Hay una pregunta que rara vez se formula en voz alta, pero que —de manera silenciosa— rige la vida de casi todos:
¿Cómo quiero estar en el mundo?
No me refiero a dónde vivir, qué trabajo hacer o cuánto dinero ganar. Me refiero a algo más íntimo y, a la vez, más decisivo:
¿Quiero estar en el mundo desde la ambición o desde la bondad?
Porque, aunque nos llenemos de matices, en los momentos importantes —cuando se elige— las personas suelen responder desde uno de esos dos lugares.
Y hoy esa elección está más expuesta que nunca.
Vivimos una época en la que la gente sensata baja la voz para no provocar a los que gritan. Una época en la que la mentira no busca convencer, sino confundir. Una época en la que el debate se ha sustituido por el insulto, y la educación por la agresividad. En este clima, cada persona termina eligiendo cómo quiere estar en el mundo: desde la ambición o desde la bondad. Pero quizá la pregunta real sea otra:
¿Son compatibles? ¿O estamos condenados a escoger entre ganar y ser decentes?
Una época hostil para el pensamiento y la serenidad
Estamos viviendo un tiempo extraño: un tiempo en el que la sensatez, la educación y la cultura parecen haberse convertido, casi, en un problema.
Como si pensar fuese sospechoso.
Como si la calma fuese debilidad.
Como si la prudencia fuese cobardía.
Como si la ignorancia fuese una virtud.
Como si el conocimiento fuese una tropelía.
Y ocurre algo todavía más inquietante: muchas personas razonables han aprendido a hablar menos, a explicarse peor o a callar, no por falta de argumentos, sino por cansancio.
Porque discutir con quien no busca comprender, sino vencer, es agotador.
La mentira constante: cuando nadie cree nada
Se atribuye a Hannah Arendt una idea que, con independencia de su formulación exacta, resulta inquietantemente certera:

La mentira constante no tiene como obEl objetivo no es que adoptes una versión falsa: el objetivo es destruir tu capacidad de distinguir: Verdad / mentira. Bien / mal. Justicia / abuso.
Y cuando una sociedad no distingue, queda indefensa. No frente a las ideas, sino frente al poder.
Ignorancia como orgullo: una enfermedad social
Isaac Asimov lo advirtió con crudeza: cuando empieza a instalarse la noción de “mi ignorancia vale tanto como tu conocimiento”, el pensamiento deja de ser un valor compartido y se convierte en objeto de burla.
Y entonces el conocimiento deja de ser luz para convertirse en provocación.
En ese contexto, el anti-intelectualismo no es solo ignorancia: es hostilidad hacia quien intenta explicar.
Y en esa hostilidad, la convivencia se rompe.

Ambición: ¿virtud o amenaza?
La ambición no es mala por definición. De hecho, el mundo necesita personas ambiciosas: personas con hambre de mejorar, con disciplina, con proyectos, con objetivos.
La ambición puede ser:
- motor de crecimiento
- impulso de mejora
- compromiso con la excelencia
- responsabilidad con uno mismo
Pero cuando la ambición deja de ser crecimiento… y se convierte en conquista del prójimo, aparece el problema.
Ambición y bondad: ¿incompatibles?
Conviene detenerse aquí y hacerse una pregunta incómoda:
¿Son la ambición y la bondad necesariamente incompatibles?
Mi respuesta es no.
Hay una ambición legítima y valiosa: la ambición constructiva, la que se basa en una idea simple y poderosa:
La ambición puede ser disciplina. Puede ser vocación. Puede ser orgullo limpio por el trabajo bien hecho.
Y, de hecho, muchas de las personas más bondadosas que hemos conocido han sido profundamente ambiciosas en el mejor sentido: ambiciosas para aprender más, para hacer mejor las cosas, para ayudar más, para elevar el nivel de su entorno.
La ambición depredadora
El problema aparece con lo que podríamos llamar ambición depredadora: la ambición que no se orienta al propio desarrollo sino al sometimiento del otro.
No compite: arrastra.
No propone: impone.
No construye: se apropia.
Suele venir acompañada de rasgos muy reconocibles:
- soberbia intelectual o moral
- desprecio por los matices
- intolerancia a la discrepancia
- agresividad como forma habitual de comunicación
- obsesión por “ganar” conversaciones
- necesidad de humillar para sentirse superior
Esa ambición no busca mejorar: busca dominar.
Cuando el lenguaje se vuelve un arma
En muchos escenarios actuales, el lenguaje ya no es una herramienta para comprender: es un arma para clasificar, excluir o señalar.
Y lo grave no es solo el ruido; lo grave es que el ruido termina imponiendo normas:
- qué se puede decir
- cómo se debe decir
- qué palabras están permitidas
- qué ideas se castigan
- qué matices “no se toleran”
No es inclusión: es control.
No es empatía: es sometimiento.
La cultura del debate: no imponer, sino convivir
Aquí aparece algo esencial —y hoy tristemente en retroceso—: la importancia del debate.
Pero del debate de verdad.
No del debate como ring.
No del debate como teatro.
No del debate como humillación pública del adversario.
El debate auténtico parte de un principio que hoy parece un lujo moral:“Puedo defend

Porque tener convicciones no debería implicar fanatismo. Y estar convencidos no debería convertirnos en violentos.
Debatir no es imponer.
Debatir es comprender, delimitar, aprender, poner a prueba nuestras ideas y —si somos verdaderamente inteligentes— mejorar gracias a la fricción con lo distinto.
Cuando se pierde el debate, solo queda el grito
Cuando se pierde el debate como cultura, lo que queda es el grito.
Y cuando lo que queda es el grito, ocurren dos tragedias simultáneas:
- los agresivos ganan espacio
- los sensatos se retiran
Y ese es el inicio del verdadero deterioro: no porque los brutos sean mayoría, sino porque los decentes se cansan.
Libertad: sin virtud, no se sostiene
Herbert Hoover dejó una frase que debería estar escrita en mármol:
“Es una paradoja que todo dictador haya subido al
propia”.
Este punto es crucial: la libertad no se sostiene sola.
Necesita carácter.
Necesita ética.
Necesita límites internos.
Porque la libertad sin bondad y sin virtud se convierte fácilmente en una autopista hacia la tiranía.
Bondad: la fortaleza más difícil
A veces se trata la bondad como un rasgo decorativo, casi como ingenuidad.
Pero no.
La bondad, en tiempos hostiles, es una forma de resistencia.
Ser bueno cuando todo empuja a ser cruel.
Ser noble cuando lo rentable es ser cínico.
Ser educado cuando la moda es ser agresivo.
Eso exige:
- autocontrol
- inteligencia emocional
- coraje moral
- visión a largo plazo
- renuncia al aplauso fácil
La bondad es exigente porque no te permite la salida cómoda del desprecio.
Conclusión: ambición con bondad o depredación con premio
Volvemos al inicio:
¿Ambición y bondad pueden convivir?
Sí. Y más aún: deberían.
Porque:
- la ambición, sin bondad, se convierte en depredación
- la bondad, sin ambición, puede convertirse en resignación
Tal vez la síntesis más lúcida sea esta:mejorar, pero sé bondadoso par
Porque al final, el mundo no se rompe solo por los malos. Se rompe cuando los buenos se cansan de discutir y eligen callar.
Y quizá, en esta época, lo verdaderamente revolucionario no sea “ganar”: sino conservar el respeto, defender la verdad y seguir debatiendo sin convertir al otro en enemigo.
Dicho el 21 de Enero de 2026.

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