miércoles, 11 de marzo de 2026

El chándal del jubilao

Hay prendas que marcan etapas de la vida.

El uniforme escolar, el traje de la boda, la bata del hospital… y finalmente, cuando llega la hora suprema de la existencia civil, aparece el chándal del jubilao.


El chándal del jubilao no es simplemente ropa deportiva. No.

Es una filosofía de vida.


Porque cuando un hombre se jubila descubre un secreto que el sistema ha ocultado durante décadas: la gomilla del pantalón del chándal lo aguanta todo.

El tiempo, las caminatas, el paso de los años… y sobre todo las comidas.


El jubilado que se respeta inicia su jornada enfundándose en su chándal matutino con la solemnidad de un samurái ajustándose la armadura. Y a partir de ahí comienza el periplo diario.


Con el chándal se va:


  • al supermercado
  • a la farmacia
  • a la caminata reglamentaria
  • al banco a protestar por la libreta
  • a visitar las obras del barrio
  • y, en ocasiones especiales, al bar a leer el periódico gratis.



El chándal del jubilao es todoterreno, como el Land Rover de los años 80, pero en versión textil.


Pero el chándal nunca viaja solo.

Como todo uniforme, tiene sus complementos reglamentarios.


Primero están las zapatillas Nike o Adidas del mercadillo del barrio.

Auténticas piezas de ingeniería textil cuya característica principal es que parecen deportivas pero sirven para absolutamente todo menos para hacer deporte.


Luego está la gorra, imprescindible los días de sol, aunque también se usa con lluvia, nublado o viento por pura inercia cultural.


A esto se suman las gafas de sol de lágrima, estilo aviador estadounidense, que convierten al jubilado del barrio en una mezcla improbable entre Clint Eastwood y el encargado de vigilar la obra municipal.


Y finalmente, la gran revolución tecnológica:

los auriculares inalámbricos.


Han sustituido definitivamente al transistor pegado a la oreja que durante décadas retransmitía los domingos de fútbol con una intensidad que solo comprendía quien escuchaba gritar al comentarista:

“¡Gooooool en Las Gaunas!” O “Peligro en La Condomina”


Ahora el jubilao escucha podcasts, tertulias o el parte de la radio mientras camina con las manos en la espalda inspeccionando el progreso de la construcción local.


Porque hay que decirlo: la visita a las obras es el hábitat natural del jubilado en chándal.


Allí, apoyado en la valla metálica, observa el trabajo de los albañiles con gesto experto, aunque jamás haya levantado un tabique en su vida.


—Eso lo están haciendo mal —dice inevitablemente.


El chándal también tiene otra virtud:

es democrático.


Da igual la clase social, la ideología o el nivel cultural. El chándal iguala a todos.


El jubilado en chándal vive en un estado de libertad que los demás mortales apenas podemos imaginar.

Mientras los trabajadores corren de un lado a otro vestidos con ropa incómoda, el jubilao avanza tranquilo por la acera con su uniforme elástico, ajeno a cualquier circunstancia externa o ámbito sociocultural.


El chándal es su declaración de independencia.


Pero como todo llega en la vida, a uno también le llega la hora de la jubilación. Y con ella aparece la gran tentación existencial: el chándal for all day, every day. 

El chándal de piñón fijo, como aquellas bicicletas de la infancia.


Hay que reconocerlo: meterse en un chándal por la mañana es un gustazo.

Y saber que no tendrás que quitártelo en todo el día tiene algo de paraíso doméstico.


Ahora bien, uno debe resistirse.

Porque el problema no es ponerse el chándal.

El problema es convertirse en el jubilao del chándal.

Ese que todo el barrio identifica perfectamente:


“El del chándal burdeos con ribetes rosas, la gorra a juego y las zapatillas del mercadillo.”


Por eso conviene recordar una norma básica de dignidad estética:


El chándal está bien.

Pero el chándal permanente es una pendiente resbaladiza.


Porque cuando uno se da cuenta… ya está apoyado en la valla de una obra, con las manos en la espalda….

Y entonces, amigo mío, ya no hay vuelta atrás.


No hay comentarios:

Publicar un comentario