viernes, 23 de enero de 2026

Cuando el mérito estorba: el precio de poner “amiguetes” al mando

​     Hay una degradación silenciosa —pero constante— que no suele ocupar titulares hasta que ya es demasiado tarde.


No tiene que ver con falta de presupuesto, ni con falta de profesionales cualificados, ni con “problemas inevitables” del sistema.


Tiene que ver con algo más corrosivo: la sustitución de la gestión técnica por la gestión partidista.

Y cuando eso ocurre, el deterioro de los servicios públicos no es un accidente: es una consecuencia lógica.

El mecanismo del deterioro: cómo se rompe un servicio público desde dentro


El proceso suele repetirse con una precisión casi clínica:


  1. Se coloca al frente no al más competente, sino al más afín.
    No se premia el conocimiento, se premia la lealtad.
    La experiencia técnica pasa a ser un adorno… o una amenaza.
  2. Los cargos se convierten en recompensas por favores pasados.
    No importa si el puesto exige preparación. Importa si “se lo merece” por el trabajo político realizado, por haber estado “cuando tocaba”, por ser “de los nuestros”.
  3. Se niega el déficit para que nada parezca mal gestionado.
    Reconocer un problema es reconocer responsabilidad. Así que se maquilla.
    Se impone la consigna: “Aquí todo funciona”.
  4. Se ningunean los avisos de los profesionales.
    Porque los profesionales no suelen decir lo que conviene, sino lo que es verdad.
    Y la verdad incomoda: obliga a actuar, a gastar, a cambiar, a asumir errores.
  5. Hasta que llega la tragedia.
    Y entonces el sistema, que llevaba tiempo tocado, se rompe.
    No porque fuera imprevisible, sino porque se eligió no mirar.


Adamuz: cuando los avisos se convierten en epitafio

El accidente de tren de Adamuz ha servido para poner en primer plano algo que muchos profesionales llevan denunciando desde hace años:


en España existe una peligrosa tendencia a despreciar la alerta técnica cuando molesta políticamente.


Cuando el aviso viene de un trabajador que sabe lo que dice —maquinistas, técnicos de mantenimiento, ingenieros, inspectores— debería activarse el máximo nivel de reacción institucional.


Pero demasiadas veces ocurre lo contrario:


  • se reduce a una “exageración”
  • se interpreta como “alarmismo”
  • se convierte en un “problema sindical”
  • se trata como si fuera un ataque al gestor, no una advertencia al sistema



Y lo más grave no es el silencio.

Lo más grave es la arrogancia institucional: esa forma de poder que cree que puede gobernar la realidad a base de relato.


La vía no entiende de relatos.

El metal no entiende de consignas.

Y la física no vota.



El patrón se repite en todas partes


Lo que se ve en infraestructuras críticas es el mismo fenómeno que vemos, con otras formas, en otros sectores.


Universidad


La universidad española lleva años contaminada por una endogamia asfixiante:


  • plazas diseñadas para “el candidato de casa”
  • promociones con apellidos y padrinos
  • estructuras de poder internas que funcionan como clanes


El mérito, la competitividad real y el talento externo estorban.

Y el resultado es devastador: mediocridad estructural y fuga de talento, mientras la institución se protege a sí misma.


Sanidad

En sanidad lo pagamos con una moneda aún más cruel: la salud de la gente.

El profesional avisa: falta personal, faltan medios, faltan circuitos, faltan camas, se rompe la continuidad asistencial.

Pero la dirección, a menudo politizada o por designación “de confianza”, responde con el reflejo habitual:


  • “no hay problema”
  • “los datos no dicen eso”
  • “no es para tanto”
  • “no queremos alarmismos”

Hasta que llega el colapso.

Y el colapso nunca llega de golpe: llega tras meses o años de negación.


Educación

En educación pasa igual:


  • reformas erráticas
  • decisiones sin evidencia
  • burocracia que asfixia
  • evaluación convertida en propaganda


El aula se convierte en laboratorio de ideologías, mientras los docentes intentan sostener el edificio con las manos desnudas.

Administración de Justicia

En la justicia el problema se traduce en:


  • saturación
  • retrasos
  • falta de medios
  • sistemas obsoletos


Una justicia lenta no es una justicia imperfecta.

Una justicia lenta es una injusticia institucionalizada.



El peor síntoma: cuando la incompetencia se vuelve sistema


El problema no es solo que se nombre mal.

El problema es que el sistema acaba generando un ecosistema donde:


  • la competencia estorba
  • la independencia molesta
  • la crítica se castiga
  • la mediocridad se premia
  • la lealtad al superior vale más que la responsabilidad hacia el ciudadano

Entonces la institución deja de servir al público y empieza a servirse a sí misma.

Y eso es lo que define el deterioro:

no la falta de recursos, sino la falta de moral institucional.


