Pagamos impuestos —y no pocos— con la promesa de que servirán para sostener servicios públicos: sanidad, educación, transporte, justicia, protección social. El contrato social dice que contribuimos entre todos para que nadie quede atrás. Pero la realidad es otra.
📉 El Estado recauda, pero no redistribuye: dilapida
Lo que vemos no es eficiencia ni equidad. Lo que vemos son:
- Obras públicas infladas, adjudicadas a dedo.
- Subvenciones fantasmas a fundaciones de dudosa utilidad.
- Contratos opacos, “asesores” sin méritos, enchufes por doquier.
- Y por supuesto, estructuras administrativas sobredimensionadas que no sirven al ciudadano, sino a sí mismas.
Mientras tanto, los hospitales colapsan, las escuelas públicas se deterioran, los alquileres se disparan, y los trenes llegan tarde (si es que llegan).
💸 Pagamos impuestos para mantener privilegios, no servicios
Lo más doloroso no es lo que se recauda, sino cómo se gasta. Porque no se trata de que no haya dinero: sí lo hay, pero se reparte mal y se gestiona peor.
Los impuestos han dejado de ser una herramienta de justicia social para convertirse en una cadena de transferencia directa desde el esfuerzo del ciudadano hacia la comodidad de una élite política, empresarial y mediática.
🧠 Nos exigen responsabilidad mientras practican la impunidad
¿Quién se responsabiliza por los sobrecostes, por los contratos fraudulentos, por los cargos inventados?
Nadie dimite. Nadie devuelve. Nadie responde.
Nosotros sí: con cada IRPF, con cada IVA, con cada tasa municipal.
🔚 Conclusión: la verdadera pobreza es el abuso del poder
No se trata de estar en contra de los impuestos. Se trata de exigir que cumplan su función: servir al pueblo, no al poder.
Hasta que eso no cambie, lo que hay no es un sistema de justicia fiscal, sino un sistema de expolio legalizado.

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