martes, 20 de enero de 2026

A esa maldita hora


 

Los dos grandes pájaros de hierro 
cruzaban el aire
Como si el cielo les perteneciera.

Volaban hacia sus respectivos nidos.
No se buscaban.
No se sabían llamados.
No intuían el destino
escrito en la fatiga del metal.

Pero el azar —
o la torpe mano del hombre,
o el cansancio antiguo de los tornillos y las vigas—
les quebró el vuelo.

Y en un solo latido
fundieron sus alas,
no en caricia
sino en reproche,
en un abrazo imposible
del que nació la hecatombe.

En sus entrañas viajaban cientos de vidas,
como cigüeñas cargadas de almas:
nombres pronunciados en voz baja,
proyectos a medio decir,
rutinas aún tibias,
besos aplazados para otro día,
futuros que no llegaron a estrenarse.

Algunas quedaron allí,
ancladas al instante,
detenidas para siempre.

Otras regresaron
con el cuerpo herido
o con la memoria marcada
como una cicatriz que no aprende a cerrarse.

A esa maldita hora,
cuando el sol ya se había retirado,
el cernícalo cruzaba los olivares andaluces,
suspendido en el aire,
lanzando graznidos
que hoy el recuerdo convierte en presagio.

A esa maldita hora,
cuando el vencejo se recoge
y el cielo empieza a vaciarse,
la tierra respiraba
sin saber.

A esa maldita hora,
el aire aún olía a tierra caliente,
a polvo antiguo
A aceituna amarga.

Los olivares, alineados como un rezo antiguo,
guardaban la última luz del día.
Las lomas se oscurecían despacio,
con la paciencia de lo eterno,
sin saber.

Alguna luz se encendía en las casas blancas.
Una radio murmuraba en la cocina.
El pan recién horneado
reposaba sobre la mesa.

Todo seguía en su sitio.

A esa maldita hora,
cuando Andalucía se vestía de noche
para cerrar, sin saberlo,
Un domingo más.

Ojalá hubiera sido así.

Pero no.

Porque entonces
Comenzaba la noche más oscura de todas.

Una noche sin nombres,
sin relojes,
sin regreso.

La noche del hierro abierto,
de los gritos atrapados en la distancia,
de la sangre mezclada con tierra y aceite,
de la vida rompiéndose
sin tiempo para despedidas.

Una noche trágica.
Una noche mortal.

Y aún hoy, días después de la tragedia,
Decenas de almas no descansan.

Siguen suspendidas
entre los cuerpos ya inertes
de los desventurados pájaros de hierro,
aferradas al metal frío,
al segundo detenido
En el que todo se quebró.

Sus familias esperan.
Ansían un reencuentro inevitable,
pero impredecible
en su forma
y en su tiempo.

Ahora llega vestido de luto y de dolor
lo que debió haber sido
amor intacto,
alegría intacta.

Y Adamuz,
ese pueblo hasta entonces discreto, casi invisible,
y desde ahora señalado para siempre,
Se echó a la calle.

Salió sin preguntas,
sin órdenes,
con lo único que tenía:
manos abiertas,
mantas,
palabras torpes,
Silencios compartidos.

Para asistir a los heridos.
Para sostener cuerpos rotos.
Para intentar consolar —en lo posible—
a esas almas heridas para siempre
por los pájaros de hierro
que dejaron de volar
Y se convirtieron en trampa mortal.

Desde entonces,
Adamuz ya no es solo un nombre.

Es una noche detenida.

Es el recuerdo de un pueblo
que aprendió a salir a la calle
a esa maldita hora.

sábado, 17 de enero de 2026

Ambición depredadora o bondad: dos formas de estar en el mundo.

Hay una pregunta que rara vez se formula en voz alta, pero que —de manera silenciosa— rige la vida de casi todos:


¿Cómo quiero estar en el mundo?


No me refiero a dónde vivir, qué trabajo hacer o cuánto dinero ganar. Me refiero a algo más íntimo y, a la vez, más decisivo:


¿Quiero estar en el mundo desde la ambición o desde la bondad?


Porque, aunque nos llenemos de matices, en los momentos importantes —cuando se elige— las personas suelen responder desde uno de esos dos lugares.

Y hoy esa elección está más expuesta que nunca.

Vivimos una época en la que la gente sensata baja la voz para no provocar a los que gritan. Una época en la que la mentira no busca convencer, sino confundir. Una época en la que el debate se ha sustituido por el insulto, y la educación por la agresividad. En este clima, cada persona termina eligiendo cómo quiere estar en el mundo: desde la ambición o desde la bondad. Pero quizá la pregunta real sea otra:


¿Son compatibles? ¿O estamos condenados a escoger entre ganar y ser decentes?

Una época hostil para el pensamiento y la serenidad



Estamos viviendo un tiempo extraño: un tiempo en el que la sensatez, la educación y la cultura parecen haberse convertido, casi, en un problema.


Como si pensar fuese sospechoso.

Como si la calma fuese debilidad.

Como si la prudencia fuese cobardía.

Como si la ignorancia fuese una virtud.

Como si el conocimiento fuese una tropelía.


Y ocurre algo todavía más inquietante: muchas personas razonables han aprendido a hablar menos, a explicarse peor o a callar, no por falta de argumentos, sino por cansancio.


Porque discutir con quien no busca comprender, sino vencer, es agotador.


La mentira constante: cuando nadie cree nada

Se atribuye a Hannah Arendt una idea que, con independencia de su formulación exacta, resulta inquietantemente certera:



La mentira constante no tiene como obEl objetivo no es que adoptes una versión falsa: el objetivo es destruir tu capacidad de distinguir: Verdad / mentira. Bien / mal. Justicia / abuso. 

