lunes, 1 de junio de 2026

Del Lazarillo de Tormes a nuestros días



España inventó uno de los grandes géneros literarios universales: la novela picaresca.


En La vida de Lazarillo de Tormes y de sus fortunas y adversidades, novela anónima del siglo XVI, el protagonista sobrevive gracias al ingenio, los atajos, las pequeñas trampas y la habilidad para moverse entre las grietas del sistema. 

Después llegaron otros pícaros que poblaron nuestra literatura.  Así, Guzmán de Alfarache, El Buscón, Rinconete y Cortadillo y tantos otros personajes poblaron nuestra literatura, mostrándonos una sociedad donde la astucia parecía a menudo más rentable que la honestidad y donde el atajo despertaba más admiración que el camino recto.


Quizá por eso el pícaro nunca ha desaparecido del todo de nuestro imaginario colectivo. Solo ha cambiado de vestimenta y de escenario.


Este personaje, el pícaro, no era el héroe virtuoso que vencía por su esfuerzo. Era quien encontraba el atajo, burlaba las normas y lograba sus objetivos gracias al ingenio, la influencia o la pequeña trampa. Y lo curioso es que muchas veces despertaba más simpatía que rechazo.


Quizá por eso la corrupción en España no pueda entenderse únicamente a través de los grandes escándalos políticos que ocupan portadas y telediarios.


La corrupción también es cultural cuando se convierte en costumbre.


Es el familiar que llama porque quiere que alguien «eche un vistazo» a su expediente.


Es el amigo que pide saltarse una lista de espera.


Es el conocido que busca agilizar un trámite que a los demás les llevará meses.


Es el vecino que presume de tener un contacto para conseguir lo que otros no pueden.


Es esa llamada al amigo que trabaja en una administración.


Es quien utiliza una responsabilidad pública o profesional para favorecer a los suyos.


Es la matrícula de honor para la hija del catedrático, porque sí, porque ella lo vale.


Es la llamada al maestro para aprobar un suspenso o elevar una nota inmerecidamente.


Y lo más llamativo es que muchas veces quien recibe la petición ni siquiera ocupa un gran cargo político. Basta con trabajar en una administración, en un hospital, en un ayuntamiento, en una universidad o en cualquier institución pública.


Casi todos hemos escuchado alguna vez la frase:


—«Tú que conoces a alguien, ¿no podrías ayudarme?»


Lo llamamos favor.


Lo llamamos ayuda.


Lo llamamos hacer un apaño.


Rara vez lo llamamos por su nombre.


La frontera entre ayudar y favorecer es mucho más fina de lo que solemos admitir.


Porque cada vez que alguien obtiene una ventaja injusta, otro ciudadano pierde el derecho que le correspondía.


Cada vez que un trámite se acelera para uno, otro queda atrás.


Cada vez que una puerta se abre por amistad, se cierra para quien solo cuenta con sus méritos.


Y, sin embargo, casi nadie se considera corrupto cuando lo hace.


La corrupción rara vez empieza con millones de euros, comisiones ilegales o cuentas en paraísos fiscales.


Empieza mucho antes.


Empieza cuando creemos que las normas son necesarias para todos… excepto para los nuestros.


Empieza cuando confundimos la amistad con el privilegio.


Empieza cuando pensamos que el enchufe es solidaridad.


Empieza cuando justificamos para nuestro círculo aquello que condenamos en los demás.


Porque la gran corrupción nace muchas veces de la pequeña.


Mientras sigamos viendo al pícaro como alguien simpático y no como alguien que perjudica a los demás, seguiremos preguntándonos por qué la corrupción reaparece una y otra vez en nuestra vida pública.


Tal vez el problema no sea únicamente quién gobierna.


Tal vez también tenga que ver con lo que toleramos.


Y con lo que seguimos admirando.


Quizá por eso la lucha contra la corrupción no comienza en los parlamentos ni en los tribunales.


Comienza cuando dejamos de admirar al que se cuela en la fila.


Cuando dejamos de llamar «espabilado» al que obtiene ventajas injustas.


Cuando entendemos que la igualdad ante la ley, las listas de espera y los procedimientos públicos solo existen si se aplican a todos por igual.


Cinco siglos después del Lazarillo, tal vez el viejo pícaro siga entre nosotros.


Solo ha cambiado la capa por el teléfono móvil.


Y el mendrugo de pan por el contacto adecuado.


Quizá haya llegado el momento de dejar de llamar simples favores a lo que en realidad son irregularidades, privilegios o incumplimientos de normas destinados a beneficiar a alguien por amistad, parentesco, afinidad o interés personal.


