Un país que asiste atónito... y cansado
Cada día, titulares de corrupción, privilegios y blindajes sacuden la agenda pública. Da igual el partido o la ideología: el patrón se repite. Contratos opacos, redes clientelares, enchufismo institucionalizado, puertas giratorias y una justicia que, cuando llega, lo hace tarde y mal.
Mientras tanto, la ciudadanía asiste a todo esto con una mezcla de escepticismo, rabia y resignación. “Siempre ha sido así”, dicen algunos. “Todos son iguales”, repiten otros. Y así, poco a poco, se va erosionando no solo la confianza, sino también la voluntad de cambiar las cosas.
La corrupción ya no es la excepción: es la mecánica
Cuando la corrupción se convierte en práctica sistemática y no en error puntual, el sistema democrático empieza a parecer más una fachada que una realidad. Los partidos se blindan, los cargos se reciclan, los escándalos se olvidan con velocidad pasmosa, y nadie asume responsabilidades.
Peor aún: muchos de estos abusos se hacen dentro de la legalidad, porque las reglas del juego se han diseñado para proteger al jugador… no al espectador.
¿Qué podemos hacer?
No todo está perdido. Aunque cueste creerlo, aún hay margen para reaccionar y reconstruir. Pero eso exige más que indignación pasiva: requiere participación activa y compromiso sostenido.
1. Exigir responsabilidad real
No podemos normalizar que quien roba siga en política, ni que quien lo encubre se lave las manos. Hay que exigir responsabilidades, no solo penales, sino políticas y éticas. Y eso empieza por no premiarlos en las urnas.
2. Fortalecer la sociedad civil
Si los partidos han fallado, que no falle la ciudadanía. Existen asociaciones, plataformas, medios independientes y grupos de vigilancia que necesitan apoyo. La presión organizada funciona: expone, incomoda y, a veces, obliga a actuar.
3. Apostar por reformas estructurales
España necesita abrir el debate sobre cambios profundos en su sistema institucional. Algunos ejemplos:
-
Listas abiertas para que podamos elegir personas, no solo siglas.
-
Transparencia obligatoria en contratos públicos y sueldos.
-
Protección real para los denunciantes de corrupción.
-
Inhabilitación política inmediata para corruptos condenados.
-
Y, sobre todo, despolitización efectiva del poder judicial.
¿Sistema roto? No. Sistema secuestrado.
La democracia española no está muerta, pero sí está secuestrada. Por élites que la han convertido en su cortijo particular. Por estructuras diseñadas para la opacidad y la impunidad. Por una cultura política que ha confundido servicio público con reparto de botín.
La buena noticia es que no todo está en sus manos. También está en las nuestras.

No hay comentarios:
Publicar un comentario