Y cuando una sociedad no distingue, queda indefensa. No frente a las ideas, sino frente al poder.


Ignorancia como orgullo: una enfermedad social


Isaac Asimov lo advirtió con crudeza: cuando empieza a instalarse la noción de “mi ignorancia vale tanto como tu conocimiento”, el pensamiento deja de ser un valor compartido y se convierte en objeto de burla.


Y entonces el conocimiento deja de ser luz para convertirse en provocación.


En ese contexto, el anti-intelectualismo no es solo ignorancia: es hostilidad hacia quien intenta explicar.


Y en esa hostilidad, la convivencia se rompe.






Ambición: ¿virtud o amenaza?


La ambición no es mala por definición. De hecho, el mundo necesita personas ambiciosas: personas con hambre de mejorar, con disciplina, con proyectos, con objetivos.


La ambición puede ser:


  • motor de crecimiento
  • impulso de mejora
  • compromiso con la excelencia
  • responsabilidad con uno mismo



Pero cuando la ambición deja de ser crecimiento… y se convierte en conquista del prójimo, aparece el problema.

Ambición y bondad: ¿incompatibles?


Conviene detenerse aquí y hacerse una pregunta incómoda:


¿Son la ambición y la bondad necesariamente incompatibles?


Mi respuesta es no.


Hay una ambición legítima y valiosa: la ambición constructiva, la que se basa en una idea simple y poderosa:


La ambición puede ser disciplina. Puede ser vocación. Puede ser orgullo limpio por el trabajo bien hecho.


Y, de hecho, muchas de las personas más bondadosas que hemos conocido han sido profundamente ambiciosas en el mejor sentido: ambiciosas para aprender más, para hacer mejor las cosas, para ayudar más, para elevar el nivel de su entorno.


La ambición depredadora


El problema aparece con lo que podríamos llamar ambición depredadora: la ambición que no se orienta al propio desarrollo sino al sometimiento del otro.


No compite: arrastra.

No propone: impone.

No construye: se apropia.


Suele venir acompañada de rasgos muy reconocibles:


  • soberbia intelectual o moral
  • desprecio por los matices
  • intolerancia a la discrepancia
  • agresividad como forma habitual de comunicación
  • obsesión por “ganar” conversaciones
  • necesidad de humillar para sentirse superior



Esa ambición no busca mejorar: busca dominar.


Cuando el lenguaje se vuelve un arma


En muchos escenarios actuales, el lenguaje ya no es una herramienta para comprender: es un arma para clasificar, excluir o señalar.


Y lo grave no es solo el ruido; lo grave es que el ruido termina imponiendo normas:


  • qué se puede decir
  • cómo se debe decir
  • qué palabras están permitidas
  • qué ideas se castigan
  • qué matices “no se toleran”



No es inclusión: es control.

No es empatía: es sometimiento.



La cultura del debate: no imponer, sino convivir


Aquí aparece algo esencial —y hoy tristemente en retroceso—: la importancia del debate.


Pero del debate de verdad.

No del debate como ring.

No del debate como teatro.

No del debate como humillación pública del adversario.


El debate auténtico parte de un principio que hoy parece un lujo moral:“Puedo defend


Porque tener convicciones no debería implicar fanatismo. Y estar convencidos no debería convertirnos en violentos.


Debatir no es imponer.


Debatir es comprender, delimitar, aprender, poner a prueba nuestras ideas y —si somos verdaderamente inteligentes— mejorar gracias a la fricción con lo distinto.


Cuando se pierde el debate, solo queda el grito



Cuando se pierde el debate como cultura, lo que queda es el grito.


Y cuando lo que queda es el grito, ocurren dos tragedias simultáneas:


  1. los agresivos ganan espacio
  2. los sensatos se retiran



Y ese es el inicio del verdadero deterioro: no porque los brutos sean mayoría, sino porque los decentes se cansan.


Libertad: sin virtud, no se sostiene



Herbert Hoover dejó una frase que debería estar escrita en mármol:


“Es una paradoja que todo dictador haya subido al propia”.


Este punto es crucial: la libertad no se sostiene sola.


Necesita carácter.

Necesita ética.

Necesita límites internos.


Porque la libertad sin bondad y sin virtud se convierte fácilmente en una autopista hacia la tiranía.




Bondad: la fortaleza más difícil


A veces se trata la bondad como un rasgo decorativo, casi como ingenuidad.


Pero no.


La bondad, en tiempos hostiles, es una forma de resistencia.


Ser bueno cuando todo empuja a ser cruel.

Ser noble cuando lo rentable es ser cínico.

Ser educado cuando la moda es ser agresivo.


Eso exige:


  • autocontrol
  • inteligencia emocional
  • coraje moral
  • visión a largo plazo
  • renuncia al aplauso fácil



La bondad es exigente porque no te permite la salida cómoda del desprecio.


Conclusión: ambición con bondad o depredación con premio


Volvemos al inicio:


¿Ambición y bondad pueden convivir?


Sí. Y más aún: deberían.


Porque:


  • la ambición, sin bondad, se convierte en depredación
  • la bondad, sin ambición, puede convertirse en resignación


Tal vez la síntesis más lúcida sea esta:mejorar, pero sé bondadoso par


 Porque al final, el mundo no se rompe solo por los malos. Se rompe cuando los buenos se cansan de discutir y eligen callar.


Y quizá, en esta época, lo verdaderamente revolucionario no sea “ganar”: sino conservar el respeto, defender la verdad y seguir debatiendo sin convertir al otro en enemigo.

Dicho el 21 de Enero de 2026.