También deberíamos dejar de considerar desleal, mal amigo o mal familiar a quien se niega a participar en ellos. Porque muchas veces lo que se presenta como un favor no es más que una forma de chantaje emocional: la exigencia de anteponer una relación personal a la equidad que merecen todos los demás.


La verdadera amistad no debería pedir privilegios. Y el verdadero afecto no debería exigir excepciones.


Probablemente esta sea una enseñanza que deba comenzar en la escuela y continuar en la familia, porque las sociedades no se construyen únicamente con leyes, sino también con valores compartidos.


Solo cuando aprendamos a respetar las reglas incluso cuando perjudican nuestros intereses inmediatos; solo cuando dejemos de admirar al que consigue ventajas indebidas y empecemos a reconocer a quien actúa con integridad, podremos aspirar a una sociedad más cívica, más justa y más igualitaria.


Una sociedad donde el esfuerzo, el mérito y el talento tengan más valor que la agenda de contactos.


Y donde hacer lo correcto deje de parecer una ingenuidad para convertirse, por fin, en motivo de respeto.


miércoles, 27 de mayo de 2026

Líderes de barro

Durante siglos, los líderes fueron presentados como figuras casi sagradas. Reyes por derecho divino, emperadores intocables, generales convertidos en leyenda, dirigentes cuya palabra parecía incontestable. La historia oficial los envolvía en una especie de perfección artificial donde el error no existía y la crítica era poco menos que traición.


Pero el tiempo, y sobre todo la información, han ido desmontando el decorado.


Hoy vivimos en la era de la lupa permanente. Todo queda registrado: contradicciones, favores, pactos, ambiciones y miserias. Y cuanto más conocemos a muchos dirigentes, más evidente resulta que el liderazgo real rara vez se parece al relato que se construye alrededor de ellos.


Porque en demasiadas ocasiones no llega arriba quien más sabe, quien más trabaja o quien más mérito acumula. Llega quien mejor maniobra. El más hábil en el arte de agradar al poderoso adecuado, el más resistente a la vergüenza, el más eficaz administrando lealtades interesadas.


Y junto al líder suele crecer toda una corte.


Los pelotas.
Los palmeros.
Los correveidiles.
Los expertos en asentir antes incluso de que termine la frase del jefe.


Personas que muchas veces jamás habrían alcanzado determinadas responsabilidades por conocimiento, capacidad o currículum, pero que entienden perfectamente algo mucho más rentable: cómo sobrevivir dentro del engranaje del poder.


Y así aparecen ascensos que nadie comprende. Nombres desconocidos ocupando puestos enormes. Mediocridades convertidas en autoridades. Gente sin experiencia dirigiendo estructuras complejas simplemente porque fueron fieles, útiles o sumisos a quien los colocó allí.


El mecanismo se repite en política, en empresas, en instituciones y hasta en pequeños entornos laborales. No siempre lidera el mejor profesional; a menudo lidera el más hábil para construir una red de dependencias personales.


Porque el verdadero blindaje del poder no suele basarse en la excelencia, sino en la deuda.
“Yo te puse ahí.”
Y quien debe el cargo, debe obediencia.


Ahí es donde nacen muchos liderazgos de barro: estructuras aparentemente sólidas que en realidad descansan sobre intereses mutuos, silencios compartidos y fidelidades compradas con cargos.


El zapaterismo primero y el sanchismo después han permitido observar ese fenómeno con enorme claridad en España. La política convertida muchas veces en una maquinaria donde la permanencia importa más que la coherencia, y donde el mérito queda relegado frente a la utilidad interna.


No es casual que tantos ciudadanos tengan hoy una sensación creciente de desencanto. Porque cuando uno mira detrás del telón y descubre cómo funcionan muchas promociones, muchos nombramientos y muchas alianzas, se cae parte del mito.


Entonces comprendemos que algunos líderes no estaban hechos de mármol.


Estaban hechos de barro


domingo, 17 de mayo de 2026

OCON-Sur, narcolanchas y silencio: las preguntas que España ya no puede evitar


Hay titulares que deberían helarnos la sangre como ciudadanos y como país.


Hoy, en portada nacional del diario EL MUNDO, puede leerse una frase demoledora atribuida a una fiscal antidroga de Huelva:


“España se va a convertir en un narcoestado”.


Porque para muchos agentes el antes y el después tiene nombre y fecha: 2022.


Ese año se desmanteló OCON-Sur, la unidad de élite de la Guardia Civil que durante años había puesto contra las cuerdas al narcotráfico en el Campo de Gibraltar.


