sábado, 17 de enero de 2026

Ambición depredadora o bondad: dos formas de estar en el mundo.

Hay una pregunta que rara vez se formula en voz alta, pero que —de manera silenciosa— rige la vida de casi todos:


¿Cómo quiero estar en el mundo?


No me refiero a dónde vivir, qué trabajo hacer o cuánto dinero ganar. Me refiero a algo más íntimo y, a la vez, más decisivo:


¿Quiero estar en el mundo desde la ambición o desde la bondad?


Porque, aunque nos llenemos de matices, en los momentos importantes —cuando se elige— las personas suelen responder desde uno de esos dos lugares.

Y hoy esa elección está más expuesta que nunca.

Vivimos una época en la que la gente sensata baja la voz para no provocar a los que gritan. Una época en la que la mentira no busca convencer, sino confundir. Una época en la que el debate se ha sustituido por el insulto, y la educación por la agresividad. En este clima, cada persona termina eligiendo cómo quiere estar en el mundo: desde la ambición o desde la bondad. Pero quizá la pregunta real sea otra:


¿Son compatibles? ¿O estamos condenados a escoger entre ganar y ser decentes?

Una época hostil para el pensamiento y la serenidad



Estamos viviendo un tiempo extraño: un tiempo en el que la sensatez, la educación y la cultura parecen haberse convertido, casi, en un problema.


Como si pensar fuese sospechoso.

Como si la calma fuese debilidad.

Como si la prudencia fuese cobardía.

Como si la ignorancia fuese una virtud.

Como si el conocimiento fuese una tropelía.


Y ocurre algo todavía más inquietante: muchas personas razonables han aprendido a hablar menos, a explicarse peor o a callar, no por falta de argumentos, sino por cansancio.


Porque discutir con quien no busca comprender, sino vencer, es agotador.


La mentira constante: cuando nadie cree nada

Se atribuye a Hannah Arendt una idea que, con independencia de su formulación exacta, resulta inquietantemente certera:



La mentira constante no tiene como obEl objetivo no es que adoptes una versión falsa: el objetivo es destruir tu capacidad de distinguir: Verdad / mentira. Bien / mal. Justicia / abuso. 

Y cuando una sociedad no distingue, queda indefensa. No frente a las ideas, sino frente al poder.


Ignorancia como orgullo: una enfermedad social


Isaac Asimov lo advirtió con crudeza: cuando empieza a instalarse la noción de “mi ignorancia vale tanto como tu conocimiento”, el pensamiento deja de ser un valor compartido y se convierte en objeto de burla.


Y entonces el conocimiento deja de ser luz para convertirse en provocación.


En ese contexto, el anti-intelectualismo no es solo ignorancia: es hostilidad hacia quien intenta explicar.


Y en esa hostilidad, la convivencia se rompe.






Ambición: ¿virtud o amenaza?


La ambición no es mala por definición. De hecho, el mundo necesita personas ambiciosas: personas con hambre de mejorar, con disciplina, con proyectos, con objetivos.


La ambición puede ser:


  • motor de crecimiento
  • impulso de mejora
  • compromiso con la excelencia
  • responsabilidad con uno mismo



Pero cuando la ambición deja de ser crecimiento… y se convierte en conquista del prójimo, aparece el problema.

Ambición y bondad: ¿incompatibles?


Conviene detenerse aquí y hacerse una pregunta incómoda:


¿Son la ambición y la bondad necesariamente incompatibles?


Mi respuesta es no.


Hay una ambición legítima y valiosa: la ambición constructiva, la que se basa en una idea simple y poderosa:


La ambición puede ser disciplina. Puede ser vocación. Puede ser orgullo limpio por el trabajo bien hecho.


Y, de hecho, muchas de las personas más bondadosas que hemos conocido han sido profundamente ambiciosas en el mejor sentido: ambiciosas para aprender más, para hacer mejor las cosas, para ayudar más, para elevar el nivel de su entorno.


La ambición depredadora


El problema aparece con lo que podríamos llamar ambición depredadora: la ambición que no se orienta al propio desarrollo sino al sometimiento del otro.


No compite: arrastra.

No propone: impone.

No construye: se apropia.


Suele venir acompañada de rasgos muy reconocibles:


  • soberbia intelectual o moral
  • desprecio por los matices
  • intolerancia a la discrepancia
  • agresividad como forma habitual de comunicación
  • obsesión por “ganar” conversaciones
  • necesidad de humillar para sentirse superior



Esa ambición no busca mejorar: busca dominar.


Cuando el lenguaje se vuelve un arma


En muchos escenarios actuales, el lenguaje ya no es una herramienta para comprender: es un arma para clasificar, excluir o señalar.


