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domingo, 21 de junio de 2026

El juez Peinado y sus medidas cautelares: ¿Ofensa al honor o simple prudencia?

La decisión del juez Peinado de imponer determinadas medidas cautelares a Begoña Gómez ha generado una tormenta política e institucional de gran intensidad. Entre las críticas más repetidas figura la idea de que tales medidas implican desconfiar de la Policía Nacional y de los escoltas encargados de su protección, como si se estuviera sugiriendo que podrían facilitar una eventual fuga.

La reacción ha sido inmediata. Sindicatos policiales indignados, declaraciones institucionales, críticas políticas y hasta movimientos en el seno del Consejo General del Poder Judicial para estudiar la actuación del magistrado.

Sin embargo, conviene hacerse una pregunta sencilla: ¿es realmente tan extravagante que un juez contemple escenarios de riesgo cuando adopta medidas cautelares?

La historia reciente de España invita, al menos, a la prudencia.

Durante años nadie imaginó que Luis Roldán, director general de la Guardia Civil, pudiera escapar de la Justicia. Y se fugó.

Tampoco parecía imaginable que un presidente autonómico como Carles Puigdemont abandonara España para evitar la acción de los tribunales. Y lo hizo.

Pero el episodio fue aún más llamativo. No solo permaneció durante años fuera del alcance de la Justicia española. En agosto de 2024 regresó a Barcelona, participó en un acto público multitudinario ante miles de personas, pronunció un discurso y volvió a abandonar territorio español sin que pudiera ejecutarse la orden de detención que pesaba sobre él. Independientemente de las explicaciones posteriores, el hecho objetivo es que una persona reclamada por la Justicia entró en España, apareció públicamente en una plaza abarrotada y volvió a desaparecer. Resulta difícil sostener después que cualquier escenario de fuga pertenece exclusivamente al terreno de la imaginación.

Ni que una vicepresidenta de un gobierno extranjero sometida a sanciones de la Unión Europea aterrizara en un aeropuerto español y mantuviera reuniones rodeadas de controversia. Y también ocurrió. El denominado caso Delcy Rodríguez dejó numerosas preguntas políticas y jurídicas que todavía hoy siguen siendo objeto de debate.

La experiencia demuestra que las instituciones están formadas por seres humanos, no por ángeles. Los protocolos fallan, o no se aplican. Los controles fallan, o no se realizan. Las previsiones que parecían innecesarias terminan, a veces, justificándose con el tiempo.

Resulta llamativo que en una sociedad acostumbrada a exigir responsabilidades por no haber previsto los problemas, se critique con tanta dureza a quien precisamente intenta anticiparlos.

Quizá el debate no debería centrarse en si una medida cautelar resulta incómoda o molesta para determinadas personas. La cuestión es otra: ¿debe un juez actuar pensando que los riesgos nunca existen o precisamente porque sabe que, de vez en cuando, sí existen?

La prudencia judicial puede ser discutible. Lo que parece más difícil de sostener es la idea de que determinadas fugas, incumplimientos o episodios controvertidos son imposibles porque afectan a personas relevantes o protegidas por estructuras institucionales.

La experiencia demuestra que los jueces no adoptan medidas cautelares porque desconfíen necesariamente de policías, escoltas o funcionarios. Las adoptan porque saben que la historia está llena de acontecimientos que parecían imposibles hasta el mismo día en que ocurrieron.

La historia española reciente no parece avalar un optimismo tan absoluto como el que algunos reclaman.

Muchos errores institucionales comenzaron con una frase aparentemente razonable:

«Eso nunca va a pasar».




miércoles, 11 de marzo de 2026

El secreto que todos sabemos

Lo sabemos.

Ellos lo saben.


Y saben que lo sabemos.


Pero ahí siguen.


Actuando como si no supieran que lo sabemos.

Y esperando que hagamos como si no supiéramos que ellos lo saben.


Es el gran teatro de nuestro tiempo:

la política de lo evidente negado,

la comedia del secreto público,

la representación permanente del “aquí no pasa nada”.


Todos conocen la verdad,

todos saben quién mueve los hilos,

todos reconocen el guion.


Pero la función continúa.


Porque el sistema no exige que creamos la mentira.

Solo exige que hagamos como si la creyéramos.


Y así seguimos:


ellos fingiendo que no saben,

nosotros fingiendo que creemos.


Mientras lo evidente,

tranquilo,

permanece en el centro del escenario.


Mirándonos.




lunes, 5 de mayo de 2025

¿Merecerlo o conocer a alguien? La erosión de la meritocracia en España.

