Muchos sanitarios lo dicen claro:
“No nos vamos por dinero. Nos vamos por respeto. Por estabilidad. Por poder mirar al futuro sin miedo.”
En España, un médico puede pasar más de 10 años enlazando contratos temporales por días, semanas o guardias. La incertidumbre no es algo puntual: es una política estructural.
🧨 Una sanidad pública que se vacía por dentro
El problema no es solo laboral, es estratégico.
¿Qué pasa cuando los que deberían cuidar de ti están agotados, enfadados o directamente ausentes?
La sanidad pública se debilita, se colapsa o se privatiza por abandono. Y entonces, el paciente —tú, yo, todos— paga el precio.
💰 ¿Vocación o castigo? La brecha salarial que expulsa a nuestros sanitarios
Uno de los principales motivos por los que médicos y enfermeros españoles hacen las maletas no es solo la falta de estabilidad, sino también la enorme diferencia salarial respecto a otros países. La comparación resulta casi insultante:


🧑💼 Cuando la sanidad se gestiona con carnet, no con criterio
Uno de los factores más graves —y menos visibles— del deterioro del sistema sanitario español es la forma en que se elige a quienes lo gestionan.
En demasiadas ocasiones, los puestos clave en la administración sanitaria no los ocupan profesionales con experiencia en salud pública o gestión hospitalaria, sino personas afines al partido de turno, designadas por lealtad política y no por mérito.
- Se colocan cargos intermedios, directivos e incluso gerentes de hospitales sin experiencia en el ámbito sanitario.
- Muchos no han trabajado nunca en un quirófano, un centro de salud ni un despacho técnico.
- Su única “habilidad” demostrada: tener carné del partido correcto o haber sido fiel al aparato político.
Esta práctica devalúa la gestión, desmotiva al personal sanitario y desconecta las decisiones de la realidad de los centros. ¿Cómo va a tomar decisiones acertadas sobre recursos, turnos, personal o protocolos alguien que no sabe cómo funciona un hospital o un Centro de Salud por dentro?
🎯 Resultado: decisiones erráticas, despilfarro y caos
La consecuencia directa de esta politización es un sistema donde:
- Se priorizan los equilibrios internos de partido por encima del interés sanitario.
- Se aprueban planes improvisados, irreales o imposibles de ejecutar.
- Los profesionales de base no son escuchados, porque el que manda no los entiende… ni quiere hacerlo.
Y mientras tanto, los buenos se van, y los que se quedan, arden por dentro.
🛠️ ¿Qué se debería hacer (y no se hace)?
- Reformar el modelo de contratación para garantizar estabilidad real.
- Invertir de verdad en atención primaria y personal sanitario, no en marketing.
- Escuchar a los profesionales, no solo a los consejeros políticos.
- Evitar que las plazas MIR queden vacías por desmotivación.
- Convertir la sanidad en una prioridad de Estado, no en un campo de batalla electoral.
✅ Conclusión: no es que se vayan, es que los echamos
No estamos perdiendo sanitarios. Estamos expulsándolos. Los preparamos con dinero público, los exprimimos con contratos indignos y luego los vemos marcharse con cara de sorpresa. España no tiene un problema de talento. Tiene un problema de maltrato institucional a su talento.
España forma a algunos de los mejores sanitarios del mundo, pero luego los expulsa con sueldos congelados, contratos precarios y ningún horizonte profesional.
En países donde se valora su trabajo, reciben el doble o el triple… y estabilidad desde el primer día.
No es un problema de fuga de cerebros. Es un caso de expulsión estructural de talento.

En tiempos de crisis, el miedo es más útil que la esperanza. Y pocos discursos funcionan mejor en la política española actual que este:
Acaba de estallar otro escándalo político: Noelia Núñez, diputada y vicesecretaria del PP, ha admitido que incluyó títulos universitarios falsos en su currículum. Una confesión que le costó la dimisión de todos sus cargos. Pero este caso no es aislado: según distintas fuentes, se han detectado al menos una veintena de políticos del PSOE con currículums manipulados o directamente inventados. El caso Núñez no ha hecho más que levantar la alfombra.


Pagamos impuestos —y no pocos— con la promesa de que servirán para sostener servicios públicos: sanidad, educación, transporte, justicia, protección social. El contrato social dice que contribuimos entre todos para que nadie quede atrás. Pero la realidad es otra.