martes, 28 de abril de 2026

Mayo en Córdoba

En Córdoba, mayo no cabe en un calendario.

Se desborda.


Empieza con el vino —como deben empezar las cosas serias—
y, casi sin darte cuenta, la ciudad florece:
Cruces en cada esquina,
Patios —Patrimonio de la Humanidad— abiertos como un secreto compartido,
y la vida en la calle, sin prisa y sin disculpas.


La Mezquita-Catedral, latido eterno de piedra y luz;
el Centro Histórico, donde cada paso pisa siglos;
los Patios, que no se miran, se viven;
y la Fiesta de los Patios, que convierte lo íntimo en universal.


Cuatro patrimonios
que aquí forman parte de lo cotidiano.


Y después, avanzado mayo, llega la feria,
que empezó siendo de ganado
y aún conserva algo de trato, de encuentro y de verdad.


Tiene su lado mundano:
luces, atracciones, cacharritos y esa infancia que gira sin marearse. Sin olvidar a la muñeca pepona que permanece inalterable con los años. 


Y tiene su otro lado,
el de las casetas,
donde aún suenan sevillanas —cada vez menos, dicen—
mezcladas con música que no estaba invitada,
pero se ha quedado.


Allí se baila, sí,
pero sobre todo se habla:
se recuperan conversaciones aplazadas,
se dicen —de una copa a otra—
todas esas cosas que el año va dejando a medias.


Probablemente Córdoba es la ciudad que nunca se olvida,
incluso se recuerda sin haber estado nunca en ella,
como dijo el poeta.


Córdoba, susurrada por el río Guadalquivir,
para que nunca deje de escuchar el murmullo del agua
que riega sus flores.


Córdoba, resguardada por su sierra,
baja y cercana, de retamas y lentiscos,
de tomillo y romero que perfuman el aire
cuando el día se apaga.


Córdoba, donde la luz se queda un poco más,
como si también ella quisiera vivir mayo.


Y por encima de todo,
vigilante y paciente,
nuestro custodio: San Rafael,
intentando poner cordura
donde solo hay ganas de vivir.


Entre copa y copa, alguien menciona al hepatocito,
esa discreta célula del hígado que todo lo soporta…
pero hay advertencias de salud
que se aplazan voluntariamente,
como quien le concede al cuerpo una tregua,
lejos de la disciplina que nos imponemos el resto del año.


Porque este mes no se explica.
Se vive…
y siempre se queda.


Mayo en Córdoba no pasa: deja huella.



¡Feliz mes de mayo 2026, cordobeses y visitantes!.

lunes, 13 de abril de 2026

Carta abierta a Vox

Vox debe reflexionar con seriedad sobre su estrategia actual, que está generando una progresiva desafección popular. 


En el foro interno: La política no puede convertirse en una “escabechina” interna contra quienes discrepan. La fortaleza de un proyecto no se mide por la uniformidad impuesta, sino por la capacidad de integrar, debatir y construir sin purgas constantes. La eliminación de voces críticas debilita, no fortalece. La democracia en el partifi debe ser imperativa. No a orbanes. 


En cuanto a sus relaciones con la democracia: Tampoco resulta comprensible la dilación sistemática en las negociaciones con gobiernos autonómicos. España, las autonomías,  no puede permitirse meses de bloqueo institucional mientras los acuerdos se enquistan por posiciones rígidas o maximalistas. Ya lo hemos visto en comunidades como Extremadura y Castilla y León: el tiempo pasa, la gestión se paraliza y el ciudadano queda al margen.


El objetivo político declarado es claro: poner fin al actual Gobierno de Pedro Sánchez, al sanchismo y su red clientelar corrupta. Sin embargo, ese objetivo no se alcanza desde la confrontación estéril con el Partido Popular, sino desde la negociación inteligente, la estrategia compartida y la construcción de mayorías.


En política, el todo es más importante que la suma de las partes. Si el fin es desalojar al sanchismo del poder, la cooperación entre fuerzas afines no es una opción: es una necesidad.


Persistir en el bloqueo, en la desconfianza mutua o en la dinámica de confrontación interna solo conduce a un resultado: la perpetuación del adversario en el poder.


Y eso, precisamente, es lo que se dice querer evitar. 

Por España, siempre por Espańa. 


Cuando la verdad incomoda: la historia que nadie quiso aceptar

A mediados del siglo XIX, en el Hospital General de Viena, la medicina vivía una paradoja cruel: cuanto más “avanzada” era la atención, más morían las pacientes.


En la Primera Clínica de Maternidad, atendida por médicos y estudiantes, hasta un 30% de las mujeres fallecían tras dar a luz. Fiebres altísimas, dolor insoportable, una evolución rápida hacia la muerte. En la Segunda Clínica, dirigida por matronas, la mortalidad era muy inferior.


Nadie encontraba explicación.

Se hablaba de miasmas, de influencias del aire, incluso de castigos divinos.


Excepto uno.


Ignaz Semmelweis, un joven obstetra, empezó a observar lo que otros no querían ver. No buscaba teorías complejas; buscaba una causa real. Algo medible. Algo que explicara por qué la diferencia entre ambas clínicas era tan brutal.


Y entonces ocurrió el hecho que lo cambió todo.


Su colega, Jakob Kolletschka, murió tras un corte accidental durante una autopsia. La evolución clínica fue idéntica a la de las mujeres con fiebre puerperal.


Semmelweis entendió.


Cada mañana, los médicos comenzaban el día en la sala de disección, manipulando cadáveres con las manos desnudas. No existían guantes, ni antisepsia, ni el concepto mismo de infección como hoy lo entendemos. Después, sin una limpieza real —apenas un lavado superficial— pasaban directamente a la sala de partos.


