Vox debe reflexionar con seriedad sobre su estrategia actual, que está generando una progresiva desafección popular.
En el foro interno: La política no puede convertirse en una “escabechina” interna contra quienes discrepan. La fortaleza de un proyecto no se mide por la uniformidad impuesta, sino por la capacidad de integrar, debatir y construir sin purgas constantes. La eliminación de voces críticas debilita, no fortalece. La democracia en el partifi debe ser imperativa. No a orbanes.
En cuanto a sus relaciones con la democracia: Tampoco resulta comprensible la dilación sistemática en las negociaciones con gobiernos autonómicos. España, las autonomías, no puede permitirse meses de bloqueo institucional mientras los acuerdos se enquistan por posiciones rígidas o maximalistas. Ya lo hemos visto en comunidades como Extremadura y Castilla y León: el tiempo pasa, la gestión se paraliza y el ciudadano queda al margen.
El objetivo político declarado es claro: poner fin al actual Gobierno de Pedro Sánchez, al sanchismo y su red clientelar corrupta. Sin embargo, ese objetivo no se alcanza desde la confrontación estéril con el Partido Popular, sino desde la negociación inteligente, la estrategia compartida y la construcción de mayorías.
En política, el todo es más importante que la suma de las partes. Si el fin es desalojar al sanchismo del poder, la cooperación entre fuerzas afines no es una opción: es una necesidad.
Persistir en el bloqueo, en la desconfianza mutua o en la dinámica de confrontación interna solo conduce a un resultado: la perpetuación del adversario en el poder.
Y eso, precisamente, es lo que se dice querer evitar.
Por España, siempre por Espańa.

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