Desde entonces, muchos agentes y ciudadanos tienen la misma sensación:

menos presión especializada,

más narcolanchas,

más violencia,

más impunidad.


Huelva. Barbate. La Línea. El Campo de Gibraltar.


El narcotráfico ya no actúa escondido.

Actúa con potencia económica, violencia y una sensación creciente de dominio territorial.


Hace dos años, dos guardias civiles fueron asesinados en Barbate arrollados por una narcolancha.

Hace apenas unos días, otros dos agentes murieron en Huelva en operaciones ligadas al narcotráfico y el control marítimo.


Ocho agentes muertos en pocos años.


Ocho.


Y mientras tanto, las narcolanchas se multiplican, se desplazan, se modernizan y desafían al Estado casi como si midieran sus límites.


Por eso la pregunta es inevitable:


¿Por qué se desmanteló OCON-Sur justo cuando era más necesaria?

¿Por qué se debilitó una unidad que conocía el terreno, los clanes, las rutas y los métodos del narco?

¿Quién asumió esa decisión?

¿Quién responde ahora ante las familias de los agentes muertos?


Porque el narcotráfico no solo introduce droga.

Introduce corrupción.

Introduce blanqueo.

Introduce miedo.

Introduce poder paralelo.


Y aquí aparece otra cuestión que muchos ciudadanos siguen sin comprender.


España sufrió el espionaje mediante Pegasus al móvil del presidente del Gobierno y de varios ministros.


Un hecho confirmado oficialmente.


Y poco después llegaron decisiones políticas difíciles de entender:

el giro histórico sobre el Sáhara Occidental,

el acercamiento estratégico a Marruecos,

y una política exterior percibida por muchos como más complaciente con Rabat.


Tal vez no exista ninguna relación entre unos hechos y otros.


Pero cuando un Gobierno desmantela una unidad eficaz, no explica suficientemente sus decisiones y guarda silencio en asuntos tan graves, el vacío lo ocupa inevitablemente la sospecha.


Los narcoestados no aparecen de golpe.


Se construyen lentamente:

cuando el miedo sustituye a la ley,

cuando el dinero criminal penetra instituciones,

cuando el Estado pierde presencia,

y cuando quienes protegen al país sienten que el país ha dejado de protegerlos a ellos.


Y quizá el verdadero problema comienza el día en que una sociedad deja de hacerse preguntas por miedo a las respuestas.


viernes, 15 de mayo de 2026

La Andalucía que quiero tras el 17-My

 pocas horas de dar el aldabonazo final de la campaña electoral andaluza, permitidme esta reflexión que permita madurar el voto mañana sábado.

 A partir del 17-My, más que promesas, discursos o bloques ideológicos, muchos ciudadanos solo desean algo sencillo y profundamente difícil: humanidad y sentido común.


No pido políticos partidistas.
Pido políticos humanistas.


Personas capaces de mirar más allá de las siglas, del cálculo electoral o del siguiente titular. Que no piensen primero en su sillón, en su carrera o en la supervivencia de su partido, sino en el ciudadano real: en quien tiene mucho y en quien tiene poco; en quien triunfa y en quien apenas consigue mantenerse a flote.


Andalucía no necesita una guerra permanente entre ricos y pobres, entre unos y otros, entre bandos irreconciliables. Necesita sensatez. Necesita una política que comprenda que la prosperidad de una sociedad no nace del enfrentamiento, sino de la creación de oportunidades.


Ayudar no es repartir subvenciones sin rumbo ni fabricar dependencia.
Ayudar es dar herramientas.
Es permitir que cada persona pueda labrar su propio futuro con dignidad.
Es evitar que nadie quede abandonado, pero también impedir que el esfuerzo pierda valor.


Porque la igualdad mal entendida puede terminar siendo injusta. No todos somos iguales, nunca lo hemos sido ni lo seremos: hay capacidades distintas, talentos distintos, circunstancias distintas y también sacrificios distintos. Pero precisamente por eso debe existir la equidad: una sociedad que permita que cada persona pueda desarrollar al máximo sus capacidades, venga de donde venga.


Que nadie quede atrás (pero de verdad)
Pero tampoco que nadie sea castigado por esforzarse.


Quiero una Andalucía donde el mérito vuelva a tener sentido. Donde trabajar, emprender, estudiar o crear no sea visto con sospecha. Donde la solidaridad no consista en cronificar la dependencia, sino en ayudar a levantarse.


Y, sobre todo, quiero políticos que recuerden algo esencial: gobernar no debería ser conquistar poder sobre la sociedad, sino servirla.


Eso, quizá, sería el verdadero progreso.