jueves, 9 de abril de 2026

La sociedad del favor


No empezó como una excepción. Empezó como un síntoma. Casos de dirigentes que alcanzan el poder envueltos en polémicas, trayectorias cuestionadas y decisiones sostenidas en equilibrios frágiles. Instituciones que acogen a formaciones herederas de entornos que en otro tiempo legitimaron la violencia. Escenarios donde incluso se llega a blanquear o exaltar a quienes formaron parte del terror. Todo ello no como episodios aislados, sino como expresión de una inversión de valores éticos que ya no sorprende, porque se ha normalizado.


Pero el verdadero problema no está solo arriba.


Ese paisaje es el reflejo de algo más profundo, más antiguo, más extendido: una sociedad que ha ido desplazando el mérito y el esfuerzo como ejes de progreso, sustituyéndolos por redes de influencia, afinidades interesadas y una cultura del favor que se aprende desde abajo.


Desde etapas tempranas se interioriza una lógica silenciosa. No basta con saber, hay que conocer. No basta con trabajar, hay que posicionarse. Las relaciones dejan de ser un vínculo humano para convertirse en una herramienta. La amistad, en ocasiones, se convierte en inversión. El contacto adecuado pesa más que la capacidad demostrada.


Así se configura una ética deformada.


El enchufismo deja de percibirse como anomalía para instalarse como norma tácita. Se justifica como mecanismo de supervivencia, se disfraza de oportunidad, se diluye en el “siempre ha sido así”. Y en ese proceso, se difuminan las fronteras entre lo aceptable y lo irregular. Favores que cruzan líneas, silencios que encubren, conductas que en otro contexto serían inaceptables, pero que aquí encuentran acomodo.


En este entorno, el individuo que pretende ser íntegro, cumplidor, honesto, queda desplazado.


No porque sea incapaz, sino porque no participa del juego. Porque no intercambia favores, no cultiva dependencias, no acepta atajos. Y eso lo convierte en una figura incómoda, prescindible, fácilmente sustituible por perfiles más adaptados a la lógica dominante. Se produce así una selección adversa: no ascienden necesariamente los más competentes, sino los más eficaces en la gestión de influencias.


Las consecuencias son profundas.


Las instituciones pierden calidad porque no siempre están ocupadas por los mejores. La confianza social se erosiona porque la percepción de justicia se debilita. El esfuerzo deja de ser incentivo cuando no se traduce en resultados. Y la corrupción deja de ser un escándalo excepcional para convertirse en un mecanismo funcional, integrado en la dinámica cotidiana.


El problema, por tanto, no es únicamente quién llega arriba, sino cómo se ha aprendido a ascender desde abajo.


Cuando una sociedad deja de premiar el mérito y normaliza el atajo, no solo se vuelve injusta. Se vuelve ineficiente, frágil, vulnerable. Y lo más inquietante no es la existencia de estas dinámicas, sino su aceptación.


Porque una sociedad no se define por los valores que proclama, sino por los que, en la práctica, recompensa.


miércoles, 8 de abril de 2026

Cuando nadie es responsable, todos lo somos… y nadie paga

Un tren descarrila.

Una vía rota desde la noche anterior.

Un sistema de señalización que no avisa.

Y un balance que ya no admite eufemismos: 45 muertos y más de 150 heridos. 


Porque en este país no fallan las personas: falla “el sistema”.

Ese ente difuso donde todo se diluye, donde las decisiones no tienen nombre ni apellidos, donde los errores graves acaban siendo simples “incidencias”.


Y mientras tanto:


  • Los que no revisaron… siguen.
  • Los que no alertaron… siguen.
  • Los que diseñaron sistemas que fallan… siguen.



45 vidas perdidas no son una estadística.

Más de 150 heridos no son un trámite asistencial.


Aquí no dimite nadie.

Aquí no responde nadie.

Aquí todo se investiga… hasta que se olvida.


La verdadera tragedia no es solo el accidente.

Es la impunidad estructural que lo permite.


Porque cuando un fallo grave no tiene consecuencias, deja de ser un fallo…

y pasa a ser parte del sistema.


Y entonces la pregunta ya no es qué ha pasado…

sino cuándo volverá a pasar.



domingo, 5 de abril de 2026

Domingo de Resurrección | La vida que vence

Y la esperanzada espera tuvo su recompensa.


Tras un fulgor que nadie supo explicar,

el sepulcro quedó vacío…

y la vida venció a la muerte.


Ya no hay silencio.

Ya no hay sombra.

Lo que parecía final

era solo el umbral de lo eterno.


La piedra no solo se apartó del sepulcro,

también del corazón del hombre.


Y entonces resuena aquella pregunta antigua,

la de Nicodemo, que sigue siendo la nuestra:

“¿Cómo puede un hombre nacer cuando ya es viejo?”


Hoy tenemos la respuesta.


Se puede.

Se nace de nuevo cuando la esperanza regresa,

cuando la luz irrumpe donde todo parecía perdido,

cuando la vida —contra toda lógica—

se abre paso.


Domingo de Resurrección.

No es solo un triunfo…

es un comienzo.


Porque quien ha visto la oscuridad

y ha esperado…

sabe que la luz, cuando llega,

ya no se apaga.


viernes, 3 de abril de 2026

Viernes Santo | Donde la vida roza la muerte

Hoy todo calla.


La vida se encuentra con la muerte…

cara a cara, sin ruido, sin consuelo, sin escape.

El destino de todos queda expuesto en este instante detenido,

en este cuerpo inerte que ya no habla… pero lo dice todo.


El mundo parece detenerse ante el sepulcro.

La luz se recoge.

Las palabras sobran.


Y sin embargo… no es el final.


Porque incluso en este silencio denso,

en esta herida abierta que parece definitiva,

late una promesa que no se ve,

pero se intuye.


Viernes Santo.

Día de sombra, de ausencia, de verdad desnuda.


Día en que comprendemos que la muerte existe…

pero no manda.


Este altar no impone, no grita, no explica.

Solo invita a mirar…

y a permanecer.


Porque hay momentos en los que la fe

no consiste en entender…

sino en esperar.


jueves, 2 de abril de 2026

Jueves Santo | Donde el amor se queda


Hoy el tiempo se detiene.


Cristo ya no camina…

queda elevado, entregado,

suspendido entre el cielo y la tierra

en la hora más honda del amor.


El Jueves Santo no necesita palabras.

Todo está dicho en ese cuerpo abierto,

en esos brazos que no se cierran,

en esa mirada que, aun en el dolor, sigue amando.


El rojo que lo envuelve no es solo adorno…

es anuncio.

Es la antesala del sacrificio,

el silencio que precede a lo eterno.


A sus pies, la Madre.

Callada. Firme. Inquebrantable.

Como saben estar las que aman de verdad:

sin ruido, sin huida, sin condiciones.


Y el alma, al contemplarlo, entiende algo sencillo y enorme:

que hay entregas que no se negocian,

que hay amores que no se explican,

que hay cruces que, sin saber cómo…

nos sostienen.


Jueves Santo.

La noche en la que todo cambia.


Y en este altar, en lo íntimo,

Cristo no pasa…


Se queda.