Hay titulares que deberían helarnos la sangre como ciudadanos y como país.
Hoy, en portada nacional del diario EL MUNDO, puede leerse una frase demoledora atribuida a una fiscal antidroga de Huelva:
“España se va a convertir en un narcoestado”.
Porque para muchos agentes el antes y el después tiene nombre y fecha: 2022.
Ese año se desmanteló OCON-Sur, la unidad de élite de la Guardia Civil que durante años había puesto contra las cuerdas al narcotráfico en el Campo de Gibraltar.
Desde entonces, muchos agentes y ciudadanos tienen la misma sensación:
menos presión especializada,
más narcolanchas,
más violencia,
más impunidad.
Huelva. Barbate. La Línea. El Campo de Gibraltar.
El narcotráfico ya no actúa escondido.
Actúa con potencia económica, violencia y una sensación creciente de dominio territorial.
Hace dos años, dos guardias civiles fueron asesinados en Barbate arrollados por una narcolancha.
Hace apenas unos días, otros dos agentes murieron en Huelva en operaciones ligadas al narcotráfico y el control marítimo.
Ocho agentes muertos en pocos años.
Ocho.
Y mientras tanto, las narcolanchas se multiplican, se desplazan, se modernizan y desafían al Estado casi como si midieran sus límites.
Por eso la pregunta es inevitable:
¿Por qué se desmanteló OCON-Sur justo cuando era más necesaria?
¿Por qué se debilitó una unidad que conocía el terreno, los clanes, las rutas y los métodos del narco?
¿Quién asumió esa decisión?
¿Quién responde ahora ante las familias de los agentes muertos?
Porque el narcotráfico no solo introduce droga.
Introduce corrupción.
Introduce blanqueo.
Introduce miedo.
Introduce poder paralelo.
Y aquí aparece otra cuestión que muchos ciudadanos siguen sin comprender.
España sufrió el espionaje mediante Pegasus al móvil del presidente del Gobierno y de varios ministros.
Un hecho confirmado oficialmente.
Y poco después llegaron decisiones políticas difíciles de entender:
el giro histórico sobre el Sáhara Occidental,
el acercamiento estratégico a Marruecos,
y una política exterior percibida por muchos como más complaciente con Rabat.
Tal vez no exista ninguna relación entre unos hechos y otros.
Pero cuando un Gobierno desmantela una unidad eficaz, no explica suficientemente sus decisiones y guarda silencio en asuntos tan graves, el vacío lo ocupa inevitablemente la sospecha.
Los narcoestados no aparecen de golpe.
Se construyen lentamente:
cuando el miedo sustituye a la ley,
cuando el dinero criminal penetra instituciones,
cuando el Estado pierde presencia,
y cuando quienes protegen al país sienten que el país ha dejado de protegerlos a ellos.
Y quizá el verdadero problema comienza el día en que una sociedad deja de hacerse preguntas por miedo a las respuestas.


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