Hoy el tiempo se detiene.
Cristo ya no camina…
queda elevado, entregado,
suspendido entre el cielo y la tierra
en la hora más honda del amor.
El Jueves Santo no necesita palabras.
Todo está dicho en ese cuerpo abierto,
en esos brazos que no se cierran,
en esa mirada que, aun en el dolor, sigue amando.
El rojo que lo envuelve no es solo adorno…
es anuncio.
Es la antesala del sacrificio,
el silencio que precede a lo eterno.
A sus pies, la Madre.
Callada. Firme. Inquebrantable.
Como saben estar las que aman de verdad:
sin ruido, sin huida, sin condiciones.
Y el alma, al contemplarlo, entiende algo sencillo y enorme:
que hay entregas que no se negocian,
que hay amores que no se explican,
que hay cruces que, sin saber cómo…
nos sostienen.
Jueves Santo.
La noche en la que todo cambia.
Y en este altar, en lo íntimo,
Cristo no pasa…
Se queda.

En este rincón del hogar, donde el silencio se hace oración,