Y lo grave no es solo el ruido; lo grave es que el ruido termina imponiendo normas:


  • qué se puede decir
  • cómo se debe decir
  • qué palabras están permitidas
  • qué ideas se castigan
  • qué matices “no se toleran”



No es inclusión: es control.

No es empatía: es sometimiento.



La cultura del debate: no imponer, sino convivir


Aquí aparece algo esencial —y hoy tristemente en retroceso—: la importancia del debate.


Pero del debate de verdad.

No del debate como ring.

No del debate como teatro.

No del debate como humillación pública del adversario.


El debate auténtico parte de un principio que hoy parece un lujo moral:“Puedo defend


Porque tener convicciones no debería implicar fanatismo. Y estar convencidos no debería convertirnos en violentos.


Debatir no es imponer.


Debatir es comprender, delimitar, aprender, poner a prueba nuestras ideas y —si somos verdaderamente inteligentes— mejorar gracias a la fricción con lo distinto.


Cuando se pierde el debate, solo queda el grito



Cuando se pierde el debate como cultura, lo que queda es el grito.


Y cuando lo que queda es el grito, ocurren dos tragedias simultáneas:


  1. los agresivos ganan espacio
  2. los sensatos se retiran



Y ese es el inicio del verdadero deterioro: no porque los brutos sean mayoría, sino porque los decentes se cansan.


Libertad: sin virtud, no se sostiene



Herbert Hoover dejó una frase que debería estar escrita en mármol:


“Es una paradoja que todo dictador haya subido al propia”.


Este punto es crucial: la libertad no se sostiene sola.


Necesita carácter.

Necesita ética.

Necesita límites internos.


Porque la libertad sin bondad y sin virtud se convierte fácilmente en una autopista hacia la tiranía.




Bondad: la fortaleza más difícil


A veces se trata la bondad como un rasgo decorativo, casi como ingenuidad.


Pero no.


La bondad, en tiempos hostiles, es una forma de resistencia.


Ser bueno cuando todo empuja a ser cruel.

Ser noble cuando lo rentable es ser cínico.

Ser educado cuando la moda es ser agresivo.


Eso exige:


  • autocontrol
  • inteligencia emocional
  • coraje moral
  • visión a largo plazo
  • renuncia al aplauso fácil



La bondad es exigente porque no te permite la salida cómoda del desprecio.


Conclusión: ambición con bondad o depredación con premio


Volvemos al inicio:


¿Ambición y bondad pueden convivir?


Sí. Y más aún: deberían.


Porque:


  • la ambición, sin bondad, se convierte en depredación
  • la bondad, sin ambición, puede convertirse en resignación


Tal vez la síntesis más lúcida sea esta:mejorar, pero sé bondadoso par


 Porque al final, el mundo no se rompe solo por los malos. Se rompe cuando los buenos se cansan de discutir y eligen callar.


Y quizá, en esta época, lo verdaderamente revolucionario no sea “ganar”: sino conservar el respeto, defender la verdad y seguir debatiendo sin convertir al otro en enemigo.

Dicho el 21 de Enero de 2026. 

miércoles, 17 de diciembre de 2025

Huelga médica: Hablamos como médicos, pero no solo por nosotros

 Estos días, ante la huelga médica por un estatuto propio, echamos en falta algo que nos duele especialmente:

el apoyo explícito de la ciudadanía, de las asociaciones de pacientes y de otros colectivos que se benefician —cada día— de una atención sanitaria de calidad.


Hablamos como médicos, sí, pero no lo hacemos solo por nosotros.

Reivindicar un estatuto propio no es una cuestión corporativa ni un pulso de poder: es reclamar un marco laboral y profesional acorde con la responsabilidad que asumimos, con la formación que se nos exige y con el impacto directo que nuestro trabajo tiene sobre la vida de las personas.


Sin médicos bien tratados no hay buena medicina.

Sin estabilidad, sin reconocimiento, sin tiempo para atender, pensar y decidir con rigor clínico, la calidad asistencial se resiente. Y eso afecta al paciente, siempre.


Durante la pandemia sentimos el apoyo social en forma de aplausos. Fueron importantes, necesarios y emocionantes.

Pero los aplausos no pueden quedar vacíos si no se traducen después en respeto profesional, condiciones dignas y un sistema que cuide a quienes cuidan.


Durante años hemos sostenido el sistema con sobrecarga, precariedad y silencio.

Ahora levantamos la voz no desde el privilegio, sino desde la responsabilidad.


Por eso nos gustaría sentir que esta reivindicación no camina sola.

La sanidad pública es un bien común y su defensa debería ser compartida.


Cuando los médicos pedimos condiciones dignas, estamos defendiendo una mejor atención para todos.

El silencio, también aquí, es una forma de posicionarse.

Ciudadano, exprésate ahora. 


lunes, 15 de diciembre de 2025

A PROPÓSITO DE MI JUBILACIÓN.

