Cada vez que estalla un nuevo caso de corrupción en España, el guion se repite con una precisión casi matemática.
Los ciudadanos esperan explicaciones. Esperan responsabilidades. Esperan dimisiones, colaboración con la Justicia o, al menos, un reconocimiento de lo ocurrido.
Pero lo que reciben suele ser otra cosa.
—«¿Y vosotros qué?»
El conocido “y tú más” se ha convertido en una de las estrategias de defensa política más eficaces… y, al mismo tiempo, más empobrecedoras para la democracia.
Su lógica es tan sencilla como tramposa.
Si un partido es acusado de corrupción, en lugar de responder por sus propios hechos, recuerda inmediatamente los escándalos del adversario. Si unos hablan de los ERE, otros responden con Gürtel. Si aparecen contratos irregulares, se rescatan sobresueldos de hace veinte años. Si hoy se investiga una trama, se desempolva otra distinta.
El debate deja entonces de girar alrededor de los hechos presentes para convertirse en una competición sobre quién robó más.
Pero hay una pregunta incómoda:
¿Desde cuándo la corrupción de unos convierte en aceptable la de otros?
Si un vecino roba una vivienda, ello no absuelve al ladrón de la casa de enfrente.
Si un médico comete una negligencia, no queda exculpado porque otro hospital tuviera una peor.
Y si un gobernante presuntamente delinque, su responsabilidad no disminuye porque otro partido hiciera lo mismo años atrás.
Sin embargo, en política parece haberse instaurado una especie de contabilidad moral donde los delitos propios se compensan con los ajenos.
Es una perversión democrática.
El “y tú más” no busca conocer la verdad, sino diluirla.
No pretende depurar responsabilidades, sino repartirlas hasta que desaparezcan.
No combate la corrupción; la normaliza.
Y lo más preocupante es que acaba contaminando también a la ciudadanía. Muchos ciudadanos dejan de juzgar los hechos para limitarse a defender los colores de su partido, como si la corrupción cambiara de naturaleza según quién la cometa.
La democracia necesita exactamente lo contrario.
Necesita ciudadanos capaces de exigir la misma honestidad a los propios que a los adversarios.
Porque el verdadero problema nunca ha sido que exista corrupción.
El verdadero problema aparece cuando dejamos de indignarnos porque “los otros también lo hicieron”.
Quizá el día que desaparezca el “y tú más”, la corrupción empiece realmente a dar más miedo a quienes la practican.


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