jueves, 29 de enero de 2026

El político honrado: una rara avis desprotegida

Hay una pregunta incómoda que apenas se formula en público, pero que muchos ciudadanos se hacen en privado, casi en voz baja, como si nombrarla fuera ya una forma de ingenuidad:


¿Existen hoy los políticos honrados?




Durante décadas, la respuesta parecía relativamente sencilla. Un político debía ser, antes que nada, un ciudadano ejemplar: alguien con formación suficiente para ejercer una función pública, sin antecedentes penales, con una trayectoria vital coherente y una vocación clara de servicio. La política no era una identidad absorbente, sino una responsabilidad temporal, asumida por quien sabía hacer algo más que política.


Hoy, sin embargo, esa figura se nos antoja casi una anomalía.

Una rara avis.

Y, además, desprotegida.


En demasiados casos, el político contemporáneo es alguien que se ha dedicado al partido desde muy joven, cuando no desde la adolescencia, y que ha ido ascendiendo no por méritos profesionales, capacidad técnica o solvencia intelectual, sino por obediencia, lealtad acrítica y disciplina interna. La política deja de ser una forma de servir y pasa a ser una carrera cerrada, una endogamia cuidadosamente protegida.


Muchos de ellos no han ejercido nunca una profesión fuera del partido. No han tenido que responder ante un paciente, un alumno, un cliente o un usuario. No han sentido el peso de una decisión técnica tomada bajo presión ni han vivido las consecuencias reales de un error. No saben lo que es equivocarse en el mundo concreto, donde los fallos no se disuelven en comunicados de prensa ni se amortiguan con consignas.


Y cuando no hay oficio previo, cuando no hay competencia técnica, la política deja de ser vocación y se convierte en medio de vida. En el peor de los casos, en un instrumento de enriquecimiento personal o de protección del propio grupo. El ciudadano deja de ser el fin y pasa a ser un recurso retórico, una excusa que se invoca en campaña y se olvida en la gestión.


Lo más inquietante no es solo la mediocridad, sino la convicción (desfachatez) moral con la que muchos se mueven. Se consideran buenas personas. Incluso necesarias. Elegidas por el destino, casi. Imprescindibles. Como si el simple hecho de ocupar un cargo los situara automáticamente en una posición ética superior. Desde ahí, el desprecio al ciudadano resulta sencillo: quien discrepa es ignorante, manipulable o enemigo.


Hannah Arendt advirtió que «el mayor peligro para la vida pública no es la maldad consciente, sino la incapacidad de pensar». Y esa incapacidad se manifiesta cuando gobernar se reduce a repetir consignas, a obedecer sin comprender y a gestionar sin asumir responsabilidad.


Así, el deterioro de los servicios públicos nunca es responsabilidad política.

Que la educación pierda calidad, que la sanidad se asfixie por recortes y maltrato a los profesionales, que el transporte público falle hasta provocar tragedias con víctimas mortales —como ocurrió en Adamuz— no es consecuencia de decisiones humanas. Es culpa del destino, del cambio climático, de factores externos o, convenientemente, de algún enemigo ideológico.


Nunca de quien gestiona.


Max Weber distinguía entre la ética de la convicción y la ética de la responsabilidad, recordando que gobernar exige hacerse cargo de las consecuencias de los propios actos. Cuando esa ética desaparece, la política deja de ser un instrumento democrático y se convierte en una coartada: una estructura autorreferencial que se protege a sí misma mientras exige sacrificios a los demás.


Tal vez ha llegado el momento de volver a formular la pregunta inicial con honestidad:

Preguntarnos no qué partido queremos que gobierne, sino qué tipo de personas deben gobernarnos.

Y si aceptaríamos a muchas de ellas como responsables en nuestra propia vida profesional, en nuestra salud, en la educación de nuestros hijos o en la seguridad de nuestros desplazamientos.


Porque gobernar no debería ser un privilegio ni un destino manifiesto.

Debería ser, simplemente, una forma exigente y temporal de servir a los demás.

No se les exige mucho. 



viernes, 23 de enero de 2026

Cuando el mérito estorba: el precio de poner “amiguetes” al mando

​     Hay una degradación silenciosa —pero constante— que no suele ocupar titulares hasta que ya es demasiado tarde.


No tiene que ver con falta de presupuesto, ni con falta de profesionales cualificados, ni con “problemas inevitables” del sistema.


Tiene que ver con algo más corrosivo: la sustitución de la gestión técnica por la gestión partidista.

Y cuando eso ocurre, el deterioro de los servicios públicos no es un accidente: es una consecuencia lógica.

