
Cada 8 de marzo el mundo recuerda algo que debería ser obvio todos los días del año: la mujer merece respeto, dignidad y plena igualdad de oportunidades. No se trata de una concesión ni de una moda ideológica. Es simplemente justicia.
La historia está llena de mujeres que han sostenido familias, han construido conocimiento, han creado belleza y han contribuido decisivamente al progreso humano. La feminidad —con su inteligencia, sensibilidad, fortaleza y capacidad de cuidado— ha sido una fuerza civilizadora silenciosa pero esencial.
Celebrar el 8-M debería ser precisamente eso: reconocer el valor de la mujer y seguir avanzando hacia una sociedad donde hombres y mujeres cooperen en igualdad, sin discriminaciones ni privilegios.
Sin embargo, en los últimos años el debate se ha contaminado con un fenómeno que poco tiene que ver con la defensa auténtica de la mujer: un ultrafeminismo ideologizado, a menudo vinculado a corrientes “woke”, que transforma una causa justa en una lucha de bloques.
Ese enfoque tiene varios problemas.
Primero, sustituye la igualdad por la confrontación. En lugar de promover la colaboración entre hombres y mujeres, presenta al hombre como adversario o sospechoso colectivo. Esa narrativa no construye sociedades más justas; solo genera resentimiento y polarización.
Segundo, aplica una defensa selectiva de las mujeres. Resulta difícil no percibir el silencio de muchos colectivos ante situaciones dramáticas de opresión femenina en el mundo.
Las mujeres iraníes que arriesgan su vida por quitarse un velo impuesto o por reclamar libertades básicas rara vez ocupan las pancartas de quienes dicen hablar en nombre de todas las mujeres.
Cuando la defensa de la mujer depende del alineamiento ideológico o geopolítico, deja de ser una causa universal para convertirse en una bandera partidista.
Tercero, el debate público se ha simplificado en exceso. Problemas complejos como la violencia dentro del ámbito familiar se reducen a consignas políticas. La violencia contra las mujeres es real y debe combatirse con firmeza, pero también exige análisis rigurosos, políticas eficaces y una visión amplia del fenómeno de la violencia doméstica.
Convertirlo en un arma ideológica no ayuda a las víctimas ni mejora las soluciones.
El verdadero espíritu del 8-M debería ser otro.
Un feminismo integrador que reconozca la dignidad de la mujer sin necesidad de enfrentarla al hombre.
Un movimiento que defienda a todas las mujeres, vivan donde vivan y piensen como piensen.
Y una sociedad que entienda que la igualdad no se alcanza mediante la guerra cultural, sino mediante respeto, educación, oportunidades y justicia.
La causa de la mujer es demasiado importante para reducirla a consignas o a trincheras ideológicas.
Hoy, 8 de marzo, merece ser celebrada con algo más profundo: la convicción de que hombres y mujeres, juntos, construyen una sociedad mejor.

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