Como si el cielo les perteneciera.
Volaban hacia sus respectivos nidos.
No se buscaban.
No se sabían llamados.
No intuían el destino
escrito en la fatiga del metal.
Pero el azar —
o la torpe mano del hombre,
o el cansancio antiguo de los tornillos y las vigas—
les quebró el vuelo.
Y en un solo latido
fundieron sus alas,
no en caricia
sino en reproche,
en un abrazo imposible
del que nació la hecatombe.
En sus entrañas viajaban cientos de vidas,
como cigüeñas cargadas de almas:
nombres pronunciados en voz baja,
proyectos a medio decir,
rutinas aún tibias,
besos aplazados para otro día,
futuros que no llegaron a estrenarse.
Algunas quedaron allí,
ancladas al instante,
detenidas para siempre.
Otras regresaron
con el cuerpo herido
o con la memoria marcada
como una cicatriz que no aprende a cerrarse.
A esa maldita hora,
cuando el sol ya se había retirado,
el cernícalo cruzaba los olivares andaluces,
suspendido en el aire,
lanzando graznidos
que hoy el recuerdo convierte en presagio.
A esa maldita hora,
cuando el vencejo se recoge
y el cielo empieza a vaciarse,
la tierra respiraba
sin saber.
A esa maldita hora,
el aire aún olía a tierra caliente,
a polvo antiguo
A aceituna amarga.
Los olivares, alineados como un rezo antiguo,
guardaban la última luz del día.
Las lomas se oscurecían despacio,
con la paciencia de lo eterno,
sin saber.
Alguna luz se encendía en las casas blancas.
Una radio murmuraba en la cocina.
El pan recién horneado
reposaba sobre la mesa.
Todo seguía en su sitio.
A esa maldita hora,
cuando Andalucía se vestía de noche
para cerrar, sin saberlo,
Un domingo más.
Ojalá hubiera sido así.
Pero no.
Porque entonces
Comenzaba la noche más oscura de todas.
Una noche sin nombres,
sin relojes,
sin regreso.
La noche del hierro abierto,
de los gritos atrapados en la distancia,
de la sangre mezclada con tierra y aceite,
de la vida rompiéndose
sin tiempo para despedidas.
Una noche trágica.
Una noche mortal.
Y aún hoy, días después de la tragedia,
Decenas de almas no descansan.
Siguen suspendidas
entre los cuerpos ya inertes
de los desventurados pájaros de hierro,
aferradas al metal frío,
al segundo detenido
En el que todo se quebró.
Sus familias esperan.
Ansían un reencuentro inevitable,
pero impredecible
en su forma
y en su tiempo.
Ahora llega vestido de luto y de dolor
lo que debió haber sido
amor intacto,
alegría intacta.
Y Adamuz,
ese pueblo hasta entonces discreto, casi invisible,
y desde ahora señalado para siempre,
Se echó a la calle.
Salió sin preguntas,
sin órdenes,
con lo único que tenía:
manos abiertas,
mantas,
palabras torpes,
Silencios compartidos.
Para asistir a los heridos.
Para sostener cuerpos rotos.
Para intentar consolar —en lo posible—
a esas almas heridas para siempre
por los pájaros de hierro
que dejaron de volar
Y se convirtieron en trampa mortal.
Desde entonces,
Adamuz ya no es solo un nombre.
Es una noche detenida.
Es el recuerdo de un pueblo
que aprendió a salir a la calle
a esa maldita hora.


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