Durante cuarenta años y siete meses he ejercido la profesión de médico. Más de cuatro décadas de dedicación ininterrumpida a una tarea que nunca fue únicamente un empleo, sino una vocación profunda, una forma de estar en el mundo, una brújula que dio sentido a mi vida adulta.


Entré en Medicina con ilusión, con motivación y con la convicción —que entonces me parecía incuestionable— de que el esfuerzo, la formación continua y el compromiso con el paciente eran valores que merecían la pena. 

A lo largo de estas décadas he alcanzado muchos objetivos, probablemente la mayoría de los que me propuse. Casi siempre lo hice a base de sacrificio personal, renuncias familiares y, en no pocas ocasiones, incluso aportando recursos económicos propios para sostener lo que la institución no sostenía.


Pero el camino no estuvo marcado únicamente por las dificultades inherentes a la práctica clínica. 

He sufrido zancadillas. Y no de adversarios externos: de colegas, de compañeros, de los míos. 

He comprobado —con una tristeza que no debería ser necesaria en un entorno profesional— que la envidia es, en demasiados casos, un deporte nacional, y que cuando uno destaca, cuando trabaja, investiga, escribe o se esfuerza más de lo “cómodo” para el entorno, se convierte en objetivo.

No se premia la excelencia: se castiga.


La organización sanitaria a la que he pertenecido durante toda mi vida profesional ha demostrado, de forma reiterada, un desprecio profundo hacia los médicos. Nos ha maltratado con contratos precarios, inestables y humillantes. Ha convertido la promoción profesional en un mecanismo arbitrario, basado no en el mérito ni en el currículo, sino en la cercanía al jefe de turno, en la obediencia acrítica y en la adulación.

Todo es “a dedo”.

El esfuerzo no cuenta.

La trayectoria no importa.

El currículo —construido durante años con trabajo, formación y publicaciones— no vale absolutamente nada.


Los salarios son bajos, indignos de la responsabilidad que asumimos, y se aproximan peligrosamente al salario mínimo interprofesional, lo que supone una desvalorización explícita del médico como profesional altamente cualificado. He visto, con rabia y con impotencia, cómo se vaciaba de contenido el reconocimiento al conocimiento, a la experiencia y a la excelencia clínica. Como si todo diera igual. Como si nada mereciera respeto.


Por todo ello, me he jubilado contento. No porque abandone la Medicina —que sigue formando parte de mí—, sino porque he huido de un ambiente tóxico, injusto y profundamente desagradecido. No he dejado el trabajo: he escapado de un sistema que ya no merecía mi lealtad… ni mi salud mental.


Ahora me siento en paz. Y desde esa serenidad reconozco, con amargura, que tanto esfuerzo, tanto sufrimiento y tanta dedicación al paciente y a los compañeros valieron, institucionalmente, para muy poco. La satisfacción personal por todos aquellos pacientes que conseguí curar o aliviar, y la conciencia tranquila, son quizá el único saldo positivo que queda tras toda una vida de entrega.

Y no es poco.


Aun así, no todo está perdido. Creo —y quiero creer— que los cambios llegan, aunque sean lentos y dolorosos. Que las nuevas generaciones de médicos no aceptarán con la misma resignación lo que nosotros hemos tolerado durante demasiado tiempo. Que exigirán dignidad profesional, reconocimiento real y un sistema basado en el mérito, la transparencia y el respeto.


Yo me retiro con la tranquilidad de haber sido fiel a mis principios y a mis pacientes. Otros continuarán el camino. Y aunque el sistema hoy esté enfermo, también sé —como médico— que toda enfermedad puede mejorar si se reconoce, se afronta y se trata con honestidad.


Espero un cambio. No desde la ingenuidad, sino desde la experiencia. Y confío en que algún día ejercer la Medicina vuelva a ser motivo de orgullo institucional, no solo personal.

Mientras tanto, sigo aquí: libre, en paz y dispuesto a aportar desde otro lugar, con la palabra, con la memoria y con la verdad.


martes, 9 de diciembre de 2025

Discriminación laboral del médico: la gran vergüenza normalizada


Mientras muchas profesiones disfrutan de jornadas regladas, descansos garantizados, horas extra cotizadas y protección laboral real… los médicos seguimos siendo una excepción injusta dentro del sistema.


🔴 Las guardias no computan para la jubilación como deberían.

🔴 Trabajamos 24 horas seguidas sin que siempre se respete un descanso obligatorio real.

🔴 Una hora de guardia médica se paga muy por debajo de otras profesiones con mucha menos responsabilidad vital.


📌 Ejemplos claros:


🔧 Hora de taller mecánico de coches:

— Mano de obra: 35–60 € por hora.

— Jornada regulada.

— Hora extra cotiza.

— Descanso obligatorio por ley.


