miércoles, 17 de diciembre de 2025

Huelga médica: Hablamos como médicos, pero no solo por nosotros

 Estos días, ante la huelga médica por un estatuto propio, echamos en falta algo que nos duele especialmente:

el apoyo explícito de la ciudadanía, de las asociaciones de pacientes y de otros colectivos que se benefician —cada día— de una atención sanitaria de calidad.


Hablamos como médicos, sí, pero no lo hacemos solo por nosotros.

Reivindicar un estatuto propio no es una cuestión corporativa ni un pulso de poder: es reclamar un marco laboral y profesional acorde con la responsabilidad que asumimos, con la formación que se nos exige y con el impacto directo que nuestro trabajo tiene sobre la vida de las personas.


Sin médicos bien tratados no hay buena medicina.

Sin estabilidad, sin reconocimiento, sin tiempo para atender, pensar y decidir con rigor clínico, la calidad asistencial se resiente. Y eso afecta al paciente, siempre.


Durante la pandemia sentimos el apoyo social en forma de aplausos. Fueron importantes, necesarios y emocionantes.

Pero los aplausos no pueden quedar vacíos si no se traducen después en respeto profesional, condiciones dignas y un sistema que cuide a quienes cuidan.


Durante años hemos sostenido el sistema con sobrecarga, precariedad y silencio.

Ahora levantamos la voz no desde el privilegio, sino desde la responsabilidad.


Por eso nos gustaría sentir que esta reivindicación no camina sola.

La sanidad pública es un bien común y su defensa debería ser compartida.


Cuando los médicos pedimos condiciones dignas, estamos defendiendo una mejor atención para todos.

El silencio, también aquí, es una forma de posicionarse.

Ciudadano, exprésate ahora. 


lunes, 15 de diciembre de 2025

A PROPÓSITO DE MI JUBILACIÓN.

Durante cuarenta años y siete meses he ejercido la profesión de médico. Más de cuatro décadas de dedicación ininterrumpida a una tarea que nunca fue únicamente un empleo, sino una vocación profunda, una forma de estar en el mundo, una brújula que dio sentido a mi vida adulta.


Entré en Medicina con ilusión, con motivación y con la convicción —que entonces me parecía incuestionable— de que el esfuerzo, la formación continua y el compromiso con el paciente eran valores que merecían la pena. 

A lo largo de estas décadas he alcanzado muchos objetivos, probablemente la mayoría de los que me propuse. Casi siempre lo hice a base de sacrificio personal, renuncias familiares y, en no pocas ocasiones, incluso aportando recursos económicos propios para sostener lo que la institución no sostenía.


Pero el camino no estuvo marcado únicamente por las dificultades inherentes a la práctica clínica. 

He sufrido zancadillas. Y no de adversarios externos: de colegas, de compañeros, de los míos. 

He comprobado —con una tristeza que no debería ser necesaria en un entorno profesional— que la envidia es, en demasiados casos, un deporte nacional, y que cuando uno destaca, cuando trabaja, investiga, escribe o se esfuerza más de lo “cómodo” para el entorno, se convierte en objetivo.

No se premia la excelencia: se castiga.


La organización sanitaria a la que he pertenecido durante toda mi vida profesional ha demostrado, de forma reiterada, un desprecio profundo hacia los médicos. Nos ha maltratado con contratos precarios, inestables y humillantes. Ha convertido la promoción profesional en un mecanismo arbitrario, basado no en el mérito ni en el currículo, sino en la cercanía al jefe de turno, en la obediencia acrítica y en la adulación.

Todo es “a dedo”.

El esfuerzo no cuenta.

La trayectoria no importa.

El currículo —construido durante años con trabajo, formación y publicaciones— no vale absolutamente nada.


Los salarios son bajos, indignos de la responsabilidad que asumimos, y se aproximan peligrosamente al salario mínimo interprofesional, lo que supone una desvalorización explícita del médico como profesional altamente cualificado. He visto, con rabia y con impotencia, cómo se vaciaba de contenido el reconocimiento al conocimiento, a la experiencia y a la excelencia clínica. Como si todo diera igual. Como si nada mereciera respeto.


