
A veces, el fútbol es tan cruel como hermoso. La selección femenina de fútbol nos ha regalado un campeonato de ensueño, una Eurocopa 2025 para recordar, cargada de entrega, juego brillante y una conexión con la afición que trasciende el resultado. Pero en la final, en ese último paso hacia la gloria, la suerte decidió mirar hacia otro lado.
No fue una derrota. Fue un empate que se resistió al tiempo reglamentario, a la prórroga, y que acabó en esa ruleta despiadada de los penaltis. Allí donde no siempre gana el mejor, sino quien acierta un centímetro más o falla un suspiro menos. Y esta vez, el balón decisivo no quiso entrar.
Podríamos hablar de justicia, de merecimientos, de lo que pudo ser. Pero no. Hoy hay que hablar de lo que fue: una generación que ha llevado el fútbol femenino español a lo más alto, que ha hecho vibrar a un país, que ha demostrado carácter, temple y talento. De jugadoras que no bajaron los brazos, que pelearon cada balón como si fuera el último, que han escrito una historia de orgullo y coraje.
Porque las finales no solo se ganan en el marcador. También se ganan en el alma de quienes lo dieron todo. Y ellas lo dieron todo.
La Eurocopa 2025 se les escapó por milímetros. Pero el respeto, la admiración y el corazón de millones ya lo tienen. Para muchas, hoy duele. Pero el tiempo pondrá esta gesta en el lugar que merece. Porque el fútbol, como la vida, no siempre premia de inmediato. A veces lo hace en la memoria.
Son las mejores. Pero el gol no entró.
Y aun así, se han ganado la eternidad.

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