Una polémica eterna

La tauromaquia nunca ha dejado indiferente a nadie. Para unos es arte, tradición y cultura, para otros es crueldad, barbarie y violencia. Las plazas se llenan de aplausos y pañuelos, mientras las calles se llenan de pancartas y gritos contra la “tortura animal”. En medio de esa batalla, las palabras se convierten en armas: los detractores hablan de “asesinato”, los defensores de “lidia”, “arte” o “ritual”.
El peso de las palabras
Aquí conviene detenerse un momento. Porque más allá de la ideología, el gusto o la sensibilidad personal, las palabras importan. No es lo mismo hablar de un torero como “asesino” que como “matador”. No es lo mismo decir que un toro ha sido “asesinado” que “sacrificado”. La primera expresión pertenece al mundo humano, la segunda al animal.
El asesinato es propio de la muerte humana. Entre personas, sí se asesina.
Pero a un animal no se le asesina: se mata, se sacrifica.
Matadores, no asesinos
Por eso los toreros son matadores de toros, no asesinos.
Como tampoco lo son los cazadores, los carniceros, quienes realizan controles de plagas, o los médicos y veterinarios que investigan en animales para hallar una cura. Incluso los refugios y asociaciones animalistas, cuando no hay otra salida para un animal gravemente enfermo, recurren a la eutanasia. Matar no siempre es un acto cruel; a veces es una necesidad.
Decir que un torero “asesina” es falsear el lenguaje y convertirlo en arma ideológica. Otra cosa, distinta, es debatir sobre la ética de la tauromaquia, que es un debate legítimo. Pero no confundamos los términos: un torero mata al toro, no lo asesina.
El toro bravo: ¿defenderlo o condenarlo?
Aquí conviene recordar algo que los detractores a menudo olvidan: el toro bravo no existiría sin las corridas de toros. Es una especie seleccionada y cuidada durante siglos para un fin cultural y ritual muy concreto. Sin la lidia, el toro bravo sería un animal condenado a desaparecer, como tantos otros que solo perviven porque el hombre los cría y protege.
Decir que queremos “defender al toro” eliminando la tauromaquia es como pretender salvar un barco hundiéndolo para que no sufra tormentas. La paradoja es clara: si no hubiera corridas, no habría toros bravos. Habría vacas de carne, bueyes de establo, pero no ese animal único, criado para el rito y la bravura.
Los héroes modernos
José Saramago lo dijo con contundencia:
“Los toreros son los últimos héroes modernos que nos quedan.”
Y en cierto modo, también lo son los propios toros, criaturas que existen solo porque existe la lidia. En esa dialéctica trágica —hombre y toro, vida y muerte, arte y sacrificio— se mantiene viva una tradición que no se entiende desde la lógica de la producción, sino desde la lógica del símbolo.
👉 Podemos debatir sobre la tauromaquia, sí, pero hagámoslo con precisión, sin manipular el lenguaje ni caer en paradojas. Porque si algo está claro es que el toro bravo, como la propia cultura, vive solo mientras haya quien lo sostenga.
El toro bravo no es un animal de establo ni de granja. Nació para la lidia, para la plaza, para ese instante en que su vida se enfrenta a la muerte.
Muere allí, sí. Pero sin la plaza, sin la lidia, jamás habría nacido.


El Ejecutivo ha dado luz verde a una nueva restricción: no se podrá fumar en las terrazas de bares ni en espacios públicos compartidos.
Lo que debía ser una fiesta deportiva seguida en todo el mundo se ha convertido en un escaparate ideológico. La Vuelta a España, emblema del esfuerzo y la superación, ha sido interrumpida por manifestaciones que no eran solo pro-palestinas, sino directamente pro-Hamas, que nada tienen que ver con la solidaridad con el pueblo palestino, blanqueando y dando voz a una organización terrorista que utiliza la violencia como método. Manifestaciones pro-Hamas han empañado, precisamente en las provincias vascongadas, una de las pruebas deportivas más importantes de nuestro país, ESPAÑA.