Y allí, introducían esas manos en el cuerpo de las mujeres.


Hoy lo describiríamos sin ambigüedad:

tejido necrótico y material contaminado cargado de bacterias era transferido directamente al útero, un órgano vulnerable tras el parto, con heridas abiertas y condiciones ideales para la infección.


Entonces, Semmelweis solo pudo llamarlo de una forma:

“partículas cadavéricas”.


La conclusión era devastadora:


👉 no era el aire

👉 no era el destino

👉 eran los médicos


Sin saberlo, estaban actuando como vectores de infección.


Semmelweis tomó una decisión simple y radical: obligó a todo el personal a lavarse las manos con una solución de cal clorada antes de atender a cualquier paciente.


El efecto fue inmediato.


La mortalidad cayó del 18% a cifras cercanas al 1%.

Hubo meses en los que prácticamente desapareció.


Había encontrado la causa.

Había encontrado la solución.


Y, sin embargo, nadie quiso aceptarlo.


Su superior, Johann Klein, rechazó sus conclusiones. La comunidad médica no refutó los datos: los ignoró. Porque aceptar aquello implicaba algo insoportable para la mentalidad de la época:


admitir que el propio acto médico estaba matando pacientes.


El problema ya no era científico.

Era moral.

Era jerárquico.

Era humano.


Semmelweis fue ridiculizado, apartado y finalmente expulsado. Sus publicaciones fueron despreciadas, sus ideas tachadas de exageradas. Mientras tanto, en toda Europa, las mujeres seguían muriendo por una causa evitable.


La impotencia lo consumió.


Se volvió incómodo, insistente, obsesivo. Escribía a otros médicos llamándolos responsables de esas muertes. Pero el sistema ya lo había señalado.


En 1865, fue engañado para ingresar en un manicomio. Allí fue reducido con violencia, golpeado y encerrado. Una herida en su mano se infectó.


Murió días después por septicemia.


Exactamente por aquello que había enseñado a prevenir.


Décadas más tarde, Louis Pasteur y Joseph Lister demostrarían científicamente la existencia de los gérmenes y validarían lo que Semmelweis ya había probado en la práctica.


Pero él ya no estaba.


La historia de Semmelweis no es solo un episodio de la medicina.


Es una lección incómoda:


  • La evidencia no siempre cambia las cosas
  • El mérito no siempre es reconocido
  • Y la verdad, cuando señala al poder, suele ser rechazada



Porque el mayor obstáculo no fue la falta de conocimiento.

Fue la incapacidad de aceptar sus consecuencias.


Hoy el lavado de manos es un gesto automático.

Pero hubo un tiempo en que decirlo en voz alta significaba enfrentarse a todo un sistema.

Y perder.


jueves, 9 de abril de 2026

La sociedad del favor


No empezó como una excepción. Empezó como un síntoma. Casos de dirigentes que alcanzan el poder envueltos en polémicas, trayectorias cuestionadas y decisiones sostenidas en equilibrios frágiles. Instituciones que acogen a formaciones herederas de entornos que en otro tiempo legitimaron la violencia. Escenarios donde incluso se llega a blanquear o exaltar a quienes formaron parte del terror. Todo ello no como episodios aislados, sino como expresión de una inversión de valores éticos que ya no sorprende, porque se ha normalizado.


Pero el verdadero problema no está solo arriba.


Ese paisaje es el reflejo de algo más profundo, más antiguo, más extendido: una sociedad que ha ido desplazando el mérito y el esfuerzo como ejes de progreso, sustituyéndolos por redes de influencia, afinidades interesadas y una cultura del favor que se aprende desde abajo.


Desde etapas tempranas se interioriza una lógica silenciosa. No basta con saber, hay que conocer. No basta con trabajar, hay que posicionarse. Las relaciones dejan de ser un vínculo humano para convertirse en una herramienta. La amistad, en ocasiones, se convierte en inversión. El contacto adecuado pesa más que la capacidad demostrada.


Así se configura una ética deformada.


El enchufismo deja de percibirse como anomalía para instalarse como norma tácita. Se justifica como mecanismo de supervivencia, se disfraza de oportunidad, se diluye en el “siempre ha sido así”. Y en ese proceso, se difuminan las fronteras entre lo aceptable y lo irregular. Favores que cruzan líneas, silencios que encubren, conductas que en otro contexto serían inaceptables, pero que aquí encuentran acomodo.


En este entorno, el individuo que pretende ser íntegro, cumplidor, honesto, queda desplazado.


No porque sea incapaz, sino porque no participa del juego. Porque no intercambia favores, no cultiva dependencias, no acepta atajos. Y eso lo convierte en una figura incómoda, prescindible, fácilmente sustituible por perfiles más adaptados a la lógica dominante. Se produce así una selección adversa: no ascienden necesariamente los más competentes, sino los más eficaces en la gestión de influencias.


Las consecuencias son profundas.


Las instituciones pierden calidad porque no siempre están ocupadas por los mejores. La confianza social se erosiona porque la percepción de justicia se debilita. El esfuerzo deja de ser incentivo cuando no se traduce en resultados. Y la corrupción deja de ser un escándalo excepcional para convertirse en un mecanismo funcional, integrado en la dinámica cotidiana.


El problema, por tanto, no es únicamente quién llega arriba, sino cómo se ha aprendido a ascender desde abajo.


Cuando una sociedad deja de premiar el mérito y normaliza el atajo, no solo se vuelve injusta. Se vuelve ineficiente, frágil, vulnerable. Y lo más inquietante no es la existencia de estas dinámicas, sino su aceptación.


Porque una sociedad no se define por los valores que proclama, sino por los que, en la práctica, recompensa.