Por todo ello, me he jubilado contento. No porque abandone la Medicina —que sigue formando parte de mí—, sino porque he huido de un ambiente tóxico, injusto y profundamente desagradecido. No he dejado el trabajo: he escapado de un sistema que ya no merecía mi lealtad… ni mi salud mental.


Ahora me siento en paz. Y desde esa serenidad reconozco, con amargura, que tanto esfuerzo, tanto sufrimiento y tanta dedicación al paciente y a los compañeros valieron, institucionalmente, para muy poco. La satisfacción personal por todos aquellos pacientes que conseguí curar o aliviar, y la conciencia tranquila, son quizá el único saldo positivo que queda tras toda una vida de entrega.

Y no es poco.


Aun así, no todo está perdido. Creo —y quiero creer— que los cambios llegan, aunque sean lentos y dolorosos. Que las nuevas generaciones de médicos no aceptarán con la misma resignación lo que nosotros hemos tolerado durante demasiado tiempo. Que exigirán dignidad profesional, reconocimiento real y un sistema basado en el mérito, la transparencia y el respeto.


Yo me retiro con la tranquilidad de haber sido fiel a mis principios y a mis pacientes. Otros continuarán el camino. Y aunque el sistema hoy esté enfermo, también sé —como médico— que toda enfermedad puede mejorar si se reconoce, se afronta y se trata con honestidad.


Espero un cambio. No desde la ingenuidad, sino desde la experiencia. Y confío en que algún día ejercer la Medicina vuelva a ser motivo de orgullo institucional, no solo personal.

Mientras tanto, sigo aquí: libre, en paz y dispuesto a aportar desde otro lugar, con la palabra, con la memoria y con la verdad.


martes, 9 de diciembre de 2025

Discriminación laboral del médico: la gran vergüenza normalizada


Mientras muchas profesiones disfrutan de jornadas regladas, descansos garantizados, horas extra cotizadas y protección laboral real… los médicos seguimos siendo una excepción injusta dentro del sistema.


🔴 Las guardias no computan para la jubilación como deberían.

🔴 Trabajamos 24 horas seguidas sin que siempre se respete un descanso obligatorio real.

🔴 Una hora de guardia médica se paga muy por debajo de otras profesiones con mucha menos responsabilidad vital.


📌 Ejemplos claros:


🔧 Hora de taller mecánico de coches:

— Mano de obra: 35–60 € por hora.

— Jornada regulada.

— Hora extra cotiza.

— Descanso obligatorio por ley.


🩺 Hora de guardia médica en hospital público:

— Entre 15 y 22 € netos por hora, según comunidad autónoma.

— Tras 24 horas seguidas trabajando, muchas veces sin poder librar al día siguiente.

— Con reanimaciones, ictus, politraumatismos, sepsis, errores irreversibles, fallecimientos, agresiones y presión asistencial extrema.

— Y en muchos casos, sin que esa guardia cotice adecuadamente para la jubilación.


🔴 El mecánico repara un motor.

🔴 El médico decide si una persona vive o muere.

🔴 Pero el sistema valora más una hora de tornillos que una hora de vida humana.


No es una crítica a otras profesiones.

Es una denuncia de una desigualdad indecente.


📉 Menos derechos.

📉 Más responsabilidad.

📉 Mayor riesgo.

📉 Peores condiciones.


Luego nos preguntamos por qué hay médicos quemados, jóvenes que se van fuera, plazas que no se cubren y servicios al límite.


📢 Cuidar a quien cuida no es un eslogan. Es una obligación moral y política.


Hasta que esto no se corrija, hablar de “sistema sanitario fuerte” seguirá siendo solo propaganda.

Y podemos hablar de las agresiones a sanitarios: los políticos ofrecen servicios sanitarios para los que no ponen los recursos necesarios. Y de esa gran laguna el que pone la cara ante el usuario es el profesional sanitario. Se juega con la sanidad como instrumento de generar votos prescindiendo de los profesionales. Y el resultado es el caos.