El mecanismo del deterioro: cómo se rompe un servicio público desde dentro


El proceso suele repetirse con una precisión casi clínica:


  1. Se coloca al frente no al más competente, sino al más afín.
    No se premia el conocimiento, se premia la lealtad.
    La experiencia técnica pasa a ser un adorno… o una amenaza.
  2. Los cargos se convierten en recompensas por favores pasados.
    No importa si el puesto exige preparación. Importa si “se lo merece” por el trabajo político realizado, por haber estado “cuando tocaba”, por ser “de los nuestros”.
  3. Se niega el déficit para que nada parezca mal gestionado.
    Reconocer un problema es reconocer responsabilidad. Así que se maquilla.
    Se impone la consigna: “Aquí todo funciona”.
  4. Se ningunean los avisos de los profesionales.
    Porque los profesionales no suelen decir lo que conviene, sino lo que es verdad.
    Y la verdad incomoda: obliga a actuar, a gastar, a cambiar, a asumir errores.
  5. Hasta que llega la tragedia.
    Y entonces el sistema, que llevaba tiempo tocado, se rompe.
    No porque fuera imprevisible, sino porque se eligió no mirar.


Adamuz: cuando los avisos se convierten en epitafio

El accidente de tren de Adamuz ha servido para poner en primer plano algo que muchos profesionales llevan denunciando desde hace años:


en España existe una peligrosa tendencia a despreciar la alerta técnica cuando molesta políticamente.


Cuando el aviso viene de un trabajador que sabe lo que dice —maquinistas, técnicos de mantenimiento, ingenieros, inspectores— debería activarse el máximo nivel de reacción institucional.


Pero demasiadas veces ocurre lo contrario:


  • se reduce a una “exageración”
  • se interpreta como “alarmismo”
  • se convierte en un “problema sindical”
  • se trata como si fuera un ataque al gestor, no una advertencia al sistema



Y lo más grave no es el silencio.

Lo más grave es la arrogancia institucional: esa forma de poder que cree que puede gobernar la realidad a base de relato.


La vía no entiende de relatos.

El metal no entiende de consignas.

Y la física no vota.



El patrón se repite en todas partes


Lo que se ve en infraestructuras críticas es el mismo fenómeno que vemos, con otras formas, en otros sectores.


Universidad


La universidad española lleva años contaminada por una endogamia asfixiante:


  • plazas diseñadas para “el candidato de casa”
  • promociones con apellidos y padrinos
  • estructuras de poder internas que funcionan como clanes


El mérito, la competitividad real y el talento externo estorban.

Y el resultado es devastador: mediocridad estructural y fuga de talento, mientras la institución se protege a sí misma.


Sanidad

En sanidad lo pagamos con una moneda aún más cruel: la salud de la gente.

El profesional avisa: falta personal, faltan medios, faltan circuitos, faltan camas, se rompe la continuidad asistencial.

Pero la dirección, a menudo politizada o por designación “de confianza”, responde con el reflejo habitual:


  • “no hay problema”
  • “los datos no dicen eso”
  • “no es para tanto”
  • “no queremos alarmismos”

Hasta que llega el colapso.

Y el colapso nunca llega de golpe: llega tras meses o años de negación.


Educación

En educación pasa igual:


  • reformas erráticas
  • decisiones sin evidencia
  • burocracia que asfixia
  • evaluación convertida en propaganda


El aula se convierte en laboratorio de ideologías, mientras los docentes intentan sostener el edificio con las manos desnudas.

Administración de Justicia

En la justicia el problema se traduce en:


  • saturación
  • retrasos
  • falta de medios
  • sistemas obsoletos


Una justicia lenta no es una justicia imperfecta.

Una justicia lenta es una injusticia institucionalizada.



El peor síntoma: cuando la incompetencia se vuelve sistema


El problema no es solo que se nombre mal.

El problema es que el sistema acaba generando un ecosistema donde:


  • la competencia estorba
  • la independencia molesta
  • la crítica se castiga
  • la mediocridad se premia
  • la lealtad al superior vale más que la responsabilidad hacia el ciudadano

Entonces la institución deja de servir al público y empieza a servirse a sí misma.

Y eso es lo que define el deterioro:

no la falta de recursos, sino la falta de moral institucional.


Los servicios públicos no se destruyen: se degradan

La degradación no siempre hace ruido.


A veces se manifiesta como un cableado viejo que nadie cambia.

Como una vía que “aguanta”.

Como un protocolo “provisional” que dura diez años.

Como un profesional quemado al que llaman “quejica”.

Como una denuncia ignorada.

Como un informe enterrado.


Hasta que un día ya no aguanta.


Y entonces, como siempre, se improvisa un duelo público:

minutos de silencio, gestos oficiales, frases medidas, discursos vacíos.


Pero el problema no es ese día.


El problema es todo lo que pasó antes, cuando todavía se podía evitar.


Una idea simple: el país no se sostiene con propaganda, se sostiene con competencia

Hay sociedades que protegen la técnica porque entienden algo elemental

un Estado moderno no se gestiona con amiguismo.

Los servicios públicos son demasiado importantes para convertirse en un botín de partido.

La seguridad, la salud, la educación, la justicia, la universidad… no pueden ser campos de recompensa política.


El precio del clientelismo no es una estadística.

Es una vida. O cien.

Y a veces, como en Adamuz, solo hace falta una tragedia para recordarlo.