más rechazo que otros.

🏦 La banca

Tras la Crisis financiera de 2008, mucha gente se quedó con la sensación de que:

  • cuando hay problemas, paga el sistema
  • cuando hay beneficios, se los quedan ellos

Y eso deja huella.

⚡ Energéticas y petroleras

Empresas como Iberdrola o Repsol operan en algo básico: luz y combustible.

Ahí el debate es más sensible porque:

  • son servicios esenciales
  • funcionan en mercados muy regulados
  • y a veces ganan más justo cuando peor lo pasa la gente

De ahí esa sensación de que “se están aprovechando”.


Entonces, ¿el problema es el rico… o el sistema?

Quizá la pregunta no es si hay que “freír a impuestos” a nadie.

La pregunta buena es otra:

  • ¿Se está generando riqueza en condiciones justas?
  • ¿Hay competencia real o posiciones privilegiadas?
  • ¿Estamos hablando de mérito… o de ventaja estructural?

Porque no es lo mismo:

  • un empresario que compite en un mercado abierto
  • que una gran compañía en un sector donde casi no hay alternativa


El debate serio no va de odiar o defender a los ricos.

Va de entender tres cosas básicas:

  • sin riqueza no hay redistribución
  • sin control, la riqueza se concentra
  • sin reglas claras, algunos juegan con ventaja

Y ahí está el equilibrio difícil, el que nadie termina de resolver del todo.

Porque al final, más que “freír a impuestos”, lo que toca es algo bastante más complicado:

hacer que el sistema funcione sin romper lo que lo sostiene.

Pero para eso habrá que esperar a que la generación Z llegue a la política. 

domingo, 3 de mayo de 2026

MADRE: NOMBRE PROPIO, RESPONSABILIDAD UNIVERSAL

Hay palabras que no necesitan definición.

“Madre” es una de ellas.


Hoy, en el Día de la Madre, la sociedad se detiene —aunque sea brevemente— para reconocer una de las funciones más complejas, exigentes y, a menudo, invisibles: la maternidad. No es solo un vínculo biológico. Es una construcción diaria hecha de renuncias silenciosas, decisiones difíciles y una constancia que no admite descanso.


Ser madre no es únicamente dar la vida. Es sostenerla.


Es velar cuando otros duermen. Es educar cuando resulta incómodo. Es poner límites cuando es necesario, aunque duela. Es formar personas en un mundo que, con frecuencia, no ayuda. La maternidad, cuando se ejerce con responsabilidad, es una de las columnas sobre las que se sostiene cualquier sociedad que aspire a algo más que la mera supervivencia.


Por eso hoy corresponde el reconocimiento. Sin matices. Sin reservas.
A las madres que están. A las que estuvieron. A las que siguen incluso cuando ya no pueden.


Pero sería incompleto —y poco honesto— detenerse ahí.


Porque también existen maternidades ausentes.
Madres que delegan lo indelegable. Que renuncian a educar, a acompañar, a ejercer ese papel insustituible que no puede cubrir ninguna institución, ninguna pantalla, ningún sistema.


No se trata de señalar con dureza gratuita, sino de recordar una evidencia: la maternidad no es solo un derecho, es una responsabilidad. Y cuando esa responsabilidad se abandona, las consecuencias no son abstractas. Se encarnan en hijos desorientados, en carencias afectivas, en fracturas que luego la sociedad intenta —con dificultad— recomponer.


Por eso, este día también debe ser una invitación.


A volver.
A implicarse.
A ejercer.


A comprender que ser madre no exige perfección, pero sí presencia. No requiere heroicidad constante, pero sí compromiso real. Siempre hay margen para rectificar, para acercarse, para reconstruir vínculos que nunca debieron romperse.


Porque al final, más allá de cualquier discurso, hay una verdad simple:


Una madre puede cambiar el destino de una vida.
Y, en extensión, el de toda una sociedad.


Feliz Día de la Madre.
A las que lo son plenamente…
y a las que aún están a tiempo de serlo.