lunes, 9 de marzo de 2026

PP y VOX: razones de Estado para un entendimiento


España vive una etapa política compleja, marcada por la fragmentación parlamentaria y por alianzas que, en muchos casos, responden más a aritméticas de poder que a proyectos coherentes de país. Esta situación genera una creciente sensación de inestabilidad institucional y de incertidumbre sobre el rumbo político de la nación.


En este contexto, resulta inevitable plantear una cuestión que cada vez se escucha con más frecuencia en la sociedad española: si dos partidos que comparten una parte importante de su diagnóstico sobre la situación del país —el Partido Popular y VOX— deberían ser capaces de articular algún tipo de entendimiento cuando el interés general lo exija.


No se trata de eliminar las diferencias. En democracia es legítimo que existan visiones distintas dentro de un mismo espacio político. Tampoco se trata de renunciar a la competencia electoral, que es el motor natural de cualquier sistema democrático.


Pero sí conviene recordar que hay momentos en la historia de los países en los que las razones de Estado deben situarse por encima de los intereses de partido.


España afronta retos estructurales que requieren estabilidad política y capacidad de decisión: el crecimiento económico, la sostenibilidad del sistema de bienestar, la deuda pública, el reto demográfico o las tensiones territoriales. Ninguno de estos desafíos se resuelve desde la división permanente entre fuerzas que, en lo esencial, comparten buena parte de sus preocupaciones sobre el futuro del país.


En muchas democracias europeas los partidos establecen acuerdos de gobernabilidad cuando la situación lo exige. No es una anomalía democrática: es, precisamente, una muestra de responsabilidad política.


Quizá haya llegado el momento de plantear un acuerdo de mínimos, basado en algunos principios fundamentales:


• Defensa del marco constitucional y del Estado de derecho.

• Estabilidad institucional y seguridad jurídica.

• Igualdad de todos los españoles ante la ley.

• Cooperación parlamentaria en cuestiones estratégicas para el país.


Este tipo de entendimiento no diluye identidades políticas ni elimina el debate democrático. Simplemente reconoce una realidad: cuando está en juego la estabilidad del país, la política debe estar a la altura de la nación.


España ha demostrado en otros momentos de su historia que es capaz de superar etapas difíciles cuando sus dirigentes saben elevar la mirada por encima del corto plazo.


Tal vez la pregunta que hoy conviene hacerse no sea quién gana una batalla partidista, sino algo mucho más importante:


¿quién está dispuesto a anteponer España a su propio interés político?


domingo, 8 de marzo de 2026

8-M: igualdad, dignidad y la verdadera causa de la mujer


Cada 8 de marzo el mundo recuerda algo que debería ser obvio todos los días del año: la mujer merece respeto, dignidad y plena igualdad de oportunidades. No se trata de una concesión ni de una moda ideológica. Es simplemente justicia.


La historia está llena de mujeres que han sostenido familias, han construido conocimiento, han creado belleza y han contribuido decisivamente al progreso humano. La feminidad —con su inteligencia, sensibilidad, fortaleza y capacidad de cuidado— ha sido una fuerza civilizadora silenciosa pero esencial.


Celebrar el 8-M debería ser precisamente eso: reconocer el valor de la mujer y seguir avanzando hacia una sociedad donde hombres y mujeres cooperen en igualdad, sin discriminaciones ni privilegios.


Sin embargo, en los últimos años el debate se ha contaminado con un fenómeno que poco tiene que ver con la defensa auténtica de la mujer: un ultrafeminismo ideologizado, a menudo vinculado a corrientes “woke”, que transforma una causa justa en una lucha de bloques.


Ese enfoque tiene varios problemas.


Primero, sustituye la igualdad por la confrontación. En lugar de promover la colaboración entre hombres y mujeres, presenta al hombre como adversario o sospechoso colectivo. Esa narrativa no construye sociedades más justas; solo genera resentimiento y polarización.


Segundo, aplica una defensa selectiva de las mujeres. Resulta difícil no percibir el silencio de muchos colectivos ante situaciones dramáticas de opresión femenina en el mundo.

Las mujeres iraníes que arriesgan su vida por quitarse un velo impuesto o por reclamar libertades básicas rara vez ocupan las pancartas de quienes dicen hablar en nombre de todas las mujeres.


Cuando la defensa de la mujer depende del alineamiento ideológico o geopolítico, deja de ser una causa universal para convertirse en una bandera partidista.


Tercero, el debate público se ha simplificado en exceso. Problemas complejos como la violencia dentro del ámbito familiar se reducen a consignas políticas. La violencia contra las mujeres es real y debe combatirse con firmeza, pero también exige análisis rigurosos, políticas eficaces y una visión amplia del fenómeno de la violencia doméstica.


Convertirlo en un arma ideológica no ayuda a las víctimas ni mejora las soluciones.


El verdadero espíritu del 8-M debería ser otro.


Un feminismo integrador que reconozca la dignidad de la mujer sin necesidad de enfrentarla al hombre.

Un movimiento que defienda a todas las mujeres, vivan donde vivan y piensen como piensen.

Y una sociedad que entienda que la igualdad no se alcanza mediante la guerra cultural, sino mediante respeto, educación, oportunidades y justicia.


La causa de la mujer es demasiado importante para reducirla a consignas o a trincheras ideológicas.


Hoy, 8 de marzo, merece ser celebrada con algo más profundo: la convicción de que hombres y mujeres, juntos, construyen una sociedad mejor.