Los servicios públicos no se destruyen: se degradan

La degradación no siempre hace ruido.


A veces se manifiesta como un cableado viejo que nadie cambia.

Como una vía que “aguanta”.

Como un protocolo “provisional” que dura diez años.

Como un profesional quemado al que llaman “quejica”.

Como una denuncia ignorada.

Como un informe enterrado.


Hasta que un día ya no aguanta.


Y entonces, como siempre, se improvisa un duelo público:

minutos de silencio, gestos oficiales, frases medidas, discursos vacíos.


Pero el problema no es ese día.


El problema es todo lo que pasó antes, cuando todavía se podía evitar.


Una idea simple: el país no se sostiene con propaganda, se sostiene con competencia

Hay sociedades que protegen la técnica porque entienden algo elemental

un Estado moderno no se gestiona con amiguismo.

Los servicios públicos son demasiado importantes para convertirse en un botín de partido.

La seguridad, la salud, la educación, la justicia, la universidad… no pueden ser campos de recompensa política.


El precio del clientelismo no es una estadística.

Es una vida. O cien.

Y a veces, como en Adamuz, solo hace falta una tragedia para recordarlo.


martes, 20 de enero de 2026

A esa maldita hora


 

Los dos grandes pájaros de hierro 
cruzaban el aire
Como si el cielo les perteneciera.

Volaban hacia sus respectivos nidos.
No se buscaban.
No se sabían llamados.
No intuían el destino
escrito en la fatiga del metal.

Pero el azar —
o la torpe mano del hombre,
o el cansancio antiguo de los tornillos y las vigas—
les quebró el vuelo.

Y en un solo latido
fundieron sus alas,
no en caricia
sino en reproche,
en un abrazo imposible
del que nació la hecatombe.

En sus entrañas viajaban cientos de vidas,
como cigüeñas cargadas de almas:
nombres pronunciados en voz baja,
proyectos a medio decir,
rutinas aún tibias,
besos aplazados para otro día,
futuros que no llegaron a estrenarse.

Algunas quedaron allí,
ancladas al instante,
detenidas para siempre.

Otras regresaron
con el cuerpo herido
o con la memoria marcada
como una cicatriz que no aprende a cerrarse.

A esa maldita hora,
cuando el sol ya se había retirado,
el cernícalo cruzaba los olivares andaluces,
suspendido en el aire,
lanzando graznidos
que hoy el recuerdo convierte en presagio.

A esa maldita hora,
cuando el vencejo se recoge
y el cielo empieza a vaciarse,
la tierra respiraba
sin saber.

A esa maldita hora,
el aire aún olía a tierra caliente,
a polvo antiguo
A aceituna amarga.

Los olivares, alineados como un rezo antiguo,
guardaban la última luz del día.
Las lomas se oscurecían despacio,
con la paciencia de lo eterno,
sin saber.

Alguna luz se encendía en las casas blancas.
Una radio murmuraba en la cocina.
El pan recién horneado
reposaba sobre la mesa.

Todo seguía en su sitio.

A esa maldita hora,
cuando Andalucía se vestía de noche
para cerrar, sin saberlo,
Un domingo más.

Ojalá hubiera sido así.

Pero no.

Porque entonces
Comenzaba la noche más oscura de todas.

Una noche sin nombres,
sin relojes,
sin regreso.

La noche del hierro abierto,
de los gritos atrapados en la distancia,
de la sangre mezclada con tierra y aceite,
de la vida rompiéndose
sin tiempo para despedidas.

Una noche trágica.
Una noche mortal.

Y aún hoy, días después de la tragedia,
Decenas de almas no descansan.

Siguen suspendidas
entre los cuerpos ya inertes
de los desventurados pájaros de hierro,
aferradas al metal frío,
al segundo detenido
En el que todo se quebró.

Sus familias esperan.
Ansían un reencuentro inevitable,
pero impredecible
en su forma
y en su tiempo.

Ahora llega vestido de luto y de dolor
lo que debió haber sido
amor intacto,
alegría intacta.

Y Adamuz,
ese pueblo hasta entonces discreto, casi invisible,
y desde ahora señalado para siempre,
Se echó a la calle.

Salió sin preguntas,
sin órdenes,
con lo único que tenía:
manos abiertas,
mantas,
palabras torpes,
Silencios compartidos.

Para asistir a los heridos.
Para sostener cuerpos rotos.
Para intentar consolar —en lo posible—
a esas almas heridas para siempre
por los pájaros de hierro
que dejaron de volar
Y se convirtieron en trampa mortal.

Desde entonces,
Adamuz ya no es solo un nombre.

Es una noche detenida.

Es el recuerdo de un pueblo
que aprendió a salir a la calle
a esa maldita hora.