lunes, 15 de diciembre de 2025

A PROPÓSITO DE MI JUBILACIÓN.

Durante cuarenta años y siete meses he ejercido la profesión de médico. Más de cuatro décadas de dedicación ininterrumpida a una tarea que nunca fue únicamente un empleo, sino una vocación profunda, una forma de estar en el mundo, una brújula que dio sentido a mi vida adulta.


Entré en Medicina con ilusión, con motivación y con la convicción —que entonces me parecía incuestionable— de que el esfuerzo, la formación continua y el compromiso con el paciente eran valores que merecían la pena. 

A lo largo de estas décadas he alcanzado muchos objetivos, probablemente la mayoría de los que me propuse. Casi siempre lo hice a base de sacrificio personal, renuncias familiares y, en no pocas ocasiones, incluso aportando recursos económicos propios para sostener lo que la institución no sostenía.


Pero el camino no estuvo marcado únicamente por las dificultades inherentes a la práctica clínica. 

He sufrido zancadillas. Y no de adversarios externos: de colegas, de compañeros, de los míos. 

He comprobado —con una tristeza que no debería ser necesaria en un entorno profesional— que la envidia es, en demasiados casos, un deporte nacional, y que cuando uno destaca, cuando trabaja, investiga, escribe o se esfuerza más de lo “cómodo” para el entorno, se convierte en objetivo.

No se premia la excelencia: se castiga.


La organización sanitaria a la que he pertenecido durante toda mi vida profesional ha demostrado, de forma reiterada, un desprecio profundo hacia los médicos. Nos ha maltratado con contratos precarios, inestables y humillantes. Ha convertido la promoción profesional en un mecanismo arbitrario, basado no en el mérito ni en el currículo, sino en la cercanía al jefe de turno, en la obediencia acrítica y en la adulación.

Todo es “a dedo”.

El esfuerzo no cuenta.

La trayectoria no importa.

El currículo —construido durante años con trabajo, formación y publicaciones— no vale absolutamente nada.


Los salarios son bajos, indignos de la responsabilidad que asumimos, y se aproximan peligrosamente al salario mínimo interprofesional, lo que supone una desvalorización explícita del médico como profesional altamente cualificado. He visto, con rabia y con impotencia, cómo se vaciaba de contenido el reconocimiento al conocimiento, a la experiencia y a la excelencia clínica. Como si todo diera igual. Como si nada mereciera respeto.


Por todo ello, me he jubilado contento. No porque abandone la Medicina —que sigue formando parte de mí—, sino porque he huido de un ambiente tóxico, injusto y profundamente desagradecido. No he dejado el trabajo: he escapado de un sistema que ya no merecía mi lealtad… ni mi salud mental.


Ahora me siento en paz. Y desde esa serenidad reconozco, con amargura, que tanto esfuerzo, tanto sufrimiento y tanta dedicación al paciente y a los compañeros valieron, institucionalmente, para muy poco. La satisfacción personal por todos aquellos pacientes que conseguí curar o aliviar, y la conciencia tranquila, son quizá el único saldo positivo que queda tras toda una vida de entrega.

Y no es poco.


Aun así, no todo está perdido. Creo —y quiero creer— que los cambios llegan, aunque sean lentos y dolorosos. Que las nuevas generaciones de médicos no aceptarán con la misma resignación lo que nosotros hemos tolerado durante demasiado tiempo. Que exigirán dignidad profesional, reconocimiento real y un sistema basado en el mérito, la transparencia y el respeto.


Yo me retiro con la tranquilidad de haber sido fiel a mis principios y a mis pacientes. Otros continuarán el camino. Y aunque el sistema hoy esté enfermo, también sé —como médico— que toda enfermedad puede mejorar si se reconoce, se afronta y se trata con honestidad.


Espero un cambio. No desde la ingenuidad, sino desde la experiencia. Y confío en que algún día ejercer la Medicina vuelva a ser motivo de orgullo institucional, no solo personal.

Mientras tanto, sigo aquí: libre, en paz y dispuesto a aportar desde otro lugar, con la palabra, con la memoria y con la verdad.


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