 

En una sociedad democrática moderna, los cargos técnicos deberían estar ocupados por los más capacitados. Sin embargo, en España asistimos a una preocupante tendencia: la sustitución de la meritocracia por el amiguismo y las afinidades políticas. Esta práctica no solo debilita nuestras instituciones, sino que manda un mensaje devastador a quienes se esfuerzan por formarse: “no importa lo que sabes, sino a quién conoces”.

El valor de la meritocracia

La meritocracia es la idea de que las oportunidades y responsabilidades deben asignarse en función del talento, la preparación y el esfuerzo. Es la base de sistemas educativos sólidos, administraciones eficientes y empresas competitivas. Cuando se respeta, la meritocracia garantiza que las decisiones públicas sean tomadas por personas competentes, formadas y responsables.

En puestos técnicos —como los relacionados con la gestión de emergencias, las infraestructuras críticas, la administración sanitaria o educativa, entre otros— esta idea no es un lujo, sino una necesidad. Sin conocimiento y experiencia, el riesgo de errores graves se multiplica.

El deterioro visible en España

En los últimos años, varios nombramientos han despertado la indignación de expertos y ciudadanos por su falta de justificación técnica. Entre los más recientes:

  • La Consejera de Emergencias de la Comunidad  Valenciana durante la crisis por la DANA (Depresión Aislada en Niveles Altos): una persona sin experiencia en gestión de emergencias ni formación específica, colocada por afinidad política. El resultado: descoordinación y errores en plena emergencia.

  • La presidenta de Red Eléctrica Española, designada sin experiencia previa en el sector energético, en un momento donde la estabilidad eléctrica y la transición energética requieren liderazgo técnico riguroso. Días después, se produjo un apagón que dejó sin suministro a miles de personas. Aunque no se le atribuya la culpa directa, la percepción pública sobre su idoneidad quedó en entredicho.

  • El hijo del presidente del Tribunal Constitucional contratado por Telefónica, en un contexto donde la ética institucional exige evitar toda apariencia de trato de favor. ¿Qué mensaje se transmite al ciudadano medio que lucha por entrar en el mercado laboral por méritos propios?

 Y no debemos pasar por alto que esta práctica se extiende también a niveles más bajos de nuestra sociedad. Cada vez son más los cargos —y carguitos— que se reparten entre afines, acompañados de su habitual séquito de asesores. Personas que, en muchos casos, ocupan y se atrincheran en puestos que no han ganado por mérito, esfuerzo ni dedicación. En el peor de los casos, hablamos de individuos completamente ajenos a las competencias necesarias para el cargo que se les ha asignado —o más bien regalado—.

Consecuencias preocupantes

Las consecuencias de estas prácticas no son anecdóticas ni aisladas:

  • Instituciones ineficientes: cuando los responsables no tienen preparación, las decisiones son lentas, erráticas o ineficaces. La calidad del servicio público se deteriora.

  • Desmotivación profesional: empleados públicos preparados ven cómo los ascensos no dependen del esfuerzo ni del rendimiento, sino de la cercanía al poder. Esto genera apatía y fuga de talento.

  • Desafección ciudadana: si los ciudadanos perciben que sus instituciones están dirigidas por "enchufados", la confianza en el sistema se erosiona. La política se ve como un club cerrado, no como una herramienta al servicio del bien común.

La educación y la cultura del esfuerzo, en jaque

Uno de los efectos más graves y silenciosos es el impacto sobre los jóvenes. ¿Qué incentivo tiene un estudiante brillante si observa que los mejores puestos no se ganan con esfuerzo, sino con contactos?

Esta cultura del "enchufe" no solo bloquea el ascenso social, sino que desincentiva la excelencia. El mensaje implícito es devastador: “no importa cuánto te prepares, lo que cuenta es a quién conoces”. Así, condenamos a generaciones enteras a la resignación o la emigración.

¿Qué se puede hacer?

La solución no es sencilla, pero sí urgente. Algunas medidas clave podrían ser:

  • Reformar los sistemas de designación pública, exigiendo criterios técnicos verificables para todos los cargos de responsabilidad.

  • Transparencia absoluta en los nombramientos, con acceso público a los currículos y méritos de los candidatos.

  • Evaluaciones independientes y concursos abiertos para los cargos intermedios y directivos.

  • Concienciación ciudadana y presión mediática: como ciudadanos debemos exigir responsabilidad y oponernos activamente al nepotismo.


España no puede permitirse que la mediocridad gane terreno por decreto. Recuperar la meritocracia no es una cuestión ideológica, sino de supervivencia institucional y de justicia para quienes cada día se esfuerzan por construir un país mejor.

Y que nuestros jóvenes no puedan decirnos "¿tanto estudiar para que el listo de turno, el candidato amigo, el militante del partido nos pase por encima por el morro?No somos tontos"