sábado, 7 de febrero de 2026

Aquellos hombres buenos

Hay personas que no hacen ruido al vivir y, sin embargo, dejan un silencio hondo cuando se marchan. Rafael del Campo del Campo fue una de ellas.



Hombre de fe profunda y serena, vivió anclado a unas convicciones que no necesitaban proclamarse. Amó el campo como se ama lo esencial: con respeto, con paciencia, con la sabiduría de quien entiende los ritmos de la tierra y los acepta. La caza, para él, fue tradición, espera noble y contemplación silenciosa.


Su carácter era, en lo esencial, afable y cercano. Como todo ser humano, tenía momentos de crispación, ráfagas breves de carácter que nunca se enquistaban. Se arrepentía pronto y sabía compensar cualquier aspereza con un cariño desbordante, casi urgente, como si no quisiera dejar ninguna herida sin curar. Esa capacidad de volver, de reparar, fue una de sus mayores virtudes.


Su generosidad con el prójimo fue siempre discreta, casi anónima. Nunca entendió el bien como algo que deba pregonarse, consciente de que —como escribió Cervantes— «la virtud más es alabada de quien la usa que de quien la predica». Hizo el bien sin testigos, sabiendo que cuando el bien se exhibe pierde parte de su verdad.


La familia fue siempre el centro de su vida. Sus nietos lo adoraban y lo llamaban Cuí, un nombre pequeño para un afecto inmenso. Para sus sobrinos fue siempre el tío Lilín, figura entrañable, constante, cercana.


La vida le puso pruebas, y las atravesó todas con una dignidad silenciosa, como quien cruza un terreno difícil sin levantar polvo ni perder el paso. Sorteó enfermedades sin perder la alegría ni las ganas de vivir, fiel a esa enseñanza que san Juan Pablo II resumió con sencillez luminosa: «no tengáis miedo», porque quien vive desde la fe y el amor no teme ni siquiera al sufrimiento.


Y cuando llegó el final, lo hizo sin aviso ni estridencias: a los 92 años, con la vitalidad intacta hasta el último aliento. Murió en su casa, en paz, rodeado de los suyos, como si la vida, agradecida, hubiera decidido cerrarse sola.


Nos queda su ejemplo, su forma de estar en el mundo, su huella suave pero imborrable.

Porque hay hombres que no necesitan grandes gestos para ser recordados.

Les basta con haber sido simplemente buenos.



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