Durante décadas la sanidad pública se sustentó sobre un equilibrio implícito: confianza, respeto y responsabilidad compartida. El ciudadano acudía al hospital o al centro de salud sabiendo que estaba ante profesionales que ejercían una autoridad técnica y moral. Y el sanitario respondía con vocación, conocimiento y compromiso.
Ese equilibrio se ha deteriorado peligrosamente.
La progresiva politización de la sanidad ha transformado el discurso público. El paciente ha dejado de ser paciente para convertirse en cliente, y la sanidad se presenta como un catálogo de prestaciones ilimitadas donde todo parece exigible y todo parece inmediato. Se prometen ofertas asistenciales inalcanzables, listas de espera inexistentes, recursos infinitos… promesas que después chocan con la realidad cotidiana de los servicios.
Cuando la expectativa se infla artificialmente, la frustración es inevitable. Y esa frustración, demasiadas veces, termina descargándose contra el eslabón más visible del sistema: el profesional sanitario.
Las agresiones a sanitarios —verbales y físicas— se han convertido en un fenómeno creciente. Lo vemos en urgencias, en consultas de atención primaria, en hospitales saturados. El médico, la enfermera o el celador pasan a ser el receptor de una indignación que en realidad nace de un relato político irreal.
A este deterioro simbólico se han añadido decisiones que, aunque aparentemente menores, tienen una gran carga cultural. Se ha promovido la eliminación de las batas médicas en algunos ámbitos bajo el argumento de que son “barreras” frente al paciente. Se diluyen también los uniformes identificativos de los distintos estamentos hospitalarios en nombre de una supuesta horizontalidad organizativa.
Pero las instituciones funcionan también con símbolos.
La bata blanca no era una barrera: era un signo de responsabilidad, conocimiento y referencia. Los uniformes diferenciaban funciones y ordenaban el espacio asistencial. No se trataba de jerarquía autoritaria, sino de claridad profesional.
Cuando todo se iguala artificialmente, cuando se diluyen roles, cuando se promete lo imposible y se presenta al sanitario como un simple gestor de demandas, el sistema pierde algo esencial: autoridad profesional.
Y sin autoridad profesional no hay respeto.
Y sin respeto, la agresión deja de ser una anomalía para convertirse en un riesgo cotidiano.
Defender a los sanitarios no consiste solo en endurecer las penas a posteriori.
Consiste también en dejar de alimentar un relato político irresponsable, recuperar el valor de la profesionalidad y explicar con honestidad qué puede ofrecer realmente un sistema sanitario.
Porque la sanidad no es un supermercado de servicios.
Y el médico no es un dependiente al que reclamar cuando el producto no llega.
Cuando olvidamos eso, la bata blanca deja de desaparecer de los hospitales…
y empieza a desaparecer también el respeto hacia quien la llevaba.


No hay comentarios:
Publicar un comentario