🩺 Hora de guardia médica en hospital público:

— Entre 15 y 22 € netos por hora, según comunidad autónoma.

— Tras 24 horas seguidas trabajando, muchas veces sin poder librar al día siguiente.

— Con reanimaciones, ictus, politraumatismos, sepsis, errores irreversibles, fallecimientos, agresiones y presión asistencial extrema.

— Y en muchos casos, sin que esa guardia cotice adecuadamente para la jubilación.


🔴 El mecánico repara un motor.

🔴 El médico decide si una persona vive o muere.

🔴 Pero el sistema valora más una hora de tornillos que una hora de vida humana.


No es una crítica a otras profesiones.

Es una denuncia de una desigualdad indecente.


📉 Menos derechos.

📉 Más responsabilidad.

📉 Mayor riesgo.

📉 Peores condiciones.


Luego nos preguntamos por qué hay médicos quemados, jóvenes que se van fuera, plazas que no se cubren y servicios al límite.


📢 Cuidar a quien cuida no es un eslogan. Es una obligación moral y política.


Hasta que esto no se corrija, hablar de “sistema sanitario fuerte” seguirá siendo solo propaganda.

Y podemos hablar de las agresiones a sanitarios: los políticos ofrecen servicios sanitarios para los que no ponen los recursos necesarios. Y de esa gran laguna el que pone la cara ante el usuario es el profesional sanitario. Se juega con la sanidad como instrumento de generar votos prescindiendo de los profesionales. Y el resultado es el caos. 


lunes, 29 de septiembre de 2025

Toreros, los últimos héroes

Una polémica eterna



La tauromaquia nunca ha dejado indiferente a nadie. Para unos es arte, tradición y cultura, para otros es crueldad, barbarie y violencia. Las plazas se llenan de aplausos y pañuelos, mientras las calles se llenan de pancartas y gritos contra la “tortura animal”. En medio de esa batalla, las palabras se convierten en armas: los detractores hablan de “asesinato”, los defensores de “lidia”, “arte” o “ritual”.

El peso de las palabras

Aquí conviene detenerse un momento. Porque más allá de la ideología, el gusto o la sensibilidad personal, las palabras importan. No es lo mismo hablar de un torero como “asesino” que como “matador”. No es lo mismo decir que un toro ha sido “asesinado” que “sacrificado”. La primera expresión pertenece al mundo humano, la segunda al animal.

El asesinato es propio de la muerte humana. Entre personas, sí se asesina.

Pero a un animal no se le asesina: se mata, se sacrifica.

Matadores, no asesinos

Por eso los toreros son matadores de toros, no asesinos.

Como tampoco lo son los cazadores, los carniceros, quienes realizan controles de plagas, o los médicos y veterinarios que investigan en animales para hallar una cura. Incluso los refugios y asociaciones animalistas, cuando no hay otra salida para un animal gravemente enfermo, recurren a la eutanasia. Matar no siempre es un acto cruel; a veces es una necesidad.

Decir que un torero “asesina” es falsear el lenguaje y convertirlo en arma ideológica. Otra cosa, distinta, es debatir sobre la ética de la tauromaquia, que es un debate legítimo. Pero no confundamos los términos: un torero mata al toro, no lo asesina.

El toro bravo: ¿defenderlo o condenarlo?

Aquí conviene recordar algo que los detractores a menudo olvidan: el toro bravo no existiría sin las corridas de toros. Es una especie seleccionada y cuidada durante siglos para un fin cultural y ritual muy concreto. Sin la lidia, el toro bravo sería un animal condenado a desaparecer, como tantos otros que solo perviven porque el hombre los cría y protege.

Decir que queremos “defender al toro” eliminando la tauromaquia es como pretender salvar un barco hundiéndolo para que no sufra tormentas. La paradoja es clara: si no hubiera corridas, no habría toros bravos. Habría vacas de carne, bueyes de establo, pero no ese animal único, criado para el rito y la bravura.

Los héroes modernos

José Saramago lo dijo con contundencia:

“Los toreros son los últimos héroes modernos que nos quedan.”

Y en cierto modo, también lo son los propios toros, criaturas que existen solo porque existe la lidia. En esa dialéctica trágica —hombre y toro, vida y muerte, arte y sacrificio— se mantiene viva una tradición que no se entiende desde la lógica de la producción, sino desde la lógica del símbolo.

👉 Podemos debatir sobre la tauromaquia, sí, pero hagámoslo con precisión, sin manipular el lenguaje ni caer en paradojas. Porque si algo está claro es que el toro bravo, como la propia cultura, vive solo mientras haya quien lo sostenga.

El toro bravo no es un animal de establo ni de granja. Nació para la lidia, para la plaza, para ese instante en que su vida se enfrenta a la muerte.

Muere allí, sí. Pero sin la plaza, sin la lidia, jamás habría nacido.